Son
pensamientos que quizás se apoyen sobre un fondo de verdad o quizás sean
totalmente fruto de nuestra imaginación
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| Shutterstock | Marcos Mesa Sam Wordley |
Duda,
comparación, envidia, desánimo… Todos los días hay pensamientos negativos y
estériles que nos invaden y ponen freno a nuestra paz interior. Nos impiden
tener buenas relaciones con nuestro entorno. ¿Cómo pensar en positivo y luchar
contra todos los pensamientos negativos que envenenan nuestro día a día?
Durante
todo el día, nuestra imaginación es bombardeada por pequeños pensamientos
negativos sobre el pasado o el futuro, sobre la forma en que deberían pasar las
cosas. Pueden empezar a lastrarnos ya desde que nos despertamos.
Abrimos
un ojo y el pequeño desfile de las preocupaciones hace su entrada: inquietud
sobre un hijo, recuerdo de una frase desagradable que dijo la jefa ayer, duda
sobre el amor de nuestro cónyuge o sobre nuestra capacidad para hacer cierto
trámite…
Comenzamos
nuestra jornada con pensamientos del estilo de: “Nunca me atreveré”, “No lo
lograré”, “Tengo la mala impresión de que…”. Estas ideas tienen a menudo su
origen en el miedo y nos empujan a tomar las armas para un combate que no es el
bueno, contra la sociedad, el vecino, los colegas, la familia, la Iglesia…
Son
pensamientos que quizás se apoyen sobre un fondo de verdad o quizás sean
totalmente fruto de nuestra imaginación. Sin embargo, si nos detenemos en
ellos, se convierten en parte de nosotros y pueden hacernos muy infelices. A
continuación, disponéis de consejos para luchar contra esos pensamientos que
nos impiden abordar la vida con serenidad.
Las consecuencias de los
pensamientos pesimistas para la vida cotidiana
Los
pensamientos negativos están presentes en nuestro espíritu. Son el burbujeo
habitual de nuestra naturaleza herida y orgullosa, que san Pablo llama “la
carne”, es decir, todo aquello en nosotros que rechaza a Dios (Rm 8,5-8).
Pero el Maligno se sirve de ellos para entrar en nosotros, para amplificarlos y
volverlos obsesivos.
Aunque
nuestra vocación es el amor, entonces, el eje del combate espiritual va a
colocarse sobre nuestras relaciones con el prójimo, con Dios y con nosotros
mismos para desviarnos de esa finalidad. La principal puerta de entrada del
demonio está en nuestros pensamientos y nuestra imaginación, primer lugar del
combate.
Su
conversión, su purificación, son el comienzo de nuestro camino de santidad.
Antaño, en el lenguaje de la vida espiritual, se llamaba a esta lucha “la
guardia de los pensamientos”. Hoy, ya no se habla de ello y, sin embargo, el
combate sigue siendo el mismo.
Esos
pensamientos afectan a nuestro humor e influyen en nuestro comportamiento.
Determinan también nuestra vida futura, cuando nos empujan a tomar decisiones
importantes. Si no somos felices, hay que examinar las impresiones que
mantenemos.
Nuestro
malestar puede venir de ideas negativas a las que damos vueltas desde hace años
en la cabeza: “Mis hermanos y hermanas siempre han tenido más amigos que yo, no
sé qué hacer, no soy interesante, así que me callo”.
Así,
construimos a nuestro alrededor una fortaleza para escapar de nuestros
pensamientos sombríos: “De todas formas, la gente es decepcionante”. Y cuando
alguien se nos acerca, nos mostramos agresivos para no vernos decepcionados.
Así, esta fortaleza que debía liberarnos de nuestros pensamientos negativos se
convierte en una auténtica prisión en la que no somos libres de amar.
Esos
pensamientos afectan, por tanto, a nuestras relaciones con los demás. El
Maligno siempre intentará hacernos creer que hay algún malestar con alguien de
nuestro entorno. “He tenido un desacuerdo durante una reunión con mi jefe,
siento amargura hacia él porque imagino que está molesto conmigo, eso me evita
pensar en lo que he hecho.
Y
de vez en cuando, con mis colegas, diré cosas malas de él”. “La boca habla de
la abundancia del corazón”, dijo san Mateo (12,34). Rápidamente, divulgamos
nuestros juicios sobre una persona y luego es muy difícil sentirse cómodo con
ella. Algunos tienen tantos malos pensamientos sobre los demás que la relación
se vuelve imposible.
Discernir los pensamientos
imaginarios de los temores legítimos
Es
imperativo decidir en un primer momento no admitir todo lo que pueda pasarnos
por la mente ni tomarlo como algo serio. En cuanto surge un pensamiento, nos
toca a nosotros confrontarlo con la Palabra de Dios. San Ignacio nos enseña el
discernimiento. Según él, el Espíritu Santo nos habla palabras de paz y de
amor.
Por
el contrario, Satanás, nos susurra palabras de duda y de miedo. La forma en que
el pensamiento resuena en nosotros nos permite juzgarlo: ¿nos causa paz o
angustia? Podemos dedicar cierto tiempo, por ejemplo, antes de levantarnos o
durante nuestra oración, para realizar una clasificación de nuestros
pensamientos, entre aquellos que se fundamentan sobre una realidad y aquellos
que solo son fruto de nuestra imaginación. Para ello, conviene saber prestar
atención a los demás, sobre todo a quienes tienen la gracia de arrojar luz
sobre nuestros temores o nuestras huidas.
Sin
embargo, algunos temores pueden ser legítimos: un adolescente con fracaso
escolar, una mujer deprimida, un niño discapacitado… Es normal que eso nos
afecte y que tardemos tiempo en restablecernos. Es la perspectiva con que miramos
nuestros sufrimientos la que lo cambia todo. Si nos pasamos el día rumiando
nuestro sufrimiento, nos encerramos en nuestros pensamientos y no permitimos
que Dios actúe en nosotros.
Cuando
nuestra vida ya no tiene sentido y esta espiral de pensamientos desalentadores
comienza a succionarnos, aferrémonos a la Palabra de Dios y repitámosla con
confianza. Recuperaremos pie más rápido. Con frecuencia, leemos la Palabra de
Dios como un texto. Nos olvidamos de que es un arma poderosa y eficaz. “Tomen
el casco de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios”
(Ef 6,17). Dios solo tiene una palabra, la de Jesús, el Verbo encarnado, y
Jesús actúa.
Dominar la sensibilidad no
equivale a sofocarla
Pero
cuidado, Dios no nos pide que dejemos de sentir emociones, cólera, impaciencia,
tristeza… Nos pide que las gestionemos para que ocupen su justo lugar. Incluso
si tenemos miedo debemos actuar en consecuencia, como Jonás en Nínive (Jon 1,1).
Así, nos liberamos de sus cadenas. Si logramos permanecer serenos en la
adversidad, comenzamos a adquirir madurez espiritual. Extraemos nuestra fuerza
de la alegría del Señor, como dice Nehemías (Ne 8,10), y no de las
circunstancias.
Por
tanto, luchar contra los pensamientos negativos es una cuestión fundamental si queremos
crecer. Dios sigue contando con nosotros, incluso en nuestras dificultades. Fue
Dios quien dijo a Josué: “¿Acaso no soy yo el que te ordeno que seas fuerte y
valiente? No temas ni te acobardes, porque el Señor, tu Dios, estará contigo
dondequiera que vayas” (Jos 1,9). Hay que tomar la decisión de vivir más
profundamente, más allá del nivel de nuestras emociones, al nivel de nuestro
corazón profundo. Todos estamos llamados a la unificación interior que nos hace
más disponibles a los acontecimientos de la vida. Dios puede por fin desplegar
en nosotros aquello que quiere.
Se impone una disciplina
cotidiana para liberarse de los pensamientos negativos
Para
liberarse de los pensamientos negativos, necesitamos un poco de tiempo y de
energía para comenzar. Es una auténtica ascesis de todos los días para ganar la
batalla. Nos preparamos para ello ofreciendo la jornada para no dejarnos
atrapar por las situaciones negativas. Cuando constatamos un pensamiento
pesimista, decidimos inmediatamente no demorarnos en él. Respondemos a los
planes del demonio si aceptamos esas ideas parásitas y luego las mantenemos.
Una buena manera de combatirlas es alabar al Señor. Permanecer en la acción de
gracias intentando bendecir a las personas con quienes la relación es complicada.
También podemos hacer una “oración exprés”, como “Jesús, confío en ti” o bien
“María, ayúdame”, con una llamada a la ayuda de Dios, o bien decir un versículo
de la Biblia. Cuanto más meditemos sobre lo que es bueno y verdadero en el
corazón de las personas y en las situaciones, menos pensamientos negativos
tendremos. Al principio, es difícil, pero el dominio de nuestra imaginación va
mejorando poco a poco.
Para
ello, debemos nutrirnos más de la Palabra de Dios y aprenderla. Puede darnos
una orientación real cuando nuestras emociones, tan fluctuantes, nos hacen
frágiles. La mejor manera de interrumpir un esquema de pensamiento es proclamar
la Palabra de Dios en voz alta y salir de la imaginación a través de esta
palabra real que nos escuchamos decir. A fuerza de frecuentar la Biblia y de
disciplinar la imaginación, terminamos por pensar de manera positiva. Como dice
san Pablo: “No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense
interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la
voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Rm 12,
2).
Leer el salmo 139 cuando
los malos pensamientos sean recurrentes
Si
no reaccionamos contra los malos pensamientos, estaremos sometidos a nuestros
humores y nos arriesgamos a contaminar a todo nuestro entorno. Estamos llamados
a la estabilidad afectiva, a ser como Cristo, rocas que las intemperies de la
vida no estremecen. Sean cuales sean los sufrimientos, Dios tiene un proyecto
magnífico para nuestra vida. Mientras seamos esclavos de nuestros estados
anímicos, no podremos entrar en la madurez espiritual a la que nos llama Dios:
“Porque yo conozco muy bien los planes que tengo proyectados sobre ustedes
–oráculo del Señor–: son planes de prosperidad y no de desgracia, para
asegurarles un porvenir y una esperanza” (Jr 29, 11).
Si
algunos pensamientos son recurrentes y provocan las mismas emociones negativas,
hay que preguntar al Señor en la oración el motivo de nuestros humores
demasiado fuertes, de nuestra ira, rencor, envidia… En la oración, presentemos
estos sucesos al Espíritu Santo para que, en su luz, comprendamos el origen. A
veces, Dios permitirá que revivamos una situación para que logremos comprender
que hay que modificar en nosotros. Así, hizo falta que los hebreos pasaran
cuarenta años haciendo un viaje que dura once días, hasta que se percataron de
que habían de cambiar de actitud. El Señor nos conoce, sabe qué necesitamos
para crecer: “También allí me llevaría tu mano y me sostendría tu derecha. Si
dijera: ‘¡Que me cubran las tinieblas y la luz sea como la noche a mi
alrededor!’, las tinieblas no serían oscuras para ti y la noche será clara como
el día. Tú creaste mis entrañas, me plasmaste en el seno de mi madre”. Hay que
releer este salmo 139, ¡Dios nos ama con demasiada pasión como para retirar su
mano de nuestras vidas!
Florence
Brière-Loth
Fuente:
Aleteia






