Vivir con tanta tensión me hace daño
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Me gustaría sentirme siempre pequeño
delante de Dios. Y no sólo eso, también delante de los hombres. Pequeño, pobre,
indigente, insignificante, sencillo, vacío, libre. Eso lo que quiero. Pero no
es lo que pretendo con mis actos. Hoy Jesús me lo dice claramente: «Yo te bendigo,
Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los
sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te
ha parecido mejor». No acabo de entender bien sus palabras.
No me siento
simple ni pequeño. Me siento mejor que otros. Veo mis capacidades y pienso que
valgo mucho. Y entonces no soy pequeño. Para entender lo que Dios quiere tengo
que ser como un niño pequeño. Tengo que confiar en sus manos como un hijo. Es
lo que deseo en el fondo del alma, pero me resisto.
Busco quedar
por encima, destacar, ser alabado, elogiado. No lo entiendo bien. Sería todo
más fácil si fuera más sencillo. Pero me complico y complico la vida de los
demás. Comento cosas de forma inoportuna. Me confundo y confundo a otros con mis
actitudes. Exijo lo que no es exigible en el amor que los demás me tienen. Les
pido lo que no puedo pedirles ni darles. Pequeño, sencillo. Jesús sigue
profundizado: «Cargad mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde
de corazón».
Jesús pide
expresamente que aprenda pocas cosas y justamente lo que me pide hoy es que sea
manso y humilde. La mansedumbre es una virtud difícil de lograr. Para vivirla
hace falta mucha humildad. El orgullo es fuerte en mi corazón y pienso que
merezco más de lo que tengo y recibo.
Con rabia
exijo que me valoren. Surge la ira, desaparece la
mansedumbre. Ante la más pequeña agresión, me rebelo. Elevo mi voz, me vuelvo
altivo. ¿Cómo es que no valoran todo lo que hago por ellos? ¿Cómo es posible
que no vean mis talentos y aprecien el valor de mis obras? Es todo vanidad.
No soy
humilde y me
vuelvo irascible. Ante el más mínimo comentario estallo con
gritos y no soporto que me ofendan. Me siento herido en mi amor propio. Me hago
la víctima. No me valoran, no aprecian lo que valgo. Nada es suficiente para
que me sienta valorado. Solo cuando me haga niño sencillo de corazón miraré la
vida de forma diferente. Quiero mirar a los demás como un niño de sonrisa ancha
y corazón grande.
Me gustaría ser más humilde. Sé que las humillaciones me ayudan a
crecer en humildad, pero me duelen mucho y las rechazo. Quiero ser el primero,
quiero estar por encima. Hoy me pide Jesús que sea manso. Que no devuelva
violencia con violencia. Gritos con gritos. Insultos con insultos. Leía el otro
día: «La fe de nuestras comunidades se sostiene también hoy en la experiencia
de esos testigos humildes y sencillos que, en medio de tanto desaliento y
desconcierto, ponen luz, pues nos ayudan con su vida a sentir la cercanía de
Jesús».
La mansedumbre
y la sencillez de vida dan luz. Iluminan con sus vidas el camino de los que
están desconcertados. Es la realidad. La sencillez, la mansedumbre y la
humildad son rasgos santos. Dan esperanza en estos tiempos de desesperanza. Me
detengo a contemplar a María. Ella destaca por su sencillez, su humildad, su
discreción. Me gustaría ser más como Ella. Ser esclavo de Dios en mis
actitudes, en mi forma de darme a los demás. Su silencio, su actitud callada,
su mirada elevada al cielo como una súplica salida de un corazón lleno de paz y
agradecimiento. Así es María en su vida y quiere que yo sea como Ella.
Me cuesta
mucho mantenerme al nivel de la gente humilde y sencilla. Me cuesta mucho pasar
desapercibido y no ser tomado en cuenta. Me cuesta mucho no ser valorado por
mis dones, que no aprecien lo que valgo, lo que soy. Me da miedo el olvido y el
anonimato, perderme en la masa y permanecer oculto.
Busco esos
primeros lugares que desean los fariseos en el Evangelio. No soy sencillo y
pequeño. Quiero ser grande y valorado por todos. Destacar en todo, ser
importante para todos. Vivir con esa tensión me hace daño. Es la herida de no
sentirme valorado. Ahí voy incubando rabia en mi corazón. Me indigno y brota la
ira del alma. No soy manso en todo lo que hago. Me da pena ser así. Jesús
quiere que me parezca a Él, a su Madre.
Quiere que
busque los lugares más sencillos. Que no tenga pretensiones que superan mi
capacidad. Que no desee lo que otros tienen. Que acepte mi vida como es, en su
sencillez. Sólo así podré ser manso y humilde de corazón. Es una misión que
tengo para mi vida. Sueño con ser manso y humilde en todo lo que hago. Pobre y
pequeño. Sencillo y con el corazón alegre. Eso basta para ser feliz. Si no
tengo muchas pretensiones seré más feliz.
Cuanto más deseo lo que está fuera de mi
alcance, más sufriré por compararme con los que están en mejor posición que yo,
con los mejores, con los que tienen más.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






