En un
mundo lleno de peligros e incertidumbres, no dejes que tu impotencia te haga
caer en el miedo y la angustia: hay algo poderoso que permanece y te protege
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| bluedog studio | Shutterstock |
Tengo
una bendita costumbre metida en el alma: Me gusta organizar la vida. Tengo ese
deseo de controlarlo todo para que nada se escape al control de mis manos, de
mis deseos.
Quiero organizar lo que va a
suceder, pensar en el día de mañana, en la próxima semana. Todo
calculado,
todo medido, así la vida parece más segura.
Incluso llego a aventurarme
en años venideros, haciendo planes soñados, proyectándome, imaginando.
Pienso en lo que me hará más feliz, en las decisiones que tendré que tomar cuando llegue el momento oportuno, en los pasos que habré de recorrer por caminos pensados ahora en el presente.
Pienso en lo que me hará más feliz, en las decisiones que tendré que tomar cuando llegue el momento oportuno, en los pasos que habré de recorrer por caminos pensados ahora en el presente.
Reconozco que me
gustan más las certezas que las incertidumbres, para no sufrir tanto. En la película Parásitos decía el protagonista en un
momento difícil de su vida:
“No
deberíamos hacer planes. Porque así nunca salen mal. Y si las cosas se escapan
al control no importa, porque no teníamos planes previos”.
Pero a mí me gusta hacer
planes. Me atan a la tierra. Me marcan un camino. Me dan seguridad y al mismo
tiempo veo que me esclavizan.
Vivir
con planes me da calma, es cierto. Tengo un plan, pienso. Y un plan B, por si
falla el primero. Así vivo seguro, tranquilo. Me ato a las certezas.
Pensar en vivir sin un plan
me quita la paz. ¿Qué voy a hacer yo sin planes? Vivir sin querer
controlar me deja expuesto a los avatares del destino, al azar. Sin la
posibilidad de elegir un camino alternativo cuando todo falle.
¿Es
posible no hacer planes, no calcular los días que vienen, no
pensar en el futuro queriendo organizarlo todo, no llenar mi agenda de
compromisos para sentirme más seguro?
Certezas no tan ciertas
Me
gustan las certezas. Creo tener algunas certezas guardadas en mi alma y
repetidas en silencio casi como un mantra.
Quiero creer que mañana me
voy a levantar con salud. Guardo la certeza de que mañana seguirá siendo mío
todo lo que forma parte de mi vida, en un perfecto orden. Tengo la certeza de
creer que lo que poseo nadie me lo va a arrebatar nunca y va a permanecer siempre
en mi poder.
Creo tener estas certezas,
pero en realidad no existen por más que me empeñe en que así sea. Un día
amanece detrás del otro y pienso que es seguro que volverá a amanecer al día
siguiente. Pero ni siquiera eso es seguro.
Me
imagino certezas para poder vivir seguro en mi presente
incierto.
Me vuelvo conservador porque no quiero que cambien las
circunstancias que hoy me dan alegría y tranquilidad.
No quiero perder a un ser
querido. No quiero perder mi posición económica. No quiero quedarme sin mi
hogar, sin mi trabajo. No quiero que fracasen mis planes.
Quizá por ese miedo pretendo que todo en
mi vida sean certezas y seguridades. Y busco controlar mis pasos. Pero una y
otra vez veo que no es posible y, cuando a mi alrededor todo se vuelve
incierto, ¿qué hago?
Me angustio, vivo con estrés, pierdo la paz. Vivo con ansiedad sentado ante un futuro
incierto lleno de peligros. Mañana no sé si seguiré viviendo tal como he vivido
hasta ahora.
Surgen revueltas sociales,
una crisis profunda asola mi entorno, enfermedades contagiosas, crisis
económicas y de valores, impunidad ante el mal, una justicia que no parece
justa.
Temo
perder lo que poseo en medio de aguas revueltas. Me da miedo perder la vida, la
salud, la fama, el prestigio. Al mismo tiempo no sé si mañana me seguirán
amando o si yo seguiré amando a los que hoy amo.
El
amor no parece seguro. Y las promesas tampoco. ¡Cuántas veces se incumplen! Nada está
claro, no tengo muchas certezas en mi camino.
No sé si mi vida durará un
día o veinte años más. Este tipo de certezas no las poseo. Pero sí cuento con
otras certezas. ¿Cuáles son las que sí permanecen en mi corazón?
Verdades que permanecen y dan paz
Pienso
que la certeza que fundamenta mi vida es el amor de Dios. Lo he tocado. He
percibido ese amor en mi historia sagrada muchas veces. En momentos de luz y de
oscuridad. Cuando todo iba bien y cuando fracasaba. En esos momentos he notado
su abrazo, sus palabras de ánimo.
Es cierto que no cuento con
la certeza de creer que mis planes saldrán adelante siempre. Pero sí estoy
seguro de que Jesús va a estar conmigo pase lo que pase.
Mi
certeza es creer que hay un plan de amor escondido detrás de tanto odio y
desamor aparentes.
Detrás de tanta violencia y rabia, de tanta desunión y mentira.
Todo lo que observo a mi
alrededor me inquieta y surge el miedo. En medio de mi miedo mi certeza es
pensar que mi vida en la tierra no acabará convertida en cenizas, sino que se
extenderá en un futuro eterno en el que todo será más
pleno.
Mi certeza es pensar que estoy
de paso en
este mundo, aunque me aferre con uñas y dientes a la vida que se me regala.
Mi
certeza es creer que todo lo que hago bien o mal será acogido por un Dios que
me quiere con locura. Mi certeza es pensar que cada vez que caiga podré volver
a comenzar desde mis propias cenizas.
Me faltan certezas para
tener el control total. Pero me sobran estas certezas que fundamentan mi vida
para vivir con paz. Por eso hoy, cuando
vivo tiempos tan inciertos a mi alrededor, me arrodillo confiado ante Dios.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






