Homilía
del Papa en Soamandrakizay
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El Papa Francisco en la Misa en Antananarivo, Madagascar ©
Vatican Media
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En
la homilía de ayer, 8 de septiembre de 2019, el Santo Padre ha remitido al
evangelio del día, en el que san Lucas recuerda las exigencias que el
seguimiento de Cristo supone y que el Pontífice ha dividido en tres, señalando
previamente que “toda renuncia cristiana tiene sentido a la luz del gozo y la
fiesta del encuentro con Jesucristo”.
Ayer por la mañana, aproximadamente a las 10, hora local (9 h. en Roma), el Papa Francisco
ha celebrado la Eucaristía en el Campo Diocesano de Soamandrakizay de
Antananarivo, Madagascar.
Ver al otro como hermano
La
primera exigencia para los cristianos anima a revisar los vínculos familiares,
ya que “cuando el ‘parentesco’ se vuelve la clave decisiva y determinante de
todo lo que es justo y bueno se termina por justificar y hasta ‘consagrar’
ciertas prácticas que desembocan en la cultura de los privilegios y la
exclusión — favoritismos, amiguismos y, por tanto, corrupción”, afirmó el Papa.
Y
añadió: “Cualquiera que no sea capaz de ver al otro como hermano, de conmoverse
con su vida y con su situación, más allá de su proveniencia familiar, cultural,
social ‘no puede ser mi discípulo’ (Lc 14,26)”.
Diálogo y conocimiento
En
segundo lugar, Francisco resaltó la dificultad de seguir al Señor cuando se
identifica su Reino con los intereses personales o con “la fascinación por
alguna ideología que termina por instrumentalizar el nombre de Dios o la
religión para justificar actos de violencia, segregación e incluso homicidio,
exilio, terrorismo y marginación”.
De
este modo, la exigencia del Maestro propone “construir la historia en
fraternidad y solidaridad, en el respeto gratuito de la tierra y de sus dones
sobre cualquier forma de explotación; animándonos a vivir el ‘diálogo como
camino; la colaboración común como conducta; el conocimiento recíproco como
método y criterio’ (Documento sobre la fraternidad humana, Abu Dhabi, 4 febrero
2019)” y sin ceder “a la tentación de ciertas doctrinas incapaces de ver crecer
juntos el trigo y la cizaña en la espera del dueño de la mies (cf. Mt
13,24-30)”, agregó el Obispo de Roma.
Recuperar la memoria
agradecida
La
última de las exigencias, según el Santo Padre, constituye una llamada a
“recuperar la memoria agradecida y reconocer que, más bien que una victoria
personal, nuestra vida y nuestras capacidades son fruto de un regalo (cf.
Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 55)” de Dios.
A
través de estas exigencias, Jesús prepara a los discípulos para “la fiesta de
la irrupción del Reino de Dios”, intentando liberarles de la esclavitud del
“vivir para sí”, “de encerrarse en pequeños mundos que terminan dejando poco
espacio para los demás: ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de
Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo
por hacer el bien”.
“El creyente extiende su
mano”
Con
estos requerimientos, indicó el Pontífice, el Señor nos interpela “a levantar
la mirada, a ajustar las prioridades y sobre todo a crear espacios para que
Dios sea el centro y eje de nuestra vida”.
Esto
significa observar nuestro entorno y reaccionar ante el sufrimiento de las
personas, que no forma parte del plan de Dios. Ante ello, “el cristiano no
puede estar con los brazos cruzados, indiferente, ni con los brazos caídos,
fatalista: ¡no! El creyente extiende su mano, como lo hace Jesús con él”, enfatizó
el Papa Francisco.
Luchar juntos
Finalmente,
Francisco expuso que “juntos podemos darle batalla a todas esas idolatrías que
llevan a poner el centro de nuestra atención en las seguridades engañosas del
poder, de la carrera y del dinero y en la búsqueda patológica de glorias
humanas”.
Y
agregó que las demandas de Jesucristo, “dejan de ser pesantes cuando comenzamos
a gustar la alegría de la vida nueva que él mismo nos propone: la alegría que
nace de saber que Él es el primero en salir a buscarnos al cruce de caminos,
también cuando estábamos perdidos como aquella oveja o ese hijo pródigo”.
A
continuación, sigue el texto completo de la homilía del Papa Francisco en
Madagascar.
***
Homilía del Santo Padre
El
Evangelio nos dice que «mucha gente acompañaba a Jesús» (Lc 14,25). Como
esas multitudes que se agrupaban a lo largo del camino de Jesús, muchos de
vosotros habéis venido para acoger su mensaje y para seguirlo. Pero bien sabéis
que el seguimiento de Jesús no es fácil. Vosotros no habéis descansado, y
muchos habéis pasado la noche aquí. El evangelio de Lucas nos recuerda, en
efecto, las exigencias de este compromiso.
Es
importante evidenciar cómo estas exigencias se dan en el marco de la subida de
Jesús a Jerusalén, entre la parábola del banquete donde la invitación está
abierta a todos —especialmente para aquellos rechazados que viven en las calles
y plazas, en el cruce de caminos—; y las tres parábolas llamadas de la
misericordia, donde también se organiza fiesta cuando lo perdido es hallado,
cuando quien parecía muerto es acogido, celebrado y devuelto a la vida en la
posibilidad de un nuevo comenzar. Toda renuncia cristiana tiene sentido a la
luz del gozo y la fiesta del encuentro con Jesucristo.
La
primera exigencia nos invita a mirar nuestros vínculos familiares. La vida
nueva que el Señor nos propone resulta incómoda y se transforma en sinrazón
escandalosa para aquellos que creen que el acceso al Reino de los Cielos sólo
puede limitarse o reducirse a los vínculos de sangre, a la pertenencia a
determinado grupo, clan o cultura particular. Cuando el “parentesco” se vuelve
la clave decisiva y determinante de todo lo que es justo y bueno se termina por
justificar y hasta “consagrar” ciertas prácticas que desembocan en la cultura
de los privilegios y la exclusión —favoritismos, amiguismos y, por tanto,
corrupción—. La exigencia del Maestro nos lleva a levantar la mirada y nos
dice: cualquiera que no sea capaz de ver al otro como hermano, de conmoverse
con su vida y con su situación, más allá de su proveniencia familiar, cultural,
social «no puede ser mi discípulo» (Lc 14,26). Su amor y entrega es una
oferta gratuita por todos y para todos.
La
segunda exigencia nos muestra lo difícil que resulta el seguimiento del Señor cuando
se quiere identificar el Reino de los Cielos con los propios intereses
personales o con la fascinación por alguna ideología que termina por
instrumentalizar el nombre de Dios o la religión para justificar actos de
violencia, segregación e incluso homicidio, exilio, terrorismo y marginación.
La exigencia del Maestro nos anima a no manipular el Evangelio con tristes
reduccionismos sino a construir la historia en fraternidad y solidaridad, en el
respeto gratuito de la tierra y de sus dones sobre cualquier forma de
explotación; animándonos a vivir el «diálogo como camino; la colaboración común
como conducta; el conocimiento recíproco como método y criterio» (Documento
sobre la fraternidad humana, Abu Dhabi, 4 febrero 2019); no cediendo a la
tentación de ciertas doctrinas incapaces de ver crecer juntos el trigo y la
cizaña en la espera del dueño de la mies (cf. Mt 13,24-30).
Y,
por último, ¡qué difícil puede resultar compartir la vida nueva que el Señor
nos regala cuando continuamente somos impulsados a justificarnos a nosotros
mismos, creyendo que todo proviene exclusivamente de nuestras fuerzas y de
aquello que poseemos Cuando la carrera por la acumulación se vuelve agobiante y
abrumadora —como escuchamos en la primera lectura— exacerbando el egoísmo y el
uso de medios inmorales! La exigencia del Maestro es una invitación a recuperar
la memoria agradecida y reconocer que, más bien que una victoria personal,
nuestra vida y nuestras capacidades son fruto de un regalo (cf. Exhort.
ap. Gaudete et exsultate, 55) tejido entre Dios y tantas manos silenciosas
de personas de las cuales sólo llegaremos a conocer sus nombres en la manifestación
del Reino de los Cielos.
Con
estas exigencias, el Señor quiere preparar a sus discípulos a la fiesta de la
irrupción del Reino de Dios liberándolos de ese obstáculo dañino, en
definitiva, una de las peores esclavitudes: el vivir para sí. Es la tentación
de encerrarse en pequeños mundos que termina dejando poco espacio para los
demás: ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza
la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.
Muchos, al encerrarse, pueden sentirse “aparentemente” seguros, pero terminan
por convertirse en personas resentidas, quejosas, sin vida. Esa no es la opción
de una vida digna y plena, ese no es el deseo de Dios para nosotros, esa no es
la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado (cf. Exhort.
ap. Evangelii gaudium, 2).
En
el camino hacia Jerusalén, el Señor, con estas exigencias, nos invita a
levantar la mirada, a ajustar las prioridades y sobre todo a crear espacios
para que Dios sea el centro y eje de nuestra vida.
Miremos
nuestro entorno, ¡cuántos hombres y mujeres, jóvenes, niños sufren y están totalmente
privados de todo! Esto no pertenece al plan de Dios. Cuán urgente es esta
invitación de Jesús a morir a nuestros encierros, a nuestros individualismos
orgullosos para dejar que el espíritu de hermandad —que surge del costado
abierto de Jesucristo, de donde nacemos como familia de Dios— triunfe, y donde
cada uno pueda sentirse amado, porque es comprendido, aceptado y valorado en su
dignidad. «Ante la dignidad humana pisoteada, a menudo permanecemos con los
brazos cruzados o con los brazos caídos, impotentes ante la fuerza oscura del
mal. Pero el cristiano no puede estar con los brazos cruzados, indiferente, ni
con los brazos caídos, fatalista: ¡no! El creyente extiende su mano, como lo
hace Jesús con él» (Homilía con motivo de la Jornada Mundial de los Pobres, 18
noviembre 2018).
La
Palabra de Dios que hemos escuchado nos invita a reanudar el camino y a
atrevernos a dar ese salto cualitativo y adoptar esta sabiduría del
desprendimiento personal como la base para la justicia y para la vida de cada
uno de nosotros: porque juntos podemos darle batalla a todas esas idolatrías
que llevan a poner el centro de nuestra atención en las seguridades engañosas
del poder, de la carrera y del dinero y en la búsqueda patológica de glorias
humanas.
Las
exigencias que indica Jesús dejan de ser pesantes cuando comenzamos a gustar la
alegría de la vida nueva que él mismo nos propone: la alegría que nace de saber
que Él es el primero en salir a buscarnos al cruce de caminos, también cuando
estábamos perdidos como aquella oveja o ese hijo pródigo. Que este humilde
realismo —es un realismo, un realismo cristiano— nos impulse a asumir
grandes desafíos, y os dé las ganas de hacer de vuestro bello país un lugar
donde el Evangelio se haga vida, y la vida sea para mayor gloria de Dios.
Decidámonos
y hagamos nuestros los proyectos del Señor.
Larissa
I. López
©
Librería Editorial Vaticana
Fuente:
Zenit






