Después de la muerte lo que queda es el amor
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Duele
el alma al decir adiós a un ser querido. Duelen las distancias impuestas y el
alma se queda sola llorando en silencio. El corazón se ensancha o quizá se
repliega sobre sí mismo en un gesto de dolor.
¿Qué
recordarán de mí cuando me haya ido? ¿Qué recuerdo de aquellos a los que he
amado, me han amado, han jalonado mi camino?
El recuerdo es el lazo invisible que me une con
los vivos. El recuerdo pegado en la piel, en las manos de los que aman. En las
palabras guardadas, en los gritos de esperanza.
Me
conmueven las palabras de una hija espiritual de un sacerdote que partió al
cielo hace unos días:
“Era
prudente, sencillo, alegre, misericordioso. Tenía el don del trato. A todos
trataba con el mismo respeto y delicadeza. No importaba la clase social o el
nivel económico. Solo una cosa era importante para él: llevar las almas al
Santuario, y ser transparente de Cristo, Buen Pastor. Pero con un respeto absoluto
hacia la libertad personal. Cumplir la voluntad de Dios con cada uno parecía su
norma de vida, pues nunca forzó ninguna situación que fuera en contra de la
dignidad de la persona”.
Estas
palabras quedan resonando en mi alma. Al final lo que queda es el amor. El amor
se compone de palabras y silencios, de gestos respetuosos, de compañía
tranquila y calmada.
El
amor calma el alma con la delicadeza de una brisa. Y al final, en la ausencia,
pocas cosas quedan guardadas en la memoria. Pocas palabras escritas, pocas
palabras dichas.
Me
quedo pensando en la partida de este sacerdote al que he querido. Que acompañó
diferentes momentos de mi camino. No me fijo al partir en alguno de sus
talentos. No me detengo en sus virtudes.
Me
conmueven sus formas sencillas, esa humildad que retrata a los santos. Era un
hombre de Dios, de Cristo. Decía José Antonio Pagola:
“Con
Jesús nos empezamos a encontrar cuando comenzamos a confiar en Dios como
confiaba Él, cuando nos acercamos a los que sufren como Él se acercaba, cuando
miramos a las personas como Él las miraba, cuando nos enfrentamos a la vida y a
la muerte con la esperanza con que Él se enfrentó”.
Así
vivió él. Así murió. Recuerdo su fortaleza audaz y callada para vivir con paz
una enfermedad crónica y luego una mortal. Recuerdo sus silencios y sus gestos.
Alegra
mi alma poder hablar bien de un sacerdote que gastó su vida, que derramó su
alma, que enterró
sus sueños sin esperarse a recoger el fruto. Yo he sido testigo de su amor
humilde.
Y
hoy ante su partida me quedo mirando el cielo, es tiempo de ascensión, lo
recuerdo. Lo veo partir ahora para siempre, no como otras veces, solo por un
tiempo.
Siempre
duele la partida. Pero hoy mi corazón, entre tristezas y recuerdos llenos de
luz, mira tranquilo al cielo. Acaricio fotos antiguas y pienso en
la fragilidad de una vida.
Merece la
pena vivir y darlo todo. Jesús no quiso pasar de puntillas por la vida de los
hombres. Quiso quedarse en cada corazón y echar raíces hondas allí donde nadie
pudiera arrancarlas. Se hizo recuerdo constante.
Al
final lo que queda es el amor humilde, la sencillez de trato, la libertad y el
respeto. Al final lo que vale es amar hasta el extremo, aun olvidando los
nombres, sin olvidar nunca cada alma.
Al
final lo que importa es cómo vivo mis días sirviendo la vida que se me confía, sin
pretender grandes cosas, sin soñar con grandes puestos, ni con grandes logros. Sin
querer figurar, sin querer ser valorado. Al final Dios sí me valora.
Me
quedo pensando en la muerte, en la ascensión, en la vida entregada, en esos
años que merecen la pena. Me quedo pensando en el sí dado un día, en los sueños
que se han realizado.
Parece
que está mal visto hablar hoy bien de las personas. Quizá por un extraño pudor,
o por no despertar envidias. Siempre habrá alguien que me diga que exagero.
Por
eso me gusta hoy dedicar estas palabras a un padre, a un hijo, a un hombre, a
un niño enamorado de Dios hasta la médula. Sonreír con sus despistes, alegrarme
con sus miedos. Y saber que Dios hizo de su alma noble y pura un reflejo de Cristo aquí en la tierra.
Y
cuando veo las lágrimas de sus hijos pienso en mis adentros que merece la pena
ser de Cristo. Que vale la pena hoy ser sacerdote.
Que
tiene sentido entregar la vida amando sin esperar nada. Que da alegría saber que querer a las personas fuerza lentamente esa
puerta soñada del cielo.
Pienso
hoy en ese sacerdote que murió entregando la vida de forma silenciosa. Con
dolores, pero sin quejas. Con su discreción humilde, con su mirada calmada.
Pienso
que los años pueden purificar mi alma, también podrían amargarla. En él veo
cómo el
dolor fue sanando su corazón de niño, acrisolándolo, elevando sus ideales.
Uno parte
hacia el cielo tal como ha vivido. Uno asciende entre las nubes
liberando suavemente el abrazo de los que ha amado y quieren retenerlo.
Así
suele ser siempre con las despedidas. Un adiós que duele dentro del alma. Y una
promesa que se me clava hoy dentro del alma. Como decía su hija espiritual:
“Y
nos volveremos a ver muy pronto porque en el Cielo no existe ni el tiempo ni el
espacio. Y
gozaremos junto a usted de todo lo que allí nos espera”.
Sí,
hasta muy pronto, cuando nos llegue a todos ese mismo cielo. Y gracias le doy a
él que me precedió en el camino. Gracias por su sí sencillo y su alegre
fidelidad. Por los pasos que dio siguiendo a su Maestro.
Hoy
me quedo mirando al cielo. Su vida me conmueve.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






