Francisco envío un mensaje a los protagonistas del Vía Crucis
2020 por las meditaciones escritas desde la cárcel de Padua, Italia
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| ALESSANDRO DI MEO / POOL / AFP |
El papa Francisco envió ayer un mensaje
de agradecimiento a los fieles de la parroquia de la Casa de Reclusión “Due
Palazzi” de Padua, a quienes ha confiado la preparación de los textos de las
meditaciones y oraciones propuestas este año para las estaciones del Vía Crucis
del Viernes Santo en el parvis de la basílica de San Pedro.
“Así, en el Vía
Crucis prestarán sus historias a todos aquellos en el mundo que compartan la
misma situación”, escribió Francisco en la misiva. Entre las meditaciones
del Vía Crucis de este año figura la tocante meditación escrita por un
sacerdote que fue acusado y que ha sido absuelto definitivamente por la
justicia, tras ocho años de proceso ordinario.
En efecto, al
parecer, esa historia conmovió profundamente al Papa. El Jueves Santo, en
el Altar de la Cátedra, de la basílica de San Pedro, al celebrar la misa “en la
Cena del Señor”, Francisco recordó en su homilía espontánea y sin hojas en la
mano a los “sacerdotes calumniados”: “Les llevo en mi corazón y les llevo
al altar”.
Sacerdotes acusados injustamente. “Hoy,
tantas veces, no pueden salir a la calle porque les dicen cosas malas, en
referencia al drama que hemos vivido con el descubrimiento de los sacerdotes
que han hecho cosas malas. Algunos me decían que no pueden salir de la casa con
el clergyman porque los
insultan; y ellos siguen”, dijo el Jueves Santo.
Las
meditaciones de este año fueron escritas por catorce personas que meditaron
sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, actualizándola en su propia
vida. A continuación, la meditación completa del sacerdote
acusado y después absuelto:
“Cristo clavado en la cruz. Como sacerdote,
muchas veces medité esta página del Evangelio. Y cuando un día me pusieron en
una cruz, sentí todo el peso de aquel madero: la acusación estaba hecha de
palabras duras como clavos, se me hizo muy cuesta arriba, el padecimiento se me
grabó en la piel.
El momento más oscuro fue ver mi nombre
colgado fuera de la sala del tribunal; en ese instante comprendí que era un
hombre que estaba obligado a demostrar su inocencia sin ser culpable. Estuve
colgado en la cruz durante diez años, fue mi vía crucis, lleno de legajos,
sospechas, acusaciones, injurias. Cada vez que iba a los tribunales buscaba el
Crucifijo allí colgado; lo miraba fijamente mientras la ley investigaba mi
historia.
La vergüenza me llevó por un instante a la
idea de pensar que era mejor acabar con todo. Pero luego decidí seguir siendo
el sacerdote que siempre había sido. Nunca pensé en aligerar la cruz, ni
siquiera cuando la ley me lo concedía. Elegí someterme al juicio ordinario; lo
debía a mí mismo, a los jóvenes que eduqué durante los años de Seminario, a sus
familias. Mientras subía mi calvario, los encontré a todos a lo largo del
camino; se convirtieron en mis cirineos, soportaron conmigo el peso de la cruz,
me enjugaron muchas lágrimas.
Junto a mí, muchos de ellos rezaron por el
joven que me acusó; nunca dejaremos de hacerlo. El día que fui absuelto de
todos los cargos, descubrí que era más feliz que diez años atrás; pude tocar
con mi mano la acción de Dios en mi vida. Colgado en la cruz, mi sacerdocio se
iluminó”.
Ary Waldir Ramos Díaz
Fuente: Aleteia






