En
medio de mis dudas y mis miedos quiero a Jesús
Con
cierta frecuencia me enfrento a momentos en mi vida en los que no espero
encontrar respuestas. Simplemente callo y guardo silencio mientras resuenan en
mi interior tantas preguntas. Siento un silencio incómodo en mi alma.
Es ese
silencio de Dios en el que parece no hablarme mientras sufre conmigo, a mi lado, sosteniéndome
por la espalda. No me explica nada.
No le busca sentido a todo
lo que vivo. No lo pretende. Yo tampoco. Sé que no necesito saber el sentido de
tantos dolores y cruces que me hacen llorar.
No me interesa conocer el
por qué de tantos sucesos sin sentido, en mi vida, en otras vidas. Callo
atónito guardando silencio. No digo nada porque no tengo nada que decir.
No busco respuestas. No
pretendo explicarle a nadie el sentido. No necesito quizás encontrar respuestas
para poder vivir. Tengo claro que ninguna respuesta me quita la tristeza que
tengo ahora,
ni el dolor que desgarra mi alma. Hay una poesía de Rilke que le expresa con
claridad:
“Sé
paciente con todo lo que aún no está resuelto en tu corazón. Trata de amar tus
propias dudas. No busques las respuestas que no se pueden dar, porque no serías
capaz de soportarlas. Lo importante es vivirlo todo. Vive
ahora las preguntas. Tal vez así, poco a poco, sin darte cuenta, puedas algún
día vivir las respuestas”.
Me encuentro con personas
que pretenden tener siempre respuestas para todo lo que les ocurre. Y llegan a
mí sólo cuando han encontrado respuestas que les hacen comprender sus vidas,
sus dolores, sus ausencias.
No
soportan la frialdad oscura de las preguntas vacías. No toleran el silencio
incómodo y esquivo lleno de soledad. Pretenden entender con una furia profunda.
Como un grito que desgarra el corazón queriendo encontrar respuestas. Tal vez
obedecen a esa ansia tan humana de querer encontrarle el sentido a todo lo que
sucede:
“Las
preguntas de fondo que caracterizan el recorrido de la existencia humana:
¿quién soy?; ¿de dónde vengo y a dónde voy?; ¿por qué existe el mal?; ¿qué hay
después de esta vida? Son preguntas que tienen su origen común en la necesidad
de sentido que
desde siempre acucia el corazón del hombre: de la respuesta que se dé a tales
preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existencia”.
Yo
no quiero vivir buscando respuestas que me permitan caminar con una paz
razonable. Dejo que las preguntas latan en mi interior. No les tengo miedo.
No necesito encontrar el
sentido a todo lo que me sucede para poder vivir con sentido. Pero no siempre
tengo claro que pueda vivir así. ¿Seré capaz de vivir siempre mi vida con
preguntas?
Tengo muchas preguntas
abiertas que oscilan sobre un océano inmenso. Quisiera
aprender a vivir sin la paz de saber que poseo el sentido de todo lo que ocurre.
Es cierto que me han
acostumbrado a dar respuestas. Me han dicho que yo lo sé todo. Como si esto
fuera posible por el simple hecho de ser sacerdote. Y entonces tuviera que
saber el sentido último de todo. Como si a mí, en un encuentro profundo con
Dios, se me desvelara el sentido de todos los sinsentidos de todas las vidas
que acompaño.
No es así. Nada de eso
sucede. Las preguntas permanecen abiertas, heridas,
sobre mí, sin respuestas. No tengo respuestas para todo. No lo sé todo y eso me
consuela.
Jesús vivió su vida en la
tierra con preguntas. Su paso a mi lado en carne humana me enseña a caminar a
mí con preguntas. Quiero aprender a vivir las preguntas que
hoy me golpean.
Quedan suspendidas en un aire incómodo dentro de mi alma.
Buscan respuestas que
convenzan, que calmen, que den luz. Sé muy bien que la oscuridad de las
preguntas me incomoda como un fuego que todo lo consume.
No me turbo. Vivir las
preguntas es parte de mi camino. Me alegra que no haya respuesta para todo. No
la tengo. No la busco. Una persona rezaba:
“Señor,
como a Pedro me preguntas: ¿Me amas? Una y otra vez resuena en mi alma esta
pregunta: ¿Me amas? Señor, solo puedo decirte: Tú lo sabes todo, tú sabes que
te amo”.
Esa es mi oración ante la
pregunta que Jesús me hace en medio de mis preguntas. No quiere
que tenga respuestas. Sólo quiere que conteste a su pregunta.
En
medio de mis dudas y mis miedos quiero a Jesús. Lo quiero en mi torpeza humana. Lo
quiero, aunque no comprenda todo lo que me sucede. Aunque no sepa bien por
dónde sigue el camino.
No quiero
jugar a ser Dios con
manos de barro. Sólo abrazo el presente lleno de dudas. Como hizo Él un día en mi
mismo camino.
No quiere que le diga que lo
puedo todo, que lo sé todo. No es verdad. Ni me exige que sepa la respuesta a
preguntas imposibles.
No quiere que me aleje de su
lado por no saberme digno. Ni que me enfade al no saber bien lo que espera de
mí. Simplemente abrazo su rostro que me mira
conmovido.
Sabe lo que sufro en medio
de mis incertidumbres. Sólo pretende que me abrace a mi única certeza. A su
amor imposible. Me quiere como soy, en medio de mi barro, dentro de mis dudas, en la oscuridad de la noche de mi alma. No temo
si Él va en mi barca.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






