Participantes
en el 186º Capítulo General
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Audiencia con los
participantes en el 186 Capítulo General de los Agustinos Descalzos,
12 Sept.
2019 © Vatican Media
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El
Papa Francisco animó a los agustinos descalzos a amar y profundizar en sus
raíces, “buscando sacar de ellas, en la oración y en el discernimiento
comunitario, la linfa vital de vuestra presencia en la Iglesia y en el mundo de
hoy”.
Hoy,
12 de septiembre de 2019, el Santo Padre se ha reunido con los participantes en
el 186º Capítulo General de la Orden de los Agustinos Descalzos.
“El alma descalza”
Durante
el discurso que les dirigió, Francisco resaltó el lema evangélico de los
agustinos: “Felices de servir al Altísimo en espíritu de humildad” y resaltó la
figura de san Agustín, “un gigante del pensamiento cristiano” al que “el Señor
también le dio la vocación y la misión de la fraternidad”.
Por
otra parte, recordó que la oración y la penitencia siguen siendo las “piedras
angulares sobre las que se asienta el testimonio cristiano”, que a veces puede
ir “completamente en contra de la corriente”, pero que “sabe hablar al corazón
de tantos hombres y mujeres, incluso en nuestro tiempo”.
En
cuanto a su calificación como “descalzos”, el Papa expuso que esta marca “la
necesidad de pobreza, de desprendimiento, de confianza en la Divina
Providencia” y que el carisma consiste en llevar “el alma descalza”: “Una
necesidad evangélica, que en ciertos momentos del camino de la Iglesia el
Espíritu hace sentir con más fuerza. Y debemos estar siempre atentos y dóciles
a la voz del Espíritu” porque es el que hace avanzar a la Iglesia.
Humildad
El
Obispo de Roma se refirió también al voto de humildad, sobre el que los
agustinos han reflexionado este año, un don que “no se puede agarrar”, una
virtud “que viene por sí misma. Gracias a Dios, pero viene, no se puede medir”.
Y
se unió a la definición presentada anteriormente por el prior de la orden que
la considera “una llave que abre el corazón de Dios y el corazón de los
hombres” y, sobre todo, abre “vuestros corazones para ser fieles al carisma
original, para sentiros siempre discípulos-misioneros, disponibles a las
llamadas de Dios”.
A
continuación, exponemos el discurso completo del Papa Francisco.
***
Discurso del Santo Padre
Queridos
hermanos y hermanas
La
Providencia ha querido que hoy me encuentre con vosotros, Agustinos Descalzos,
y mañana con vuestros hermanos de la Orden de San Agustín, hermanos, primos,
amigos, enemigos, ¡nunca se sabe! Alabemos a Dios por los carismas que ha
suscitado y sigue suscitando en la Iglesia a través del testimonio del gran
Pastor y Doctor de Hipona.
Agradezco
al Prior General las palabras con las que ha presentado este encuentro, que
concluye vuestra conferencia con ocasión de lo que llamáis el “Año del
Carisma”, ¡hermoso!
Ante
todo quiero deciros que aprecio en vosotros la alegría de ser agustinos:
“Felices de servir al Altísimo en espíritu de humildad” -parecería un lema
franciscano, pero en realidad es simplemente evangélico. Por otra parte, san
Agustín es una de esas figuras que hacen sentir la fascinación de Dios, que
llevan a Jesucristo, que llevan a la Palabra de Dios. Es un gigante del
pensamiento cristiano, pero el Señor también le dio la vocación y la misión de
la fraternidad. No se cerró en el horizonte, si bien vasto, de su mente, sino
que permaneció abierto al pueblo de Dios y a los hermanos y hermanas que
compartían con él la vida comunitaria. Como sacerdote y obispo vivió como un
monje, a pesar de sus compromisos pastorales, y a su muerte dejó muchos
monasterios masculinos y femeninos.
En
esta larga tradición religiosa iniciada por san Agustín, tenéis vuestras raíces
los agustinos descalzos, como el prior general acaba de recordar. Os animo a
amar y a profundizar siempre de nuevo estas raíces, -ir a las raíces- buscando
sacar de ellas, en la oración y en el discernimiento comunitario, la linfa
vital de vuestra presencia en la Iglesia y en el mundo de hoy. Para ser
modernas, algunas personas piensan que es necesario desprenderse de las raíces.
Y esta es la ruina, porque las raíces, la tradición, son la garantía del
futuro. No es un museo, es la verdadera tradición, y las raíces son la
tradición que da la savia para que crezca el árbol, que florezca, que de frutos.
Nunca os separéis de las raíces para ser modernos, es un suicidio.
La
oración y la penitencia no dejan de ser las piedras angulares sobre las que se
asienta el testimonio cristiano, un testimonio que en algunos contextos va
completamente en contra de la corriente, pero que, acompañado de la humildad y
de la caridad, sabe hablar al corazón de tantos hombres y mujeres, incluso en
nuestro tiempo. Además, los Papas pidieron a vuestros “antepasados” que
estuvieran disponibles para la evangelización, y de esta manera habéis asumido
esa dimensión apostólica que está muy presente en el Padre Fundador.
La
calificación de “descalzos” expresa la necesidad de pobreza, de
desprendimiento, de confianza en la Divina Providencia. Hay un himno litúrgico,
que se usa en la fiesta de San Juan Bautista y dice que la gente iba “con el
alma descalza” a ser bautizada: descalza no sólo porque no lleva calzas, -veo
que lleváis zapatos, al menos uno-…. El alma descalza, este es el carisma. Una
necesidad evangélica, que en ciertos momentos del camino de la Iglesia el
Espíritu hace sentir con más fuerza. Y debemos estar siempre atentos y dóciles
a la voz del Espíritu: ¡Él es el protagonista, él es el que hace crecer a la
Iglesia! Nosotros no, Él. El Espíritu Santo es el viento que sopla y hace
avanzar a la Iglesia, con esa gran fuerza de evangelización.
En
particular, este año habéis querido enfatizar el voto de humildad, el cuarto
voto que os caracteriza. Os felicito por esta elección y comparto el
discernimiento del que se ha hecho portavoz el padre prior: este voto de
humildad es una “llave”, una llave que abre el corazón de Dios y el corazón de
los hombres. Y abre ante todo vuestros corazones para ser fieles al carisma
original, para sentiros siempre discípulos-misioneros, disponibles a las
llamadas de Dios.
La
humildad es algo que no se puede agarrar: se tiene o no se tiene, es un don. No
se puede agarrar. Recuerdo un religioso muy vanidoso, muy vanidoso – esto es
histórico – todavía vivo. Sus superiores siempre le decían: “Debe ser más
humilde, más humilde…”. Y al final dijo: “Haré treinta días de ejercicios para
que el Señor me conceda la gracia de la humildad”. Y cuando regresó, dijo:
“Gracias a Dios. Era muy vanidoso, mucho, pero después de los ejercicios he
vencido todas mis pasiones” Había encontrado la humildad. La humildad es algo
que viene por sí misma. Gracias a Dios, pero viene, no se puede medir.
El
Espíritu sopla también en las velas de la Iglesia el viento de la misión ad
gentes, y habéis sabido estar preparados para partir. Vivimos en una época en
la que la misión ad gentes se renueva, también a través de una crisis
que queremos que sea de crecimiento, de fidelidad al mandato del Señor
Resucitado, un mandato que conserva toda su fuerza y relevancia. Yo también me
uno a vosotros con emoción al recordar a los misioneros agustinos que dieron su
vida por el Evangelio en diferentes partes del mundo. Y veo con alegría que
atesoráis estos testimonios del pasado para renovar vuestra disponibilidad para
la misión hoy, en las formas que el Concilio Vaticano II y los desafíos
actuales nos piden.
Queridos
hermanos, en recuerdo agradecido de vuestro camino, o mejor dicho, del camino
que el Señor os ha hecho recorrer (cf. Dt 8,2), se comprende plenamente el
significado de este “Año del Carisma”. No es algo auto-referencial – no, no
tiene que ser eso, sino una comunidad viva que quiere caminar con el Cristo
vivo, esto es lo que queréis: no es auto-referencial sino voluntad de caminar
en Cristo, Cristo vivo.
“Feliz
de servir al Altísimo en un espíritu de humildad”. ¡Seguid así! Que el Señor os
bendiga, que la Virgen y San Agustín os protejan. Y por favor, no os olvidéis
de rezar por mí. ¡Gracias!
Larissa
I. López
©
Librería Editorial Vaticana
Fuente:
Zenit






