Los cristianos adoptaron esta palabra para referirse al
Cordero inmolado
![]() |
| Shutterstock |
Una vez, al pensar en el “Sacramento de la
Caridad”, me hice la siguiente pregunta: ¿por qué será que solemos asociar
“Eucaristía” con “hostia”?
Se habla de
adorar la hostia, arrodillarse frente a la hostia, llevar la hostia en
procesión (en la fiesta del Corpus Christi), guardar la hostia…
Una niña se
acercó un día a la catequista y le preguntó: “¿cuánto tiempo falta para que yo
tome la hostia?”. La niña se refería a la primera comunión.
Tuve entonces
la idea de ir tras el origen de la palabra “hostia”. Miré un diccionario (es
más, varios) y descubrí que, en latín, “hostia” es prácticamente
sinónimo de “víctima”.
A los animales sacrificados en honor de los dioses, las víctimas ofrecidas en sacrificio a la divinidad, los romanos los llamaban “hostia”.
A los animales sacrificados en honor de los dioses, las víctimas ofrecidas en sacrificio a la divinidad, los romanos los llamaban “hostia”.
A los
soldados derribados en la guerra, víctimas de la agresión enemiga, por defender
al emperador y a la patria, les llamaban “hostia”.
Relacionada
con la palabra “hostia” está la palabra latina “hostis”, que significa
“enemigo”. De ahí vienen palabras como “hostil” (agresivo, amenazador,
enemigo), “hostilizar” (agredir, provocar, amenazar). La víctima fatal de una
agresión, por consiguiente, es una “hostia”.
Entonces sucedió lo siguiente: el
cristianismo, al entrar en contacto con la cultura latina, incluyó en su
lenguaje teológico y litúrgico la palabra “hostia” exactamente para referirse a
la mayor “víctima” fatal de la agresión humana: Cristo, muerto y resucitado.
Los
cristianos adoptaron la palabra “hostia” para referirse al Cordero inmolado
(victimado) y, al mismo tiempo, resucitado, presente en la Eucaristía. La
palabra “hostia” significó luego, la realidad que Cristo mismo mostró en la
última cena:
“Este es mi cuerpo….esta es mi sangre que
será derramada”.
El pan consagrado, por lo tanto, es una
“hostia”, es más, la
“hostia” verdadera, es decir, el propio Cuerpo del resucitado, una vez
mortalmente agredido por la maldad humana y ahora vivo entre nosotros, hecho
pan y vino, entregado como alimento y bebida: Tomen y coman… Tomen y beban…
Desgraciadamente, con el pasar del tiempo,
se perdió mucho este sentido profundamente teológico y espiritual que asumió la
palabra “hostia” en la liturgia del cristianismo romano primitivo y se centró
casi sólo en la materialidad de la “partícula circular de masa de pan de ácimo
que es consagrada en la misa” – a tal punto que terminamos llamando “hostias”
incluso a las partículas aún no consagradas.
Hoy en día,
cuando hablo de “hostia”, pienso en la “víctima pascual”, pienso en la muerte
de Cristo y en su resurrección, pienso en el misterio pascual.
Hostia para
mí es eso: la muerte del Señor y su resurrección, su total entrega por
nosotros, presente en el pan y en el vino consagrados.
Es por eso
que, tras la invocación del Espíritu Santo sobre el pan y el vino y la
narración de la última cena del Señor, en la misa, toda la asamblea canta:
“Anunciamos tu muerte y proclamamos tu
resurrección. Ven, Señor Jesús”.
Frente a esta
“hostia”, es decir, frente a este misterio, la gente se inclina en profunda
reverencia, se arrodilla y se sumerge en profunda contemplación, asumiendo el
compromiso de “que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa,
agradable a Dios” (Rm 12,1).
Adorar la
“hostia” significa rendirse a su misterio para vivirlo en el
día a día. Y comulgar la “hostia” significa asimilar su
misterio en la totalidad de nuestro ser para volvernos como Cristo: hostia,
entregada en servicio a los hermanos.
Y ahora entiendo mejor cuando el Concilio
Vaticano II, al exhortar a la participación consciente, piadosa y activa del
“sacrosanto misterio de la Eucaristía”, añade: “aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer
la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él,
se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí,
para que, finalmente, Dios sea todo en todos” (SC 48).
Fray José Ariovaldo da Silva, OFM
Fuente:
Aleteia






