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| Francisco celebra la misa en Nagasaki © Vatican Media |
“Nuestra
fe es en el Dios de los Vivientes. Cristo está vivo y actúa en medio nuestro,
conduciéndonos a todos hacia la plenitud de vida”, así ha exhortado el Papa
Francisco a más 35.000 personas que han asistido a la Misa en Nagasaki, Japón.
“Él
está vivo y nos quiere vivos, es nuestra esperanza”, ha asegurado el Pontífice,
en el marco de la visita a Japón, cuyo lema es Proteger toda vida. “Lo
imploramos cada día: venga a nosotros tu Reino, Señor”.
A
las 13:20 hora local (5:20 horas en Roma), el Papa ha dejado el Arzobispado de
Nagasaki, donde ha almorzado. Tras saludar a 16 personas empleadas por la
Curia, se ha dirigido en coche al Estadio de Baseball de la misma ciudad para
celebrar la Santa Misa. Aquí, se ha montado en el papamóvil y ha pasado entre
los fieles para saludarlos antes de presidir la Eucaristía, que ha comenzado a
las 14 (6 hora de Roma).
En
este último domingo del año litúrgico, solemnidad de Cristo Rey, Francisco ha
hecho una reflexión en torno a la figura del buen ladrón: “Unimos nuestras
voces a la del malhechor que, crucificado junto con Jesús, lo reconoció y lo
proclamó rey”.
El
Papa ha recordado a los japoneses en Nagasaki: “Estas tierras experimentaron,
como pocas, la capacidad destructora a la que puede llegar el ser humano”. Por
eso, como el buen ladrón, ha dicho, “queremos vivir ese instante donde poder
levantar nuestras voces y profesar nuestra fe en la defensa y el servicio del
Señor, el Inocente sufriente”.
“Queremos
acompañar su suplicio, sostener su soledad y abandono, y escuchar, una vez más,
que la salvación es la palabra que el Padre nos quiere ofrecer a todos: ‘Hoy
estarás conmigo en el Paraíso'”.
Asimismo,
el Santo Padre no ha dejado de mencionar a san Pablo Miki y sus compañeros
mártires: “Sobre sus huellas queremos caminar, sobre sus pasos queremos andar
para profesar con valentía que el amor dado, entregado y celebrado por Cristo
en la cruz, es capaz de vencer sobre todo tipo de odio, egoísmo, burla o
evasión”.
A continuación sigue la
homilía:
Homilía del Papa Francisco
«Jesús,
acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23,42).
En
este último domingo del año litúrgico unimos nuestras voces a la del malhechor
que, crucificado junto con Jesús, lo reconoció y lo proclamó rey. Allí, en el
momento menos triunfal y glorioso, bajo los gritos de burlas y humillación, el
bandido fue capaz de alzar la voz y realizar su profesión de fe. Son las
últimas palabras que Jesús escucha y, a su vez, son las últimas palabras que Él
dirige antes de entregarse a su Padre: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo
en el Paraíso» (Lc 23,43). El pasado tortuoso del ladrón parece, por un
instante, cobrar un nuevo sentido: acompañar de cerca el suplicio del Señor; y
este instante no hace más que corroborar la vida del Señor: ofrecer siempre y
en todas partes la salvación.
El
calvario, lugar de desconcierto e injusticia, donde la impotencia y la
incomprensión se encuentran acompañadas por el murmullo y cuchicheo indiferente
y justificador de los burlones de turno ante la muerte del inocente, se
transforma, gracias a la actitud del buen ladrón, en una palabra de esperanza
para toda la humanidad. Las burlas y los gritos de ¡sálvate a ti mismo! frente
al inocente sufriente no serán la última palabra; es más, despertarán la voz de
aquellos que se dejen tocar el corazón y se decidan por la compasión como
auténtica forma para construir la historia.
Hoy
aquí queremos renovar nuestra fe y nuestro compromiso; conocemos bien la
historia de nuestras faltas, pecados y limitaciones, al igual que el buen
ladrón, pero no queremos que eso sea lo que determine o defina nuestro presente
y futuro. Sabemos que no son pocas las veces que podemos caer en la atmósfera
comodona del grito fácil e indiferente del “sálvate a ti mismo”, y perder la
memoria de lo que significa cargar con el sufrimiento de tantos inocentes.
Estas tierras experimentaron, como pocas, la capacidad destructora a la que
puede llegar el ser humano. Por eso, como el buen ladrón, queremos vivir ese
instante donde poder levantar nuestras voces y profesar nuestra fe en la
defensa y el servicio del Señor, el Inocente sufriente. Queremos acompañar su
suplicio, sostener su soledad y abandono, y escuchar, una vez más, que la
salvación es la palabra que el Padre nos quiere ofrecer a todos: «Hoy estarás
conmigo en el Paraíso».
Salvación
y certeza que testimoniaron valientemente con su vida san Pablo Miki y sus
compañeros, así como los miles de mártires que jalonan vuestro patrimonio
espiritual. Sobre sus huellas queremos caminar, sobre sus pasos queremos andar
para profesar con valentía que el amor dado, entregado y celebrado por Cristo
en la cruz, es capaz de vencer sobre todo tipo de odio, egoísmo, burla o
evasión; es capaz de vencer sobre todo pesimismo inoperante o bienestar
narcotizante, que termina por paralizar cualquier buena acción y elección.
Nos
lo recordaba el Concilio Vaticano II, lejos están de la verdad quienes sabiendo
que nosotros no tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos la
futura, piensan que por ello podemos descuidar nuestros deberes terrenos, no
advirtiendo que, precisamente, por esa misma fe profesada estamos obligados a
realizarlos de una manera tal que den cuenta y transparenten la nobleza de la
vocación con la que hemos sido llamados (cf. Const. past. Gaudium et spes,
43).
Nuestra
fe es en el Dios de los Vivientes. Cristo está vivo y actúa en medio nuestro,
conduciéndonos a todos hacia la plenitud de vida. Él está vivo y nos quiere
vivos, es nuestra esperanza (cf. Exhort. ap. postsin. Christus vivit, 1).
Lo imploramos cada día: venga a nosotros tu Reino, Señor. Y al hacerlo queremos
también que nuestra vida y nuestras acciones se vuelvan una alabanza. Si
nuestra misión como discípulos misioneros es la de ser testigos y heraldos de
lo que vendrá, no podemos resignarnos ante el mal y los males, sino que nos
impulsa a ser levadura de su Reino dondequiera que estemos: familia, trabajo,
sociedad; ser una pequeña abertura en la que el Espíritu siga soplando
esperanza entre los pueblos.
El
Reino de los cielos es nuestra meta común, una meta que no puede ser sólo para
el mañana, sino que la imploramos y la comenzamos a vivir hoy, al lado de la
indiferencia que rodea y silencia tantas veces a nuestros enfermos y
discapacitados, a los ancianos y abandonados, a los refugiados y trabajadores
extranjeros: todos ellos sacramento vivo de Cristo, nuestro Rey (cf. Mt 25,31-46);
porque «si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos
que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él
mismo ha querido identificarse» (S. Juan Pablo II, Carta ap. Novo
millennio ineunte, 49).
En
el Calvario, muchas voces callaban, tantas otras se burlaban, tan sólo la del
ladrón fue capaz de alzarse y defender al inocente sufriente; toda una valiente
profesión de fe. Está en cada uno de nosotros la decisión de callar, burlar o
profetizar. Queridos hermanos: Nagasaki lleva en su alma una herida difícil de
curar, signo del sufrimiento inexplicable de tantos inocentes; víctimas
atropelladas por las guerras de ayer pero que siguen sufriendo hoy en esta
tercera guerra mundial a pedazos. Alcemos nuestras voces aquí en una plegaria
común por todos aquellos que hoy están sufriendo en su carne este pecado que
clama al cielo, y para que cada vez sean más los que, como el buen ladrón, sean
capaces de no callar ni burlarse, sino con su voz profetizar un reino de verdad
y justicia, de santidad y gracia, de amor y de paz.
Rosa
Die Alcolea
Fuente:
Zenit






