Abandona
la rutina que me mata por dentro
Jesús
me invita a seguir sus pasos: “Si
alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a
sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede
ser discípulo mío”. Me pide que sea su discípulo.
Corro el riesgo de no querer
ser discípulo de nadie. Con los años siento que he aprendido demasiado. Ya me
lo sé todo. Los
años, las experiencias, los desengaños, las victorias, los fracasos. Todo lo
vivido me ha hecho más duro, menos inocente.
Yo sé lo que tengo que hacer
en cada momento. Me siento en posesión de la verdad. Me siento seguro. Y
entonces no creo necesario aprender nada de nadie. Ya me lo sé todo, pienso en
mi interior. Se me olvida lo que escucho:
“Los
pensamientos de los mortales son mezquinos, y nuestros razonamientos son
falibles; porque el cuerpo mortal es lastre del alma, y la tienda terrestre
abruma la mente que medita”.
Miro mi pobreza y mi
pequeñez. Y me doy cuenta de algo importante. Siempre
estoy en camino, aprendiendo. Siempre soy discípulo.
No quiero vivir siendo
maestro. Estoy aprendiendo a cada paso. No lo sé todo. No soy experto en nada.
Simplemente necesito aprender cada día. Estar en presencia de Dios cada día.
Ser discípulo de Jesús y saber que Él es el que me enseña a vivir.
Es lo que necesito. Hacerme
niño. Seguir aprendiendo. Y al mismo tiempo veo que tengo que desaprender
algunas cosas aprendidas. Una canción, Remamos,
de Kany García, habla de ese proceso de desenseñarme:
“De chica me
decía esta es la forma correcta, de andar y de dirigirme a quien tuve delante.
De grande me costó a tropiezos poder darme cuenta, que había que volver a ser
niña y desenseñarme. ¿Cómo callar, cómo dejar atrás lo que te pega? Vengo a
ofrecerme hoy: remamos, sabiendo cuál es el precio, con los puños apretados,
sin pensar en detenernos. Remamos, con la cara contra el viento, con la
valentía delante, con un pueblo entre los dedos. Remamos con un nudo aquí en el
pecho, soñando que al otro lado se avecina otro comienzo”.
Tengo vicios en mi
aprendizaje. Frases grabadas, costumbres que me hacen daño. Hay
algunas cosas que he aprendido de manera incorrecta.
Mi forma de amar, de darme,
de cuidar mi vida y la vida de los que me importan. Lo aprendí a mi manera, a
golpes, sin seguir a maestros.
Quiero
desaprender ahora esa forma de abusar y ser egoísta que rompe relaciones y me
aísla.
Quiero dejar de lado mi manera torpe de tratar a los demás. No quiero que mi
orgullo venza sobre mis deseos grandes de dar la vida.
No sé cómo desaprender
tantas cosas que hoy me pesan… Dependencias enfermizas, apegos
innecesarios.
Soy un discípulo en busca de
un buen maestro. Y no quiero apegarme a esos falsos maestros que me prometen
felicidades pasajeras que no llenan mi alma.
Puedo comenzar de cero
desandando el camino ya andado. Con un nudo en la garganta, con la cara contra
el viento. Despacio, con pies de plomo. Con paso firme, sin mirar atrás con
miedo.
No temo volver a ser
discípulo siempre de nuevo. Sabiendo que los años pueden haber mellado mi
inocencia ya gastada o herido mi mirada antes tan franca y confiada.
Quiero mantener mis ojos
abiertos como dos ventanas, frente al sol que alumbra mi vida de nuevo. Sé que para
eso tengo que dejar a un lado, sí, abandonar al borde del camino, todo lo que
me pesa,
todo lo que ya no cuenta.
No lo hago con desprecio,
sino con paciencia, con la sabiduría que aprendo con Jesús,
mi maestro. Dejo lo que no me construye, lo que no me
alegra. Aparco
a un lado lo que no me hace hombre, hijo, niño.
Quiero desandar el camino
cansado. Y desaprender costumbres aprendidas. Es como nacer
de nuevo y
volver a empezar entre llantos de niño.
Hay
dos verbos que me duelen en lo más hondo de mis entrañas: negar y posponer. El mundo me ha
enseñado a no negarme a mí mismo. Y la vida me ha dicho que no tengo que
posponer ninguno de mis deseos. A costa de todos. Tengo derecho a ser feliz y
seguir mi camino.
Y se me ha metido en el alma
ese deseo de no dejar, de no apartar de mí, de no negar lo que deseo. Quizás es
por eso por lo que tengo la piel ya seca por el cansancio del camino recorrido.
No sé negarme. No sé
posponer. Lo quiero todo ahora. Los extremos irreconciliables. Todo se hace
posible en mis manos de mago. Por arte de magia. Hacedor de milagros.
Hoy elijo de nuevo a Jesús
entre miles de maestros. Opto por Él que camina sobre las aguas. Quiero soñar
sus sueños y vivir su vida.
Recojo
entonces esos sueños olvidados en algún rincón de mi alma. Sé que dejar de soñar
es morir un poco, o morir para siempre. Vuelvo a soñar en medio del caos, de la
rutina, del miedo a desandar, del dolor por perder o desaprender lo aprendido.
Sé que todo depende de la
intensidad de mi alma para salir de la inercia en la que me encuentro. Para abandonar
esa rutina que me mata por dentro.
Dejo de lado la sequedad que
me ahoga. Y miro hacia delante. Mi rostro contra el viento. Jesús sigue
llamándome con su voz nítida.
No me da miedo renunciar en
medio de mi lucha. Y seguir sus pasos que me dan la vida. Él sabe mejor lo que
me conviene. Y quiere enseñarme ese
camino hecho para los niños que lleva al cielo.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






