Cultivar
la intimidad con el Señor
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Audiencia
con los Obispos Ordenados este año, 12 Sept. 2019 © Vatican Media
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“Esta
es nuestra misión: ser para la Iglesia y para el mundo los ‘sacramentos’ de la
cercanía de Dios (…). “Cercanía a Dios y cercanía a su pueblo”, indicó el Papa
Francisco a los obispos ordenados recientemente.
Ayer,
12 de septiembre de 2019, el Santo Padre ha recibido en audiencia a los obispos
ordenados el último año, participantes en el curso de formación organizado por
la Congregación para los Obispos y la Congregación para las Iglesias
Orientales.
Cercanía a Dios
La
cercanía a Dios, según Francisco, “es la fuente del ministerio del obispo”, y
Él se hizo cercano al “tomar nuestra carne para salvarnos”. Los obispos deben
hacer palpable esta cercanía y para ello deben ostentar experiencia en ella:
“Cada día, sin ahorrar tiempo, debemos estar frente a Jesús, llevarle las
personas, las situaciones, como canales siempre abiertos entre él y nuestro
pueblo. A través de la oración le damos al Señor la ciudadanía dondequiera que
vivamos”.
Si
no se cultiva esta intimidad con el Señor, el “núcleo de nuestra misión
episcopal se desmorona”, pues “sin Jesús, llega la desconfianza de que Él no
llevará a cabo su obra; sin Él, tarde o temprano, uno se desliza en la
melancolía pesimista de los que dicen: ‘todo va mal,” explicó el Pontífice.
Y
agregó, “solo estando con Jesús estamos preservados de la presunción pelagiana
de que el bien se deriva de nuestra habilidad. Solo estando con Jesús llega a
nuestros corazones la paz profunda que nuestros hermanos y hermanas buscan de
nosotros”.
Cercanía al pueblo
“Estando cerca
del Dios de la proximidad, crecemos en la conciencia de que nuestra identidad
consiste en hacernos cercanos. No es una obligación externa, sino una exigencia
interna de la lógica del don”, apuntó el Papa, de manera que la cercanía al
pueblo que se les confía estos pastores forma parte de “su condición esencial”.
Además
subrayó que a Jesús le encanta acercarse a las personas a través de los
pastores, “a través de nuestras manos abiertas que acarician y consuelan; a
través de nuestras palabras, pronunciadas para ungir al mundo de Evangelio y no
de nosotros mismos; a través de nuestro corazón, cuando está cargado de la
angustia y las alegrías de nuestros hermanos y hermanas”, resaltó.
Disponibilidad real
La
cercanía del obispo al pueblo supone una disponibilidad real que “conoce verbos
concretos, los del buen Samaritano: ver, es decir, no mirar para otro
lado, no hacer como si no pasara nada, no dejar a la gente esperando y no
esconder los problemas bajo la alfombra. Acercarse, pues, estar en
contacto con la gente, dedicarles más tiempo que al escritorio, no temer el
contacto con la realidad, para conocerla y abrazarla. Y luego, vendar las
heridas, hacerse cargo, cuidar, entregarse (cf. Lc 10,29-37)”,
describió el Santo Padre.
Cercanía a los sacerdotes
El
termómetro de la cercanía es la atención a los pobres, “no pobres abstractos,
datos y categorías sociales, sino personas concretas, cuya dignidad nos es
confiada como padres. Padres de personas concretas; o sea paternidad, capacidad
de ver, concreción, capacidad de acariciar, capacidad de llorar”, aclaró el
Obispo de Roma.
Finalmente
el Papa Francisco ha exhortado a los prelados a que reserven su cercanía “más
grande” a los sacerdotes, “el prójimo más próximo al obispo”: “Os pido que los
abracéis, dadles las gracias y animadlos en mi nombre. Ellos también están
expuestos a la intemperie de un mundo que, aunque cansado de las tinieblas, no
escatima la hostilidad a la luz. Necesitan ser amados, seguidos, animados: Dios
no quiere medias tintas de ellos, sino un sí total”, afirmó.
A
continuación exponemos el discurso completo del Papa Francisco.
***
Discurso del Santo Padre
Queridos
hermanos, buenos días.
Os
doy la bienvenida a este encuentro que concluye vuestra peregrinación a
Roma, organizado por las Congregaciones para los Obispos y para las Iglesias
Orientales. Agradezco al cardenal Ouellet y al cardenal Sandri su esfuerzo en
la organización de estos días.
Juntos,
como nuevos miembros del Colegio Episcopal, habéis bajado hace poco a la tumba
de Pedro, el “trofeo” de la Iglesia de Roma. Allí habéis confesado la misma fe
que el Apóstol. No es una teoría o un compendio de doctrinas, sino una persona,
Jesús. Su rostro nos acerca a la mirada de Dios. Nuestro mundo busca, incluso
inconscientemente, esta cercanía divina. Él es el mediador. Sin esta cercanía
de amor, el fundamento de la realidad se tambalea; la Iglesia misma se extravía
cuando pierde la ternura vivificadora del Buen Pastor. Aquí habéis
confiado vuestras Iglesias, por ellas habéis repetido con Jesús: “cuerpo
ofrecido y sangre derramada por vosotros”. No conocemos otra fuerza que esta,
el poder del Buen Pastor, el poder de dar la vida, de acercar al Amor a través
del amor. Esta es nuestra misión: ser para la Iglesia y para el mundo los
“sacramentos” de la cercanía de Dios. Por eso quisiera deciros algo sobre la
cercanía, que es esencial para todo ministro de Dios y especialmente para los
obispos. Cercanía a Dios y cercanía a su pueblo.
La cercanía a
Dios es la fuente del ministerio del obispo. Dios nos ama, se hizo más cercano
de lo que hubiéramos podido imaginar, tomó nuestra carne para salvarnos. Este
anuncio es el corazón de la fe; debe preceder y animar todas nuestras
iniciativas. Existimos para hacer palpable esta cercanía. Pero no se puede
comunicar la cercanía de Dios sin tener experiencia de ella, sin experimentarla
cada día, sin dejarse contagiar por su ternura. Cada día, sin ahorrar tiempo,
debemos estar frente a Jesús, llevarle las personas, las situaciones, como
canales siempre abiertos entre él y nuestro pueblo. A través de la oración le
damos al Señor la ciudadanía dondequiera que vivamos. Sintámonos, como san
Pablo, tejedores de tiendas (cf. Hch 18, 3): apóstoles que permiten al Señor
habitar en medio de su pueblo (cf. Jn 1, 14).
Sin
esta confianza personal, sin esta intimidad cultivada cada día en la oración,
incluso y sobre todo en las horas de desolación y aridez, el núcleo de nuestra
misión episcopal se desmorona. Sin la cercanía al Sembrador, el esfuerzo de
sembrar la semilla sin saber el momento de la cosecha nos parecerá
insatisfactorio. Sin el Sembrador, será difícil acompañar con paciente
confianza la lentitud de la maduración. Sin Jesús, llega la desconfianza de que
Él no llevará a cabo su obra; sin Él, tarde o temprano, uno se desliza en la
melancolía pesimista de los que dicen: “todo va mal”. ¡Es muy feo escuchar a un
obispo que diga eso! Sólo estando con Jesús estamos preservados de la
presunción pelagiana de que el bien se deriva de nuestra habilidad. Sólo
estando con Jesús llega a nuestros corazones la paz profunda que nuestros
hermanos y hermanas buscan de nosotros.
Y
de la cercanía a Dios a la cercanía a su pueblo. Estando cerca del
Dios de la proximidad, crecemos en la conciencia de que nuestra identidad
consiste en hacernos cercanos. No es una obligación externa, sino una exigencia
interna de la lógica del don. “Este es mi Cuerpo ofrecido por vosotros”,
decimos en el momento más alto de la ofrenda eucarística por nuestro pueblo.
Nuestra vida brota de aquí y nos lleva a convertirnos en panes partidos para la
vida del mundo.
Por
lo tanto, la cercanía a las personas que nos han sido confiadas no es una
estrategia oportunista, sino nuestra condición esencial. Jesús ama acercarse a
sus hermanos y hermanas a través de nosotros, a través de nuestras manos
abiertas que acarician y consuelan; a través de nuestras palabras, pronunciadas
para ungir al mundo de Evangelio y no de nosotros mismos; a través de nuestro
corazón, cuando está cargado de la angustia y las alegrías de nuestros hermanos
y hermanas. Incluso en nuestra pobreza, depende de nosotros que nadie perciba a
Dios como algo lejano, que nadie tome a Dios como excusa para levantar muros,
derribar puentes y sembrar odio. También es feo cuando un obispo derriba
puentes, siembra odio o desconfianza, hace de contra-obispo. Tenemos que
proclamar con nuestra vida una medida de vida diferente a la del mundo: la
medida de un amor sin medida, que no mira a su propia utilidad y a sus propios
intereses, sino al horizonte ilimitado de la misericordia de Dios.
La
cercanía del obispo no es retórica. No está hecho de proclamaciones
autorreferenciales, sino de disponibilidad real. Dios nos sorprende y a
menudo le gusta trastocar nuestra agenda: preparaos para esto sin temor. La
cercanía conoce verbos concretos, los del buen Samaritano: ver, es decir,
no mirar para otro lado, no hacer como si no pasara nada, no dejar a la gente
esperando y no esconder los problemas bajo la alfombra. Acercarse, pues,
estar en contacto con la gente, dedicarles más tiempo que al escritorio, no
temer el contacto con la realidad, para conocerla y abrazarla. Y luego, vendar
las heridas, hacerse cargo, cuidar, entregarse (cf. Lc 10,29-37).
Cada uno de estos verbos de cercanía es un hito en el camino de un obispo con
su pueblo. Cada uno pide involucrarse y ensuciarse las manos.
Estar
cerca del pueblo de Dios es identificarse con él, compartir sus penas, no
despreciar sus esperanzas. Estar cerca de la gente es tener confianza en que la
gracia que Dios derrama fielmente sobre vosotros, y de la que somos canales
incluso a través de las cruces que cargamos, es mayor que el fango del que
tenemos miedo. Por favor, no dejéis que los temores sobre los riesgos del
ministerio prevalezcan, retrayéndoos en vosotros mismos y manteniendo las
distancias. Que vuestra Iglesias marquen vuestra identidad, porque Dios ha
unido los destinos pronunciando vuestro nombre con el de ellas.
El
termómetro de la cercanía es la atención a los últimos, a los pobres, que ya es
un anuncio del Reino. Lo será también vuestra sobriedad, en un tiempo en que en
muchas partes del mundo todo se reduce a los medios de satisfacer las
necesidades secundarias, que ahogan y esclerotizan el corazón. Llevar una vida
sencilla es dar testimonio de que Jesús es suficiente para nosotros y de que el
tesoro del que queremos rodearnos está constituido más bien por aquellos que,
en su pobreza, nos lo recuerdan y lo representan: no pobres abstractos, datos y
categorías sociales, sino personas concretas, cuya dignidad nos es confiada
como padres. Padres de personas concretas; o sea paternidad, capacidad de ver,
concreción, capacidad de acariciar, capacidad de llorar.
Parece
que hoy en día hay estetoscopios que pueden oír un corazón a una distancia de
un metro. Necesitamos obispos capaces de escuchar el latido de sus comunidades
y de sus sacerdotes, incluso a distancia: sentir el latido. pastores que no se
contentan con presencias formales, reuniones de agendas o diálogos de
circunstancias. A mí me vienen en mente pastores que se preocupan tanto de sí
mismos que parecen agua destilada, que no sabe a nada. Apóstoles de la escucha,
que también saben prestar oído a lo que no es agradable oír.
Por
favor, no os rodeéis de lacayos y yes men… los sacerdotes “trepas” que
buscan siempre algo… no, por favor. No anheléis que os confirmen aquellos a
quienes debéis confirmar. Hay muchas formas de cercanía a vuestras Iglesias. En
particular, quisiera alentar las visitas pastorales regulares: visitar con
frecuencia, encontrarse con la gente y con los pastores; visitar siguiendo el
ejemplo de Nuestra Señora, que no perdió el tiempo y se levantó para ir
rápidamente a ver a su prima. La Madre de Dios nos muestra que visitar es
acercar a Aquel que nos hace sobresaltarnos de alegría, es llevar el consuelo
del Señor que hace grandes cosas entre los humildes de su pueblo (cf. Lc 1, 39
ss.).
Finalmente,
os pido una vez más que reservéis la cercanía más grande a vuestros sacerdotes:
el sacerdote es el prójimo más próximo del obispo. Amar al prójimo más próximo.
Os pido que los abracéis, dadles las gracias y animadlos en mi nombre.
Ellos también están expuestos a la intemperie de un mundo que, aunque cansado
de las tinieblas, no escatima la hostilidad a la luz. Necesitan ser amados,
seguidos, animados: Dios no quiere medias tintas de ellos, sino un sí total. En
aguas poco profundas uno se estanca, pero su vida está hecha para llevarla al
mar abierto. Como la vuestra. ¡Ánimo, pues, mis queridos hermanos! Os doy las
gracias y os bendigo. Por favor acordaos de rezar todos los días por mí
también. Gracias.
Larissa
I. López
Fuente:
Zenit






