Este
10 de abril, Viernes Santo, el Papa Francisco presidió la celebración de la
Pasión del Señor en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, que en esta
ocasión estuvo vacía a causa de la pandemia del coronavirus
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El Papa Francisco en la celebración de la Pasión este Viernes Santo en la Basílica de San Pedro.
Crédito: Vatican Media
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El
Papa solo estuvo acompañado del maestro de celebraciones pontificias, Mons.
Guido Marini, los acólitos, un reducido coro y algunos funcionarios del
Vaticano.
En
la Basílica desprovista de ornamentos e iluminada tenuemente en consonancia con
la sobriedad de la ceremonia en la que no se celebró la Eucaristía, el Santo
Padre, vestido de púrpura en recuerdo de la sangre de Cristo derramada en la
Cruz, se postró en el suelo delante del altar para orar durante unos minutos.
Tras
los minutos de oración silenciosa, el Pontífice se puso de nuevo de pie para la
liturgia de la Palabra en la que se leyó un pasaje del libro de Isaías (52,13 - 53,12), se recitó el salmo
31, se leyó la Carta a los hebreos 4:14-16, y 5: 7-9; y el Evangelio de San
Juan que relata la Pasión de Cristo.
En
la oración universal de los fieles, el Papa elevó una especial petición por los
enfermos de coronavirus: “Dios omnipotente y eterno, singular protector de la
enfermedad humana, mira compasivo la aflicción de tus hijos que padecen esta
epidemia; alivia el dolor de los enfermos, da fuerza a quienes los cuidan,
acoge en tu paz a los que han muerto y, por todo el tiempo que dura esta
tribulación, haz que todos puedan encontrar alivio en tu misericordia. Por
Jesucristo, nuestro Señor. Amén”.
Después
se realizó la adoración de la cruz, aclamada tres veces en latín con las
palabras “Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del
mundo. ¡Venid a adorarlo!”.
En
esta ocasión, la adoración se realizó con el crucifijo milagroso de San
Marcelo, que ayudó a vencer la peste hace varios siglos y ante el cual el Papa
rezó el viernes 27 de marzo por el fin de la pandemia.
Al
igual que otros años, el predicador de la Casa Pontificia, P. Rainiero
Cantalamessa, pronunció la homilía. Esta vez su prédica llevó por título “Tengo
proyectos de paz, no de aflicción”.
A continuación el texto completo de su reflexión:
Tengo proyectos de paz, no
de aflicción
San
Gregorio Magno decía que la Escritura cum legentibus crescit, crece con quienes
la leen. Expresa significados siempre nuevos en función de las preguntas que el
hombre lleva en su corazón al leerla. Y nosotros este año leemos el relato de
la Pasión con una pregunta —más aún, con un grito— en el corazón que se eleva
por toda la tierra. Debemos tratar de captar la respuesta que la palabra de
Dios le da.
Lo
que acabamos de escuchar es el relato del mal objetivamente más grande jamás
cometido en la tierra. Podemos mirarlo desde dos perspectivas diferentes: o de
frente o por detrás, es decir, o por sus causas o por sus efectos.
Si
nos detenemos en las causas históricas de la muerte de Cristo nos confundimos y
cada uno estará tentado de decir como Pilato: «Yo soy inocente de la sangre de
este hombre» (Mt 27,24). La cruz se comprende mejor por sus efectos que por sus
causas. Y ¿cuáles han sido los efectos de la muerte de Cristo? ¡Justificados
por la fe en Él, reconciliados y en paz con Dios, llenos de la esperanza de una
vida eterna! (cf. Rom 5, 1-5).
Pero
hay un efecto que la situación en acto nos ayuda a captar en particular. La
cruz de Cristo ha cambiado el sentido del dolor y del sufrimiento humano. De
todo sufrimiento, físico y moral. Ya no es un castigo, una maldición. Ha sido
redimida en raíz desde que el Hijo de Dios la ha tomado sobre sí.
¿Cuál
es la prueba más segura de que la bebida que alguien te ofrece no está
envenenada? Es si él bebe delante de ti de la misma copa. Así lo ha hecho Dios:
en la cruz ha bebido, delante del mundo, el cáliz del dolor hasta las heces.
Así ha mostrado que éste no está envenenado, sino que hay una perla en el fondo
de él.
Y
no solo el dolor de quien tiene la fe, sino de todo dolor humano. Él murió por
todos. «Cuando yo sea levantado sobre la tierra —había dicho—, atraeré a todos
a mí» (Jn 12,32). ¡Todos, no sólo algunos! «Sufrir —escribía san Juan Pablo II
desde su cama de hospital después del atentado— significa hacerse
particularmente receptivos, especialmente abiertos a la acción de las fuerzas
salvíficas de Dios ofrecidas a la humanidad en Cristo»
Gracias
a la cruz de Cristo, el sufrimiento se ha convertido también, a su manera, en
una especie de «sacramento universal de salvación» para el género humano
¿Cuál
es la luz que todo esto arroja sobre la situación dramática que está viviendo
la humanidad? También aquí, más que a las causas, debemos mirar a los efectos.
No sólo los negativos, cuyo triste parte escuchamos cada día, sino también los
positivos que sólo una observación más atenta nos ayuda a captar.
La
pandemia del Coronavirus nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que
siempre han corrido los individuos y la humanidad: el del delirio de
omnipotencia. Tenemos la ocasión —ha escrito un conocido Rabino judío— de
celebrar este año un especial éxodo pascual, salir «del exilio de la
conciencia».
Ha
bastado el más pequeño e informe elemento de la naturaleza, un virus, para
recordarnos que somos mortales, que la potencia militar y la tecnología no
bastan para salvarnos. «El hombre en la prosperidad no comprende —dice un salmo
de la Biblia—, es como los animales que perecen» (Sal 49,21). ¡Qué verdad es!
Mientras
pintaba al fresco la catedral de San Pablo en Londres, el pintor James
Thornhill, en un cierto momento, se sobrecogió con tanto entusiasmo por su
fresco que, retrocediendo para verlo mejor, no se daba cuenta de que se iba a
precipitar al vacío desde los andamios. Un asistente, horrorizado, comprendió
que un grito de llamada sólo habría acelerado el desastre. Sin pensarlo dos
veces, mojó un pincel en el color y lo arrojó en medio del fresco. El maestro,
estupefacto, dio un salto hacia adelante. Su obra estaba comprometida, pero él
estaba a salvo.
Así
actúa a veces Dios con nosotros: trastorna nuestros proyectos y nuestra
tranquilidad, para salvarnos del abismo que no vemos. Pero atentos a no
engañarnos. No es Dios quien ha arrojado el pincel sobre el fresco de nuestra
orgullosa civilización tecnológica. ¡Dios es aliado nuestro, no del virus!
«Tengo
proyectos de paz, no de aflicción», nos dice él mismo en la Biblia (Jer 29,11).
Si estos flagelos fueran castigos de Dios, no se explicaría por qué se abaten
igual sobre buenos y malos, y por qué los pobres son los que más sufren sus
consecuencias. ¿Son ellos más pecadores que otros?
¡No!
El que lloró un día por la muerte de Lázaro llora hoy por el flagelo que ha
caído sobre la humanidad. Sí, Dios "sufre", como cada padre y cada
madre. Cuando nos enteremos un día, nos avergonzaremos de todas las acusaciones
que hicimos contra él en la vida. Dios participa en nuestro dolor para
vencerlo. «Dios —escribe san Agustín—, siendo supremamente bueno, no permitiría
jamás que cualquier mal existiera en sus obras, si no fuera lo suficientemente
poderoso y bueno, para sacar del mal mismo el bien».
¿Acaso
Dios Padre ha querido la muerte de su Hijo, para sacar un bien de ella? No,
simplemente ha permitido que la libertad humana siguiera su curso, haciendo,
sin embargo, que sirviera a su plan, no al de los hombres. Esto vale también
para los males naturales como los terremotos y las pestes. Él no los suscita.
Él
ha dado también de la naturaleza una especie de libertad, cualitativamente
diferente, sin duda, de la libertad moral del hombre, pero siempre una forma de
libertad. Libertad de evolucionar según sus leyes de desarrollo. No ha creado
el mundo como un reloj programado con antelación en cualquier mínimo movimiento
suyo. Es lo que algunos llaman la casualidad, y que la Biblia, en cambio, llama
«sabiduría de Dios».
*
* *
El
otro fruto positivo de la presente crisis sanitaria es el sentimiento de
solidaridad. ¿Cuándo, en la memoria humana, los pueblos de todas las naciones
se sintieron tan unidos, tan iguales, tan poco litigiosos, como en este momento
de dolor? Nunca como ahora hemos percibido la verdad del grito de un nuestro
poeta: «¡Hombres, paz! Sobre la tierra postrada demasiado es el misterio».
Nos
hemos olvidado de los muros a construir. El virus no conoce fronteras. En un
instante ha derribado todas las barreras y las distinciones: de raza, de
religión, de censo, de poder. No debemos volver atrás cuando este momento haya
pasado.
Como
nos ha exhortado el Santo Padre no debemos desaprovechar esta ocasión. No
hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de
los agentes sanitarios haya sido en vano. Esta es la «recesión» que más debemos
temer.
De
las espadas forjarán arados,
de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo,
no se adiestrarán para la guerra (Is 2,4).
de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo,
no se adiestrarán para la guerra (Is 2,4).
Es
el momento de realizar algo de esta profecía de Isaías cuyo cumplimiento espera
desde siempre la humanidad. Digamos basta a la trágica carrera de armamentos.
Gritadlo con todas vuestras fuerzas, jóvenes, porque es sobre todo vuestro
destino lo que está en juego.
Destinemos
los ilimitados recursos empleados para las armas para los fines cuya necesidad
y urgencia vemos en estas situaciones: la salud, la higiene, la alimentación,
la lucha contra la pobreza, el cuidado de lo creado. Dejemos a la generación
que venga un mundo más pobre de cosas y de dinero, si es necesario, pero más
rico en humanidad.
*
* *
La
Palabra de Dios nos dice qué es lo primero que debemos hacer en momentos como
estos: gritar a Dios. Es él mismo quien pone en labios de los hombres las
palabras que hay que gritarle, a veces incluso palabras duras, de llanto y casi
de acusación. «¡Levántate, Señor, ven en nuestra ayuda! ¡Sálvanos por tu
misericordia! […] ¡Despierta, no nos rechaces para siempre!» (Sal 44,24.27).
«Señor, ¿no te importa que perezcamos?» (Mc 4,38).
¿Acaso
a Dios le gusta que se le rece para conceder sus beneficios? ¿Acaso nuestra
oración puede hacer cambiar sus planes a Dios? No, pero hay cosas que Dios ha
decidido concedernos como fruto conjunto de su gracia y de nuestra oración,
casi para compartir con sus criaturas el mérito del beneficio recibido [6] . Es
él quien nos impulsa a hacerlo: «Pedid y recibiréis, ha dicho Jesús, llamad y
se os abrirá» (Mt 7,7).
Cuando,
en el desierto, los judíos eran mordidos por serpientes venenosas, Dios ordenó
a Moisés que levantara en un estandarte una serpiente de bronce, y quien lo
miraba no moría. Jesús se ha apropiado de este símbolo.
«Como
Moisés levantó la serpiente en el desierto —le dijo a Nicodemo— así es preciso
que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo aquel que cree en él tenga
vida eterna» (Jn 3,14-15). También nosotros, en este momento, somos mordidos
por una «serpiente» venenosa invisible. Miremos a Aquel que fue «levantado» por
nosotros en la cruz. Adorémoslo por nosotros y por todo el género humano. Quien
lo mira con fe no muere. Y si muere, será para entrar en la vida eterna.
"Después
de tres días resucitaré", predijo Jesús (cf. Mt 9, 31). Nosotros también,
después de estos días que esperamos sean cortos, nos levantaremos y saldremos
de las tumbas de nuestros hogares. No para volver a la vida anterior como
Lázaro, sino a una vida nueva, como Jesús. Una vida más fraterna, más humana. ¡Más
cristiana!
Fuente:
ACI Prensa






