Entre
judíos y cristianos
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| Audiencia con Delegación del Centro Simon Wiesenthal, 20 enero 2020 © Vatican Media |
“Siento
que hoy en particular estamos llamados, ante todo, a este servicio: no a tomar
distancias y excluir, sino a acercarnos e incluir; no a favorecer soluciones de
fuerza, sino a abrir caminos de proximidad. Si no lo hacemos nosotros, que
creemos en Aquel que, desde lo alto del cielo, se acordó de nosotros y se
preocupó de nuestra debilidad ¿quién lo hará?”, dijo el Papa Francisco.
En
la mañana de hoy, 20 de enero de 2019, el Santo Padre recibió en audiencia a
una delegación del Centro Simon Wiesenthal, subrayando el “rico patrimonio
espiritual común” entre judíos y cristianos, “que debemos descubrir cada vez
más para ponerlo al servicio de todos”.
Centro Simon Wiesenthal
Según
su sitio web oficial, el Centro Simon Wiesenthal es una organización global de
derechos humanos que investiga el Holocausto y el odio en un contexto histórico
y contemporáneo. El Centro combate el antisemitismo, el odio y el terrorismo,
promueve los derechos humanos y la dignidad, se solidariza con Israel, defiende
la seguridad de los judíos en todo el mundo y enseña las lecciones del
Holocausto a las generaciones futuras.
Está
acreditado como ONG en organizaciones internacionales como las Naciones Unidas,
la UNESCO, la OSCE, la Organización de Estados Americanos (OEA), el Parlamento
Latinoamericano (PARLATINO) y el Consejo de Europa.
Educar en la tolerancia
A
lo largo de su discurso, Francisco resaltó el contacto del Centro Wiesenthal
con la Santa Sede desde hace décadas: “nos une el deseo de hacer del mundo un
lugar mejor en el que se respete la dignidad humana, una dignidad que pertenece
a todos por igual, independientemente del origen, la religión o la condición
social”.
Igualmente,
habló sobre la importancia “de educar en la tolerancia y la comprensión mutua,
en la libertad de religión y en la promoción de la paz social”.
75º aniversario de
Auschwitz-Birkenau
El
Papa recordó que el día 27 de enero se conmemora el 75º aniversario de de la
liberación del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau y su visita al
mismo en 2016, resaltando que “hoy, absorbidos por el torbellino de las cosas,
nos resulta difícil detenernos, mirar dentro de nosotros mismos, callarnos para
escuchar el grito de la humanidad que sufre”.
El
silencio, en cambio, “ayuda a custodiar la memoria. Si perdemos la memoria,
aniquilamos el futuro”, continuó, y agregó que dicho aniversario “es una
llamada a detenerse, a permanecer en silencio y a recordar. Lo necesitamos para
no volvernos indiferentes”.
Sembrar la paz
Para
el Pontífice es preocupante el crecimiento de una “indiferencia egoísta”, por
la que “nos interesa solo lo que nos resulta cómodo: la vida está bien si
a mí me va bien y cuando algo no funciona, se desencadenan la ira y
la maldad. Así es como se preparan terrenos fértiles para los particularismos y
populismos que vemos a nuestro alrededor. En estos terrenos crece rápidamente
el odio”.
En
este sentido, remitió al recrudecimiento actual del antisemitismo y reiteró su
firme condena. Y afirmó que “para afrontar el problema desde las raíces,
también debemos comprometernos a arar la tierra en la que crece el odio,
sembrando en ella la paz”, proponiendo “la integración, la búsqueda y la
comprensión del otro”.
Ante
todo ello, el Santo Padre consideró urgente “reintegrar a los marginados,
tender la mano a los que están lejos, sostener a los descartados por falta de
medios y dinero, ayudar a los que son víctimas de la intolerancia y la
discriminación”.
A
continuación sigue el discurso completo del Papa Francisco
Discurso del Santo Padre
Os
doy la bienvenida. Vuestro Centro, activo en todo el mundo, tiene como objetivo
combatir cualquier forma de antisemitismo, racismo y odio a las minorías. Desde
hace ya décadas existen contactos con la Santa Sede: nos une el deseo de hacer
del mundo un lugar mejor en el que se respete la dignidad humana, una dignidad
que pertenece a todos por igual, independientemente del origen, la religión o
la condición social. Es muy importante educar en la tolerancia y la comprensión
mutua, en la libertad de religión y en la promoción de la paz social.
Vosotros
contribuís de una manera particular a mantener vivo el recuerdo del Holocausto.
Dentro de una semana, el 27 de enero, se conmemorará el 75º aniversario de la
liberación del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Allí estuve en el
2016 para interiorizar, para rezar en silencio. Hoy, absorbidos por el
torbellino de las cosas, nos resulta difícil detenernos, mirar dentro de
nosotros mismos, callarnos para escuchar el grito de la humanidad que sufre. El
consumismo de hoy también es verbal: ¡cuántas palabras inútiles, cuánto tiempo
perdido en impugnar y acusar, cuántas ofensas gritadas, sin tener en cuenta lo
que se dice! El silencio, en cambio, ayuda a custodiar la memoria. Si perdemos
la memoria, aniquilamos el futuro. El aniversario de la indecible crueldad que
la humanidad descubrió hace setenta y cinco años es una llamada a detenerse, a
permanecer en silencio y a recordar. Lo necesitamos para no volvernos
indiferentes.
Es
preocupante el aumento, en muchas partes del mundo, de una indiferencia
egoísta, por la que nos interesa solo lo que nos resulta cómodo: la
vida está bien si a mí me va bien y cuando algo no funciona, se
desencadenan la ira y la maldad. Así es como se preparan terrenos
fértiles para los particularismos y populismos que vemos a nuestro alrededor.
En estos terrenos crece rápidamente el odio. El odio. Sembrar odio.
Recientemente hemos visto un bárbaro recrudecimiento del antisemitismo. No
me canso de condenar firmemente cualquier forma de antisemitismo. Pero para
afrontar el problema desde las raíces, también debemos comprometernos a arar la
tierra en la que crece el odio, sembrando en ella la paz. En efecto, a través
de la integración, la búsqueda y la comprensión del otro nos protegemos
mejor nosotros. Por eso es urgente reintegrar a los marginados, tender la
mano a los que están lejos, sostener a los descartados por falta de medios y
dinero, ayudar a los que son víctimas de la intolerancia y la discriminación.
La
Declaración Nostra Aetate (cf. n. 4) subraya que nosotros, judíos y
cristianos, tenemos un rico patrimonio espiritual común que debemos descubrir
cada vez más para ponerlo al servicio de todos. Siento que hoy en particular
estamos llamados, ante todo, a este servicio: no a tomar distancias y excluir,
sino a acercarnos e incluir; no a favorecer soluciones de fuerza, sino a abrir
caminos de proximidad. Si no lo hacemos nosotros, que creemos en Aquel que,
desde lo alto del cielo, se acordó de nosotros y se preocupó de nuestra debilidad
¿quién lo hará? Me vienen a la mente esas palabras del libro del Éxodo:
«Acordóse Dios de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob». Y miró Dios a los
hijos de Israel y conoció» (2, 24-25). Recordemos nosotros también el pasado y
preocupémonos por las condiciones de los que sufren: así cultivaremos el
terreno de la fraternidad.
Queridos
amigos, os agradezco vuestro compromiso en este sentido y os animo a
intensificar nuestra colaboración en defensa de los más débiles. ¡Que el
Altísimo nos ayude a respetarnos y amarnos cada vez más, y a hacer de la tierra
un lugar mejor, sembrando la paz! ¡Shalom!
Larissa
I. López
©
Librería Editorial Vaticana
Fuente:
Zenit






