En
Antananarivo, capital del país
![]() |
Francisco bendice a una religiosa anciana en Madagascar ©
Vatican Media
|
“Dichosos
vosotros, dichosa Iglesia de los pobres y para los pobres, porque vive
impregnada del perfume de su Señor, vive alegre anunciando la Buena Noticia a
los descartados de la tierra, a aquellos que son los favoritos de Dios”,
Francisco ha bendecido a los miles de consagrados de Madagascar.
El
encuentro los sacerdotes, seminaristas, religiosos y consagrados ha tenido
lugar en el Colegio de San Miguel, situado en el barrio de Amparibe, en
Antananarivo, capital de Madagascar, a las 17:10 horas (16:10 h. en Roma),
después de su visita a la Ciudad de la Amistad Akamasoa y a la Cantera
de Mahatazana.
“Pasaje a una vida mejor”
“La
persona consagrada –en el amplio sentido de la palabra– es la mujer, el hombre
que aprendieron y quieren quedarse, en el corazón de su Señor y en el corazón
de su pueblo”, ha anunciado el Papa, mientras les ha agradecido su testimonio
por “querer quedaros ahí” y “no hacer de la vocación un ‘pasaje a una mejor
vida'”. “Vosotros habéis elegido permanecer y estar al lado de vuestro
pueblo, con vuestro pueblo”, les ha dicho.
Francisco
ha invitado a los consagrados y consagradas a ser “hombres y mujeres de
alabanza”, porque “la persona consagrada es capaz de reconocer y señalar
la presencia de Dios allí donde se encuentre. Es más, quiere vivir en su
presencia, que aprendió a saborear, gustar y compartir”, ha explicado el Santo
Padre.
“En
su nombre, vosotros vencéis el mal, cuando enseñáis a alabar al Padre de los
cielos y cuando enseñáis con sencillez el Evangelio y el catecismo”, ha
alentado el Papa. “Cuando visitáis y asistís a un enfermo o brindáis el
consuelo de la reconciliación. En su nombre, vosotros vencéis al dar de comer a
un niño, al salvar una madre de la desesperación de estar sola para todo, al
procurarle un trabajo a un padre de familia”.
Lucha en “nosotros mismos”
“La
lucha también la vivimos en nosotros mismos”, ha advertido el Papa. “Dios
desbarata la influencia del mal espíritu, ese que tantas veces nos transmite
una preocupación exacerbada por los espacios personales de autonomía y de
distensión y que puede llevarnos a vivir las tareas como un mero apéndice de la
vida”.
Por
ello, el Pontífice ha exhortado a derrotar al mal espíritu en su propio
terreno; “allí donde nos invite a aferrarnos a seguridades económicas, espacios
de poder y de gloria humana, respondamos con la disponibilidad y la pobreza
evangélica que nos lleva a dar la vida por la misión. ¡No nos dejemos robar la
alegría misionera!”, ha exclamado.
Agradecimiento al
traductor
De
manera anecdótica el Obispo de Roma ha vuelto a tener un bonito gesto de
cercanía: De manera especial, ha agradecido públicamente al sacerdote de
Madagascar que ha traducido sus discursos estos días durante su visita al país,
de lengua italiana al francés y al malgache.
A
continuación, ofrecemos el discurso que el Papa Francisco ha dirigido a los
sacerdotes, religiosos, seminaristas, consagrados y diáconos de Madagascar:
Discurso del Papa Francisco
Queridos
hermanos y hermanas:
Agradezco
vuestra cálida bienvenida. Quiero que mis primeras palabras estén dirigidas
especialmente a todos los sacerdotes, consagradas y consagrados que no pudieron
viajar por un problema de salud, el peso de los años o alguna complicación.
(Minuto de silencio)
Al
terminar mi visita a Madagascar aquí con vosotros, al ver vuestra alegría, pero
también recordando todo lo que he vivido en este tan poco tiempo en vuestra
isla, me brotan del corazón aquellas palabras de Jesús en el Evangelio de Lucas
cuando, estremecido de gozo, dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de
la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las
has revelado a los pequeños» (10,21). Y este gozo es confirmado por vuestros
testimonios porque, aun aquello que vosotros expresáis como problemáticas, son
signos de una Iglesia viva, pujante, en búsqueda de ser cada día presencia del
Señor. Una Iglesia cercana al pueblo, siempre caminando con el pueblo de Dios.
Esta
realidad es una invitación a la memoria agradecida de todos aquellos que no
tuvieron miedo y supieron apostar por Jesucristo y su Reino; y vosotros hoy
sois parte de su heredad. Pienso en los lazaristas, los jesuitas, las hermanas
de San José de Cluny, los hermanos de las escuelas cristianas, los misioneros
de La Salette y todos los demás pioneros, obispos, sacerdotes y consagrados.
Pero también de tantos laicos que, en los momentos difíciles de persecusión,
cuando muchos misioneros y consagrados tuvieron que partir, fueron quienes
mantuvieron viva la llama de la fe en estas tierras. Esto nos invita a recordar
nuestro bautismo, como el primer y gran sacramento por el que fuimos sellados
como hijos de Dios. Todo el resto es expresión y manifestación de ese amor
inicial que siempre estamos invitados a renovar.
La
frase del Evangelio a la que me referí es parte de la alabanza del Señor al
recibir a los setenta y dos discípulos cuando volvían de la misión. Ellos, como
vosotros, aceptaron el desafío de ser una Iglesia “en salida”, y traen las
alforjas llenas para compartir todo lo que han visto y oído. Vosotros os habéis
atrevido a salir, y aceptasteis el desafío de llevar la luz del Evangelio a los
distintos rincones de esta isla.
Sé
que muchos de vosotros vivís situaciones difíciles, donde faltan los servicios
esenciales —agua, electricidad, carreteras, medios de comunicación— o la falta
de recursos económicos para llevar adelante la vida y la actividad pastoral.
Muchos de vosotros sentís sobre vuestros hombros, por no decir sobre vuestra
salud, el peso del trabajo apostólico. Pero vosotros habéis elegido permanecer
y estar al lado de vuestro pueblo, con vuestro pueblo. Gracias por esto. Muchas
gracias por vuestro testimonio y por querer quedaros ahí y no hacer de la
vocación un “pasaje a una mejor vida”. Y quedaros ahí con esa conciencia, como
decía la hermana: “a pesar de nuestras miserias y debilidades, nos
comprometemos con todo nuestro ser a la gran misión de la evangelización”. La
persona consagrada —en el amplio sentido de la palabra— es la mujer, el hombre
que aprendieron y quieren quedarse, en el corazón de su Señor y en el corazón
de su pueblo.
Al
recibir y escuchar a sus discípulos volver llenos de gozo, lo primero que Jesús
hace es alabar y bendecir a su Padre; y esto nos muestra una parte fundamental
de nuestra vocación. Somos hombres y mujeres de alabanza. La persona consagrada
es capaz de reconocer y señalar la presencia de Dios allí donde se encuentre.
Es más, quiere vivir en su presencia, que aprendió a saborear, gustar y
compartir.
En
la alabanza encontramos nuestra pertenencia e identidad más hermosa porque
libra al discípulo de los “habriaqueísmos” y le devuelve el gusto por la misión
y por estar con su pueblo; le ayuda a ajustar los “criterios” con los que se
mide a sí mismo, mide a los otros y a toda la actividad misionera, para que no
tengan algunas veces poco sabor a Evangelio.
Muchas
veces podemos caer en la tentación de pasar horas hablando de los “éxitos” o
“fracasos”, de la “utilidad” de nuestras acciones, o la “influencia” que
podamos tener. Discusiones que terminan ocupando el primer puesto y el centro
de toda nuestra atención. Esto que nos conduce —no pocas veces— a soñar con
planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien dibujados, pero
propios de generales derrotados que terminan por negar nuestra historia —al
igual que la de vuestro pueblo— que es gloriosa por ser historia de
sacrificios, de esperanza, de lucha cotidiana, de vida deshilachada en el
servicio y la constancia en el trabajo que cansa (cf. Exhort. ap. Evangelii
gaudium, 96).
Al
alabar aprendemos la sensibilidad para no “desorientarnos” y hacer de los medios
nuestros fines, de lo superfluo lo importante; aprendemos la libertad para
poner en marcha procesos más que querer ocupar espacios (cf. ibíd., 223); la
gratuidad de fomentar todo lo que haga crecer, madurar y fructificar al Pueblo
de Dios antes que orgullecernos por cierto fácil, rápido pero efímero “rédito”
pastoral. En cierta medida, gran parte de nuestra vida, de nuestra alegría y
fecundidad misionera se juega en esta invitación de Jesús a la alabanza. Como
bien le gustaba señalar a ese hombre sabio y santo, como ha sido Romano
Guardini: «El que adora a Dios en sus sentimientos más hondos y también, cuando
tiene tiempo, realmente, con actos vivos, se encuentra cobijado en la verdad.
Puede equivocarse en muchas cosas; puede quedar abrumado y desconcertado por el
peso de sus acciones; pero, en último término, las direcciones y los órdenes de
su existencia están seguros» (Pequeña Suma Teológica, Madrid 1963, 29).
Los
setenta y dos eran conscientes de que el éxito de la misión dependió de hacerla
“en nombre del Señor Jesús”. Eso los maravillaba. No fue por sus virtudes,
nombres o títulos, no llevaban boletas de propaganda con sus rostros; no era su
fama o proyecto lo que cautivaba y salvaba a la gente. La alegría de los
discípulos nacía de la certeza de hacer las cosas en nombre del Señor, de vivir
su proyecto, de compartir su vida; y esta les había enamorado tanto que les
llevó también a compartirla con los demás.
Y
resulta interesante constatar que Jesús resume la actuación de los suyos
hablando de la victoria sobre el poder de Satanás, un poder que desde nosotros
solos jamás podremos vencer, pero sí en el nombre de Jesús. Cada uno de
nosotros puede dar testimonio de esas batallas, y también de algunas derrotas.
Cuando vosotros mencionáis la infinidad de campos donde realizáis vuestra
acción evangelizadora, estáis librando esa lucha en nombre de Jesús. En su
nombre, vosotros vencéis el mal, cuando enseñáis a alabar al Padre de los
cielos y cuando enseñáis con sencillez el Evangelio y el catecismo. Cuando
visitáis y asistís a un enfermo o brindáis el consuelo de la reconciliación. En
su nombre, vosotros vencéis al dar de comer a un niño, al salvar una madre de
la desesperación de estar sola para todo, al procurarle un trabajo a un padre
de familia. Es un combate ganador el que se lucha contra la ignorancia
brindando educación; también es llevar la presencia de Dios cuando alguien
ayuda a que se respete, en su orden y perfección propios, todas las criaturas evitando
su uso o explotación; y también los signos de su victoria cuando plantáis un
árbol, o hacéis llegar el agua potable a una familia. ¡Qué signo del mal
derrotado es cuando vosotros os dedicáis a que miles de personas recuperen la
salud!
¡Seguid
dando estas batallas, pero siempre en la oración y en la alabanza!
La
lucha también la vivimos en nosotros mismos. Dios desbarata la influencia del
mal espíritu, ese que tantas veces nos transmite «una preocupación exacerbada
por los espacios personales de autonomía y de distensión y que puede llevarnos
a vivir las tareas como un mero apéndice de la vida. A veces sucede que la vida
espiritual se confunde con algunos momentos religiosos que brindan cierto
alivio pero que no alimentan el encuentro con los demás, el compromiso en el
mundo, la pasión evangelizadora» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 78). Así, más
que hombres y mujeres de alabanza, podemos transformarnos en “profesionales de
lo sagrado”. Derrotemos al mal espíritu en su propio terreno; allí donde nos
invite a aferrarnos a seguridades económicas, espacios de poder y de gloria
humana, respondamos con la disponibilidad y la pobreza evangélica que nos lleva
a dar la vida por la misión (cf. ibíd., 76). ¡No nos dejemos robar la alegría
misionera!
Queridos
hermanos y hermanas: Jesús alaba al Padre porque ha revelado estas cosas a los
“pequeños”. Somos pequeños porque nuestra alegría, nuestra dicha, es
precisamente esta revelación que Él nos ha dado; el sencillo “ve y escucha” lo
que ni sabios, ni profetas, ni reyes pueden ver y escuchar: la presencia de
Dios en en los pacientes y afligidos, en los que tienen hambre y sed de
justicia, en los misericordiosos (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23). Dichosos
vosotros, dichosa Iglesia de los pobres y para los pobres, porque vive
impregnada del perfume de su Señor, vive alegre anunciando la Buena Noticia a
los descartados de la tierra, a aquellos que son los favoritos de Dios.
Transmitidle
a vuestras comunidades mi cariño y cercanía, mi oración y bendición. En esta
bendición que os daré en nombre del Señor os invito a que penséis en vuestras
comunidades, en vuestros lugares de misión, para que el Señor siga diciendo
bien a todas esas personas, allí donde se encuentren. Que vosotros podáis
seguir siendo signo de su presencia viva en medio nuestro.
Y
no os olvidéis de rezar y hacer rezar por mí.
Gracias.
Rosa
Die Alcolea
©
Librería Editorial Vaticana
Fuente:
Zenit






