Estadio
de Zimpeto, Maputo
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Misa en el estadio
de Zimpeto, en Mozambique © Vatican Media
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La
lectura del Evangelio elegida para la Celebración Eucarística del Papa en
Mozambique este viernes, 6 de septiembre de 2019, ha sido la de Lucas 6, 27,
donde Jesús dice: «a vosotros los que me escucháis os digo: Amad a
vuestros enemigos» (Lc 6,27). “Una palabra dirigida también a nosotros hoy
que lo escuchamos en este estadio”, ha señalado ante 60.000 personas en el
estadio de Zimpeto, en Maputo.
“Jesús
no es un idealista que desconoce la realidad, él está hablando del enemigo
concreto, del enemigo real”, ha apelado Francisco en la capital de Mozambique,
durante la última celebración pública antes de dejar el primer país visitado en
este 21º viaje internacional, antes de ir a Madagascar y Mauricio.
El
Pontífice “Queremos que reine la paz en nuestros corazones y en el palpitar de
nuestro pueblo. Queremos un futuro de paz”.
“Cuando
los sentimientos estén en conflicto y nos sintamos impulsados ante dos sentidos
opuestos, ‘juguémonos’ por Cristo”, ha exhortado. “La decisión de Cristo nos
mantendrá en el camino del amor, en la senda de la misericordia, en la opción
por los más pobres, en la preservación de la naturaleza. En el camino de la
paz”.
Semillas de alegría y
esperanza
El
espíritu de los fieles mozambiqueños presentes en la Santa Misa ha estado
marcado por la alegría, la paz y la esperanza, así como el Papa los ha
exhortado: “Con sus palabras, Jesús nos impulsa a ser protagonistas de otro
trato: el de su Reino. Aquí y ahora, semillas de alegría y esperanza, paz y
reconciliación”.
Ninguna
familia, ningún grupo de vecinos o una etnia, menos un país, “tiene futuro si
el motor que los une, convoca y tapa las diferencias es la venganza y el odio”,
ha advertido el Pontífice.
Porque
la “equidad” de la violencia siempre “es un espiral sin salida” y “su costo es
muy alto”. Otro camino es posible, –ha exhortado el Papa– porque es crucial no
olvidar que “nuestros pueblos tienen derecho a la paz. Vosotros tenéis derecho
a la paz”.
Activismo desbordante
“Lo
que el Espíritu viene a impulsar –dice Francisco a los mozambiqueños– no es un
activismo desbordante, sino, ante todo, una atención puesta en el otro, a
reconocerlo y valorarlo como hermano hasta sentir su vida y su dolor como
nuestra vida y nuestro dolor”.
El
Papa ha indicado que este es el “mejor termómetro” para descubrir todas las
ideologías de cualquier tipo que intentan “manipular a los pobres y a las
situaciones de injusticia” para el servicio de intereses políticos o
personales, y ha alentado: “Sólo así seremos, allí donde nos encontremos,
semillas e instrumentos de paz y reconciliación”.
Asimismo,
el Obispo de Roma ha compartido estas palabras con los fieles de Mozambique, al
término de la celebración: “Tenéis muchos motivos para esperar. Lo he visto, lo
he tocado con mis manos estos días. Por favor, mantened la esperanza. No dejas
que os la roben. Y no hay mejor manera de mantener la esperanza que
permanecer unidos. Para que todos los motivos que la sustentan, se consoliden
aun más en un futuro de reconciliación y paz en Mozambique. Que Dios los
bendiga y la Virgen Madre los proteja, y por favor, no se olviden de rezar por
mí”.
***
Homilía del Papa Francisco
Hemos
escuchado en el evangelio de Lucas un pasaje del sermón de la llanura. Después
de elegir a sus discípulos y haber proclamado las bienaventuranzas, Jesús dice:
«a vosotros los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos» (Lc 6,27).
Una palabra dirigida también a nosotros hoy que lo escuchamos en este estadio.
Y
lo dice con claridad, sencillez y firmeza señalando un sendero, un camino
estrecho que necesita de algunas virtudes. Porque Jesús no es un idealista que
desconoce la realidad, él está hablando del enemigo concreto, del enemigo real;
el que ha descripto en la bienaventuranza anterior (6,22): de aquel que nos
odia, excluye, insulta y proscribe como infame.
Muchos
de vosotros todavía podéis contar en primera persona historias de violencia,
odio y desencuentros; algunos en carne propia, otros de alguien conocido que ya
no está, otros incluso por el miedo de que heridas del pasado se repitan e
intenten borrar el camino recorrido de paz, como en Cabo Delgado.
Jesús
no nos invita a un amor abstracto, etéreo o teórico, redactado en escritorios y
para discursos. El camino que nos propone es el que Él recorrió primero, el que
lo hizo amar a los que lo traicionaron y juzgaron injustamente, a los que lo
mataron.
Es
difícil hablar de reconciliación cuando las heridas causadas en tantos años de
desencuentro están todavía frescas o invitar a dar ese paso de perdón que no
significa ignorar el dolor o pedir que se pierda la memoria o los ideales (cf.
Exhort. ap. Evangelii gaudium, 100).
Aun
así, Jesucristo invita a amar y a hacer el bien; que es mucho más que ignorar
al que nos hizo daño o hacer el esfuerzo para que no se crucen nuestras vidas:
es un mandato a una benevolencia activa, desinteresada y extraordinaria con
respecto a quienes nos hirieron. Pero no se queda allí, también nos pide que
los bendigamos y oremos por ellos; es decir, que nuestro decir sobre ellos sea
un bien -decir, generador de vida y no de muerte, que pronunciemos sus nombres
no para el insulto o la venganza sino para inaugurar un nuevo vínculo para la
paz. La vara que el Maestro nos propone es alta.
Con
esta invitación, Jesús quiere clausurar para siempre la práctica tan corriente
—de ayer y de hoy— de ser cristianos y vivir bajo la ley del talión. No se
puede pensar el futuro, construir una nación, una sociedad sustentada en la
“equidad” de la violencia. No puedo seguir a Jesús si el orden que promuevo y
vivo es el “ojo por ojo, diente por diente”.
Ninguna
familia, ningún grupo de vecinos o una etnia, menos un país, tiene futuro si el
motor que los une, convoca y tapa las diferencias es la venganza y el odio. No
podemos ponernos de acuerdo y unirnos para vengarnos, para hacerle al que fue
violento lo mismo que él nos hizo, para planificar ocasiones de desquite bajo
formatos aparentemente legales. «Las armas y la represión violenta, más que
aportar soluciones, crean nuevos y peores conflictos» (ibíd.,60). La “equidad”
de la violencia siempre es un espiral sin salida y su costo es muy alto. Otro
camino es posible porque es crucial no olvidar que nuestros pueblos tienen
derecho a la paz. Vosotros tenéis derecho a la paz.
Para
hacer más concreta su invitación y aplicable al día a día, Jesús propone una
primera regla de oro al alcance de todos —«como queráis que la gente se porte
con vosotros, de igual manera portaos con ella» (Lc6,31)— y nos ayuda a
descubrir qué es lo más importante de ese trato mutuo: amarnos, ayudarnos y
prestar sin esperar nada a cambio.
“Amarnos”,
nos dice Jesús; y Pablo lo traduce como “revestirnos de compasión entrañable y
de bondad” (cf. Col3,12). El mundo desconocía —y sigue sin conocer— la
virtud de la misericordia, de la compasión, al matar o abandonar a su suerte a
discapacitados y ancianos, eliminar heridos y enfermos, o gozar con los
sufrimientos de los animales. Tampoco practicaba la bondad, la amabilidad, que
nos mueve a que el bien del prójimo sea tan querido como el propio.
Superar
los tiempos de división y violencia supone no sólo un acto de reconciliación o
la paz entendida como ausencia de conflicto, sino el compromiso cotidiano de cada
uno de nosotros de tener una mirada atenta y activa que nos lleve a tratar a
los demás con esa misericordia y bondad con la que queremos ser tratados;
misericordia y bondad especialmente hacia aquellos que, por su condición, son
rápidamente rechazados y excluidos. Se trata de una actitud de fuertes y no de
débiles, una actitud de hombres y mujeres que descubren que no es necesario
maltratar, denigrar o aplastar para sentirse importantes, sino al contrario. Y
esta actitud es la fuerza profética que Jesucristo mismo nos enseñó al querer
identificarse con ellos (cf. Mt25,35-45) y mostrarnos que el servicio es
el camino.
Mozambique
es un territorio lleno de riquezas naturales y culturales, pero paradójicamente
con una enorme cantidad de su población bajo la línea de pobreza. Y a veces
pareciera que quienes se acercan bajo el supuesto deseo de ayudar, tienen otros
intereses. Y es triste cuando esto se constata entre hermanos de la misma
tierra que se dejan corromper; es muy peligroso aceptar que este sea el precio
que tenemos que pagar ante la ayuda extranjera.
«No
será así entre vosotros» (Mt20,26; cf. vv. 26-28). Con sus palabras, Jesús nos
impulsa a ser protagonistas de otro trato: el de su Reino. Aquí y ahora,
semillas de alegría y esperanza, paz y reconciliación. Lo que el Espíritu viene
a impulsar no es un activismo desbordante, sino, ante todo, una atención puesta
en el otro, a reconocerlo y valorarlo como hermano hasta sentir su vida y su
dolor como nuestra vida y nuestro dolor. Este es el mejor termómetro para descubrir
todas las ideologías de cualquier tipo que intentan manipular a los pobres y a
las situaciones de injusticia para el servicio de intereses políticos o
personales (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199). Sólo así seremos,
allí donde nos encontremos, semillas e instrumentos de paz y reconciliación.
Queremos
que reine la paz en nuestros corazones y en el palpitar de nuestro pueblo.
Queremos un futuro de paz. Queremos «que la paz de Cristo reine en vuestros
corazones» (Col 3,15), como bien lo decía la carta de san Pablo. Él
utiliza un verbo que viene del campo de los deportes; es la palabra que se
refiere al árbitro que decide las cosas discutibles: “que la paz de Cristo sea
el árbitro en vuestros corazones”. Si la paz de Cristo es el árbitro en
nuestros corazones, entonces, cuando los sentimientos estén en conflicto y nos
sintamos impulsados ante dos sentidos opuestos, “juguémonos” por Cristo. La
decisión de Cristo nos mantendrá en el camino del amor, en la senda de la
misericordia, en la opción por los más pobres, en la preservación de la
naturaleza. En el camino de la paz. Si Jesús es el árbitro entre las emociones
conflictivas de nuestro corazón, entre las decisiones complejas de nuestro
país, entonces Mozambique tiene un futuro de esperanza garantizado; entonces
nuestro país cantará a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y
cantos inspirados (cf. Col 3,16).
Rosa
Die Alcolea
Fuente:
Zenit







