Están
siendo meses de mucho dolor, de mucho sufrimiento
Nadie
esperaba que la prueba para este tiempo fuese esta y fuese tan dura. Podríamos
haber imaginado una guerra, seguro el sufrimiento de otros al que, por cierto,
nos hemos acostumbrado, veíamos unos nubarrones económicos en el horizonte, que
hasta que no llegan no son tormenta. Siempre sufren los más débiles, los que
menos tienen. Nadie podría aventurar la cruz que estamos todavía padeciendo.
En
medio de tanta aflicción está la Iglesia. Todos los centros que ella ofrece
habitualmente a la sociedad permanecen abiertos. No han cerrado sus puertas ni
en los peores episodios. En algún momento, en los primeros días de
confinamiento y cuarentena, corrieron algunas imágenes por las redes sociales
sobre el tipo de encierro, y dónde podría ser, de los “sin hogar”. No solo no
tienen un techo donde cobijarse, no tienen el calor de abrir la puerta y poder
decir: «Ya estoy aquí». Esos han sido acogidos por la Iglesia. Ellos han
encontrado en ella su hogar, el lugar donde los esperaban. Eso significa que
las decenas de miles de voluntarios también han continuado con su labor de
generosidad.
Algunos
se apartaron en el primer momento para evitar el posible contagio, pero otros
han seguido. Ha habido diócesis que han tenido que pedir ayuda y
pedir generosidad para que se incorporaran nuevos voluntarios. Tampoco ha
cesado la atención cuidada y generosa en los centros de atención y acogida a
drogodependientes. Son muy vulnerables, y de la atención que se les dispensa
depende también su rehabilitación y su nueva integración en la sociedad. Es una
dolorosa espada clavada en el corazón de nuestra sociedad la de las mujeres
víctimas de la trata, de explotación sexual o de la violencia. Tampoco ahí la
Iglesia se ha detenido.
Además
de todo ello, ¡hay tanta gente necesitada de esperanza! Los sacerdotes y
su entrega han brillado especialmente en este tiempo. Se ha puesto la
creatividad a funcionar porque era necesaria, vital. Ha habido multitud de
iniciativas para ofrecer la misa diaria utilizando las nuevas tecnologías. Se
han creado infinidad de mensajes ofreciendo apoyo y esperanza. Es emblemática
la imagen del sacerdote sentado en una silla, y circundado por unos conos de
tráfico, es decir, manteniendo y cumpliendo las indicaciones de las
autoridades, y cómo iba ofreciendo el sacramento de la confesión o un tiempo de
escucha.
Muchas
iglesias han permanecido abiertas porque había que cuidar el cuerpo, pero también
el alma, que, sin esperanza, muere. Hay una esperanza primera, la que nos dice
que vamos a salir de esta situación y, después de ella, recupera- remos una
vida normalizada, y la esperanza que va más allá, que nos asegura una vida en
plenitud. Esa esperanza está bien fundada en Dios. Iglesias abiertas,
sacerdotes al servicio de todos para seguir ofreciendo los sacramentos, para
escuchar, para aconsejar, para, con humildad, ser luz y consuelo, apoyo y
esperanza.
Solo
hay una razón que hace posible toda esta labor: la generosidad.
Generosidad de tantas personas como han ofrecido y siguen ofreciendo su tiempo,
sus cualidades, lo poco o mucho que tienen. Miles de voluntarios, religiosos y
religiosas, sacerdotes, todos; y siempre más allá de lo que la razón humana nos
puede señalar. El vértice ha sido nuestro sistema sanitario. Gracias. Pero, y
con ellos, muchísimas más personas que han entregado su vida cuando la sociedad
más lo estaba necesitando. Vamos a rezar y a dar gracias por tantas personas
como nos han ofrecido el bello rostro de la humanidad. También vamos a rezar
por los que han fallecido porque se han visto contagiados. Dios sabe ser buen
pagador. En él confiamos.
Fuente:
Conferencia Episcopal Española






