Siempre puedo hacer algo incluso desde mi inacción…
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Hacer
o no hacer. Actuar o permanecer inactivo. Dar un paso o quedarme quieto. Amar o
ser indiferente. Buscar o darlo todo por perdido. Luchar o darme por vencido.
Volver a empezar o permanecer derrotado.
Siempre se presentan ante mí
dos opciones claras y posibles. Puedo elegir. Puedo hacer algo o dejarlo sin
hacer. El otro día leía:
“Sólo
hay una cosa que cansa a los hombres: la vacilación, la incertidumbre.
Cualquier acción libera nuestro ánimo, incluso la peor resulta mejor que la
inacción”.
Cualquier acción me libera,
me da esperanza, me saca del letargo. No quiero permanecer quieto sin hacer
nada mientras
el tiempo se me escapa de las manos.
Tengo ante mí la posibilidad
de ponerme en camino o permanecer donde estoy sin avanzar un metro. La opción
de reflexionar sobre mi vida y sacar consecuencias o dejar que las cosas pasen
sin apenas rozar mi alma.
Este tiempo de pandemia me
obliga a quedarme quieto, o a permanecer activo. Depende de lo que yo elija. Siempre
puedo hacer algo incluso desde mi inacción.
¿Qué
quiere Dios que haga?
Miro al crucifijo como hacía
Felipe Neri, un santo italiano. En un momento de su vida se pregunta qué quiere
Dios que haga.
Él tiene su proyecto y sueña
con las misiones de los Jesuitas en la India. Pero parece que todo se tuerce y
no es posible. Y se van abriendo otras puertas. Parece que lo que Dios quiere
es que siga en Roma.
Con los años se convierte en
un santo alegre y pobre de Roma que cuida de los más pobres, de los niños de la
calle, de los vagabundos.
Al final de su vida, cuando
le ofrece el Papa el cardenalato, él lo rechaza y sólo exclama: “Prefiero el paraíso”. No quiere honores
ni privilegios inmerecidos. Él no ha hecho nada.
Sólo
ha descubierto lo que Dios quiere de Él y se ha puesto en marcha. Y ha sido
feliz en la simplicidad de su propia vida.
Su proyecto tan humano de
ser un misionero en tierras lejanas se desvanece. Y Dios le muestra el camino
de su felicidad, de su santidad. Es un camino sencillo y pobre.
La Iglesia en un momento
dado le exige reglas y normas para el oratorio que ha fundado para los jóvenes
de la calle y él responde: “Yo no sé de
reglas. Yo sólo sé amar a estos jóvenes”. Sólo tiene una regla, la
caridad.
Me gusta este santo de la
sonrisa y la simplicidad, de la vida entregada de forma humilde. Un enamorado
de Dios que lucha cada día por reconocer los pasos que tiene que dar. Él sólo
sabe amar. Y así de grande es su corazón.
Paso a paso
Me gusta
pensar que Dios me quiere para hacer cosas simples y pobres. No quiero aparecer en
los libros de historia. Ni tener en mi haber grandes conquistas o grandes
milagros.
Pero sí quiero ponerme en
camino y buscar siempre la voluntad de Dios con
pasos pequeños, con manos vacías. ¿Qué me pide Dios en cada momento de
mi vida?
¿Cómo
puedo escuchar su voz hoy en medio de este tiempo revuelto y lleno de miedos?
Quisiera escuchar la voz de
Dios dentro de mi alma. Me ama con locura. Yo tengo una tarea que Dios me ha
confiado. A veces no coincide mi proyecto con el de Dios.
Tengo pretensiones tan
humanas… ¿Qué busco? A menudo mi gloria, mi éxito,
mi paz, mi alegría. Y me olvido de lo que Dios desea.
¿De
verdad estoy haciendo con mi vida lo que Él quiere? Me lo pregunto. Pongo
mi oído en su corazón. Quiero oír su latido.
Me detengo en el silencio a
pensar, a buscar su abrazo, su mano tomando el timón de mi barca. No quiero
títulos humanos, ni glorias pasajeras. Quiero
ser suyo y reflejar su rostro. Quiero ser su fuego y su luz.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






