Como el de Jesús
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| Misa en la Casa Santa Marta © Vatican Media |
“En estos días
de Cuaresma hemos visto la persecución que sufrió Jesús y cómo los doctores de
la ley se ensañaron contra él: fue juzgado con dureza, con saña, siendo
inocente. Me gustaría rezar hoy por todas las personas que sufren un juicio
injusto a causa de la persecución”.
Esta es la
plegaria de oración del Santo Padre en la Misa de la Casa Santa Marta de ayer, 7
de abril de 2020, emitida en directo diariamente debido a la pandemia de coronavirus.
En este Martes
Santo, Francisco leyó la antífona de entrada tomada del Salmo 26: “No me
incluyas entre los pecadores ni entre los hombres sanguinarios: ellos tienen
las manos llenas de infamia”.
Después, en su
homilía, reflexionó sobre las lecturas de hoy, tomadas del Libro del Profeta
Isaías (Is 49, 1-6), el segundo Canto del Siervo y el Evangelio de Juan (Jn 13,
21-33. 36-38) que habla de la traición de Judas y la negación de Pedro.
Nuestro destino
es servir
En torno a
ellas, el Papa recordó que cada uno nace “con el destino de ser hijo de Dios,
de ser siervo de Dios, con la tarea de servir, de construir, de edificar” y que
“el siervo de Yahvé, Jesús, sirvió hasta la muerte: parecía una derrota, pero
era la manera de servir. Y esto subraya la manera de servir que debemos tener
en nuestras vidas”.
De este modo,
define que servir es “darse a sí mismo, darse a los demás”. El pueblo de Dios
es siervo, “y cuando el pueblo de Dios se aleja de esta actitud de servicio es
un pueblo apóstata: se aleja de la vocación que Dios le ha dado. Y cuando cada
uno de nosotros se aleja de esta vocación de servicio, se aleja del amor de
Dios, y construye su vida sobre otros amores, muchas veces idólatras”.
Caer y pedir
perdón
Asimismo, el
Pontífice reconoce que en la vida hay caídas: “cada uno de nosotros es un
pecador y puede caer, y ha caído”. Pero lo importante, resalta, es la actitud
ante Dios: “la de un pecador que es capaz de pedir perdón, como Pedro, que jura
que ‘no, nunca te negaré, Señor, nunca, nunca, nunca’, pero luego, cuando el
gallo canta, llora. Se arrepiente”.
“Este es el
camino del servidor: cuando resbala, cuando cae, pide perdón”, insiste, porque
el que no comprende que ha caído “la pasión lo toma de tal manera que lo lleva
a la idolatría, abre su corazón a satanás, entra en la noche” y esto es lo que
le pasó a Judas.
Finalmente, en
este sentido, el Papa Francisco dijo: “Pidamos la gracia de perseverar en el
servicio. A veces con resbalones, caídas, pero la gracia de al menos llorar
como Pedro lloró”.
A continuación,
sigue la transcripción de la homilía completa del Santo Padre ofrecida
por Vatican News.
Homilía del
Papa
La profecía de
Isaías que hemos escuchado es una profecía sobre el Mesías, sobre el Redentor,
pero también una profecía sobre el pueblo de Israel, sobre el pueblo de Dios:
podemos decir que puede ser una profecía sobre cada uno de nosotros. En
esencia, la profecía enfatiza que el Señor ha elegido a su servidor desde el
vientre materno: lo dice dos veces. Su siervo fue elegido desde el principio,
desde el nacimiento o antes del nacimiento. El pueblo de Dios fue elegido antes
de nacer: también cada uno de nosotros. Ninguno de nosotros cayó en el mundo
por casualidad, por caso. Cada uno tiene un destino, un destino libre, el
destino de la elección de Dios. Yo nazco con el destino de ser hijo de Dios, de
ser siervo de Dios, con la tarea de servir, de construir, de edificar. Y esto,
desde el seno materno.
El siervo de
Yahvé, Jesús, sirvió hasta la muerte: parecía una derrota, pero era la manera
de servir. Y esto subraya la manera de servir que debemos tener en nuestras
vidas. Servir es darse a sí mismo, darse a los demás. Servir no es pretender
para cada uno de nosotros otro beneficio que no sea el de servir. Servir es la
gloria, y la gloria de Cristo es servir hasta el punto de aniquilarse hasta la
muerte, la muerte en la cruz. Jesús es el servidor de Israel. El pueblo de Dios
es siervo, y cuando el pueblo de Dios se aleja de esta actitud de servicio es
un pueblo apóstata: se aleja de la vocación que Dios le ha dado. Y cuando cada
uno de nosotros se aleja de esta vocación de servicio, se aleja del amor de
Dios, y construye su vida sobre otros amores, muchas veces idólatras.
El Señor nos ha
elegido desde el vientre materno. En la vida hay caídas: cada uno de nosotros
es un pecador y puede caer, y ha caído. Solo la Virgen y Jesús… todos los demás
hemos caído, somos pecadores. Pero lo que importa es la actitud ante el Dios
que me eligió, que me ungió como siervo; es la actitud de un pecador que es
capaz de pedir perdón, como Pedro, que jura que “no, nunca te negaré, Señor,
nunca, nunca, nunca”, pero luego, cuando el gallo canta, llora. Se arrepiente.
Este es el camino del servidor: cuando resbala, cuando cae, pide perdón.
En cambio,
cuando el siervo no puede comprender que ha caído, cuando la pasión lo toma de
tal manera que lo lleva a la idolatría, abre su corazón a satanás, entra en la
noche: eso es lo que le pasó a Judas.
Pensemos hoy en
Jesús, el siervo, fiel en el servicio. Su vocación es servir hasta la muerte, y
la muerte en la Cruz. Pensemos en cada uno de nosotros, parte del pueblo de
Dios: somos servidores, nuestra vocación es servir, no aprovechar nuestro lugar
en la Iglesia. Servir. Siempre en servicio.
Pidamos la
gracia de perseverar en el servicio. A veces con resbalones, caídas, pero la
gracia de al menos llorar como Pedro lloró.
El Papa terminó
la celebración con la adoración y la bendición eucarística, invitándonos a
hacer la comunión espiritual. Aquí sigue la oración recitada por el Papa:
“Jesús mío, creo que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento
del altar. Te amo por encima de todas las cosas y te deseo en mi alma. Ya que
no puedo recibirte sacramentalmente ahora, ven al menos espiritualmente a mi
corazón. Como ya has venido, te abrazo y me uno enteramente a Ti. No dejes que
nunca me separe de ti”.
Antes de salir
de la Capilla dedicada al Espíritu Santo, se cantó la antigua antífona
mariana Ave Regina Caelorum (Ave Reina del Cielo).
“Salve, Reina
de los cielos y Señora de los Ángeles; salve raíz, salve puerta que dio paso a
nuestra luz. Alégrate, virgen gloriosa, entre todas la más bella; salve,
agraciada doncella, ruega a Cristo por nosotros”.
Larissa
I. López
Fuente:
Zenit






