Un
nuevo inicio espiritual es posible
No sé si puedo estar equivocado en alguno de mis
pensamientos y certezas. No lo sé, pero puede ser que esté haciendo algo mal.
A veces el orgullo no me permite aceptar
las críticas que
escucho. Creo que yo estoy bien, siempre lo he hecho así.
Es como si alguien de fuera quisiera poner
en duda mis principios, mi forma de pensar, mi estilo de vida, o el pilar sobre
el que he construido mi existencia hasta ahora.
¿Tendrán razón los que opinan sobre mí? Ante esas dudas que vienen de fuera
puedo tener actitudes distintas.
Cerrarse
Puedo simplemente pensar que están mal los
que me juzgan y critican. Porque
no saben, no conocen, o simplemente no me aman. Si me amaran tal vez
comprenderían cómo soy, quién soy.
O tal vez, si yo viera amor en sus
palabras, me abriría a su punto de vista, porque surge del amor y no del
desprecio o la envidia.
Puedo querer cerrar la puerta para que no
entre el viento del huracán, pero es imposible contener su fuerza. Me parece
que el viento es más fuerte y amenaza con derribar todas mis defensas.
Ante lo que sucede fuera de mí puedo
defenderme levantando barricadas y escondiéndome en lo profundo de la tierra de mi
alma.
Escondido no pueden hacerme nada los vientos
contrarios. Pasarán, estoy seguro, sólo tengo que esperar con calma.
Abrirse
También puedo abrirme a los vientos y
pensar que en medio de esa potencia del huracán Dios me puede estar revelando
algún misterio.
Puede que sea la hora de derribar seguros o
pilares arcanos que sostenían mi existencia hasta ahora. ¿Será tan malo cambiar
después de tanto tiempo? A
lo mejor no es tan duro y resulta que ese cambio me salva la vida.
No siempre lo que viene de fuera y pretende
atentar contra mi estabilidad es malo, o es del demonio.
Quizás Dios quiera que derribe resistencias
y cambie puntos de vista y criterios que me han ido enfermando con el paso del
tiempo.
Puede ser que esa ayuda externa me salve.
Surge en mi corazón una
grieta que me abre a la esperanza. Duele, pero sana.
Volver a empezar
¿Qué duele más, el muro que levanto para
protegerme o el puente que tiendo para salvarme? Ya no lo tengo tan claro…
Hay certezas que quizás no sean tan
ciertas. Y rocas firmes que tal vez se están desquebrajando. Protegerme parece ser
el grito que brota en mis entrañas que buscan conservar seguros firmes.
Pero no siempre esta pretensión de
protegerme es lo que me salva. ¿Seré
capaz de nacer de nuevo, aunque duela por dentro? Es lo
que Nicodemo le preguntaba a Jesús con el miedo en el cuerpo frente al cambio
que se avecinaba en su alma.
Me asusta ceder, renunciar a seguros que
creía inamovibles. ¿Es posible el cambio en las viejas estructuras de mi
vida? ¿Es posible la
renovación con esos mismos materiales de mi historia?
No lo sé, pero tengo confianza. Dios puede hacerme nacer de nuevo igual
que puede sacar hijos de debajo de las piedras. Conmigo lo hizo y lo puede
volver a hacer. Decía R. Tagore:
«No se puede atravesar el mar simplemente
mirando el agua».
Me gusta esa imagen del mar. No puedo
quedarme quieto esperando en la orilla, mirando el mar y pensando en lo
imposible de la empresa que sueño.
No quiero tener miedo a perder seguridades.
Amo tanto la tranquilidad de la playa que sostiene mis pasos en suelo firme…
Con dolor y humildad
El cambio siempre duele. Cambiar mi forma de pensar o las imágenes
guardadas en el alma desde hace tanto, es casi un sueño. Duele, siempre duele.
Hay cosas que no puedo cambiar, eso lo sé:
«Debemos recordar que estas cosas son
externas y por ende no constituyen nuestra preocupación. Intentar controlar o
cambiar lo que no podemos tiene como único resultado el tormento»[1].
Lo que está fuera de mí no puedo cambiarlo. Esos vientos huracanados que amenazan con
tirar mi casa no están bajo mis órdenes. Eso no lo puedo cambiar.
Pero yo decido si me mantengo firme contra
la puerta para que nada deje de estar bajo mi control. O simplemente dejo que
entren los vientos que me exponen vulnerable,
desnudo, abandonado a esa fuerza brutal que intenta cambiarme por dentro.
Lo que sí puedo cambiar está en mi
mano. Puedo abrirme al
cambio o puedo condenar las amenazas que me asedian.
Puedo permanecer abierto al viento
huracanado o puedo intentar construir muros para permanecer impermeable.
¿Qué es más fuerte en mí el orgullo o la
humildad? ¿El
amor a lo que poseo o la apertura a lo que pueda venir?
Para cambiar tengo que ser muy humilde.
Para ceder tengo que dejar que crezcan en mi interior nuevas plantas, nuevos
cauces, nuevos criterios. No es tan fácil.
Dios ofrece un nuevo inicio
Volver a nacer a mi edad me resulta
impensable. Pero no quiero resistirme e impedir que las cosas sigan su curso.
La vida es corta y es tiempo de cambios.
Acepto que Dios puede hacerme de nuevo con
sus vientos huracanados o con su brisa suave, depende de mis resistencias.
Reconozco con humildad que no lo tengo todo
claro, no poseo todas las respuestas. No me sé todos los caminos posibles.
Acepto que puede que haya formas de pensar
en mí que no son correctas,
incluso pilares que estén heridos en su base.
No lo tengo claro. Pero confío con una fe inquebrantable en ese
Dios que me ha amado. Jesús no va a dejarme nunca porque
me quiere tanto…
Me ha dado un nombre nuevo y me ha llevado
por caminos que no conocía. Su belleza se espeja en mi alma y me hace mejor de
lo que nunca he sido.
Por eso no me resisto al cambio. Quiero
entregarle a Él mi vida y dejar que estos vientos incómodos y no deseables
hagan su tarea.
Saldrá algo bueno de este huracán, estoy
seguro. Y confío en que
sus caminos serán los mejores para mi vida.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






