Están
siendo meses de mucho dolor, de mucho sufrimiento
Nadie
esperaba que la prueba para este tiempo fuese esta y fuese tan dura. Podríamos
haber imaginado una guerra, seguro el sufrimiento de otros al que, por cierto,
nos hemos acostumbrado, veíamos unos nubarrones económicos en el horizonte, que
hasta que no llegan no son tormenta. Siempre sufren los más débiles, los que
menos tienen. Nadie podría aventurar la cruz que estamos todavía padeciendo.
En
medio de tanta aflicción está la Iglesia. Todos los centros que ella ofrece
habitualmente a la sociedad permanecen abiertos. No han cerrado sus puertas ni
en los peores episodios. En algún momento, en los primeros días de
confinamiento y cuarentena, corrieron algunas imágenes por las redes sociales
sobre el tipo de encierro, y dónde podría ser, de los “sin hogar”. No solo no
tienen un techo donde cobijarse, no tienen el calor de abrir la puerta y poder
decir: «Ya estoy aquí». Esos han sido acogidos por la Iglesia. Ellos han
encontrado en ella su hogar, el lugar donde los esperaban. Eso significa que
las decenas de miles de voluntarios también han continuado con su labor de
generosidad.






