Presbítero
franciscano, evangelizador de América, 18 de abril
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| Crónica Viva |
Martirologio Romano: En Lima, capital
del Perú, san Francisco Solano, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores,
que para salvar almas recorrió en todas las direcciones América Meridional,
enseñando con palabras y con milagros a los indios y a los mismos colonizadores
españoles la novedad de la vida cristiana († 1610).
Fecha de beatificación: 20 de junio de 1675
por el Papa Pío VI
Fecha de canonización: 27 de diciembre de
1726 por el Papa Benedicto XIII
Etimológicamente: Francisco = Aquel
que porta la bandera, es de origen germánico.
Breve Biografía
Antiguamente se recordaba a San Francisco Solano el 18 de abril, el Martirologio Romano actual lo festeja el 14 de julio
Aquellos primeros misioneros que vinieron a nuestras tierras americanas junto con los conquistadores son de una grandeza casi sobrehumana. Entre ellos descuella la figura imponente de San Francisco Solano, el de una vida apostólica inconcebible que hoy vamos a presentar. ¿Cómo es posible realizar tanto trabajo en sólo veinte años, desde las costas de Panamá hasta las inmensidades peruanas, argentinas y uruguayas, para finalizar sus días de nuevo en el soñado Perú?...
Nace
en Andalucía, ingresa en la Orden de San Francisco, y es un religioso y
sacerdote sabio y santo.
Pero
España es un campo muy estrecho para su celo apostólico, y a sus cuarenta años
solicita venirse para nuestra América, donde tantas almas están sedientas de
Dios.
Se
embarca, llega a Cartagena y Portobello, y se detiene en Panamá durante cuatro
meses, tan llenos de males y de dificultades, que mueren dos de sus compañeros.
La vida del misionero empieza con grandes peligros, pero él no se va a rendir.
Toma
una nave para el Perú, aunque el viaje se presenta difícil. Ante las costas de
Colombia se produce la tragedia. La nave se parte en dos y en una lancha
salvavidas pueden llegar algunos náufragos a la playa.
Francisco
no intenta salvarse el primero y se queda en la nave para dar ánimos a los que
se ven del todo perdidos.
Vuelven
las lanchas, y todos logran llegar a la arena entre grandes dificultades. El
misionero es el último en abandonar el navío, se ata el hábito a la cintura, se
lanza al mar, llega a la barca, y cuando alcanza la playa no le queda cubriendo
su cuerpo más que la túnica. Decidido, se regresa a buscar su hábito, mientras
dice a los compañeros aterrados:
-
Voy por mi hábito. El Padre San Francisco me lo dio y a él se lo tengo que
devolver.
Ese
pobre hábito será su orgullo mayor y lo va a pasear con gallardía por aquellas
tierras vírgenes.
Dos
meses largos permanecen los náufragos en la playa inhóspita, comiendo sólo
hierbas y los peces que llegan a sacar del mar como pueden. Francisco infunde
ánimos a todos:
-¡Tranquilos!
Dios nos sacará de aquí de una manera u otra.
Por
fin, aparece una nave providencial, que recoge a los náufragos y los deja en el
norte del Perú.
Francisco
sigue a pie su camino hasta la lejana Lima, de donde arrancará ahora y donde
acabará después su prodigioso apostolado.
Se
arrodilla ante su superior, y le suplica con lágrimas casi en los ojos:
-
¡Padre, mándeme, mándeme a mí! Por amor a mi Señor Jesucristo, yo quiero ir a
las misiones más difíciles.
El
superior comprende que aquellos impulsos tan vehementes hacia las misiones más
arriesgadas vienen de Dios, y autoriza todo:
-
¡Vaya, pues, y que Dios le acompañe siempre!
Francisco
escala los Andes, sube a las alturas más encumbradas de Bolivia, desciende
después hasta la Argentina y llega al Tucumán, donde va a tener el centro de su
apostolado durante once años prodigiosos, apostolado que se extenderá hasta el
Estero y Paraguay.
Estudia
con ahínco las lenguas de los indígenas, a los que trata con un amor
enternecedor. Y, cuando una vez se ve ante varias tribus, sin conocer las
lenguas de todos, confía en el Espíritu Santo, que renueva con él aquella vez
el prodigio de Pentecostés. Todos sus oyentes lo han entendido, y exclaman
atónitos:
-
¿Y cómo el Padre español habla a la vez todas nuestras lenguas?...
El
caso de conversiones más famoso en la vida de Francisco Solano se dio en La
Rioja.
Cuarenta
y cinco caciques se dan cita en ella, y las autoridades se ponen al tanto, con
los soldados a punto de entrar en acción ante el primer peligro.
Era
Jueves Santo, y en la procesión, organizada por el santo misionero, formaba un
grupo de disciplinantes. Desnudos de la cintura para arriba, y con el
despiadado látigo en la mano, iban dándose duros golpes en las espaldas, en
memoria de la flagelación de Jesús y haciendo así penitencia por los pecados de
todos.
Los
caciques indios se conmueven ante aquel espectáculo. Abrazan la fe católica que
predica Francisco, y se hacen bautizar todos con muchos otros de sus tribus,
después de la rigurosa instrucción a que los somete el misionero.
Dicen
que llegaron hasta nueve mil los que se fueron bautizando después poco a poco,
una vez recibida la debida instrucción. Todo fue fruto de aquella procesión tan
devota y singular.
Los
caciques, que habían venido al acecho como fieras, se habían convertido en
corderitos mansos y obedientes...
El
infatigable misionero, obediente a la voz de sus Superiores, regresa a Lima,
donde permanecerá haciendo prodigios de santidad y de conversiones durante los
seis últimos años de su vida.
Esta
vida tan preciosa del misionero acaba mientras el sacerdote alza la Sagrada
Hostia en la Misa que se celebra en su presencia por el moribundo.
Con
el Cristo de la Hostia se alzaba hasta el Cielo uno de los mayores apóstoles
que han recorrido nuestra América, tan prometedora...
Por:
Pedro García, Misionero Claretiano






