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La audiencia general ha tenido este
miércoles, 23 de septiembre de 2020, en el patio de San Dámaso, lugar en el que
el Papa Francisco retomó las catequesis para encontrarse
con algunos fieles, separados socialmente con la distancia requerida y usando
mascarillas.
En
su catequesis, Francisco ha hablado del principio de subsidiariedad y ha
explicado por qué debe ser implementado, junto al de la solidaridad, para
“salir mejores de una crisis”. Según ha dicho, este principio respeta la
autonomía y la capacidad de iniciativa de todos, especialmente de los últimos.
En
este sentido, ha descrito que “no hay verdadera solidaridad sin participación
social, sin la contribución de los cuerpos intermedios: de las familias, de las
asociaciones, de las cooperativas, de las pequeñas empresas, de las expresiones
de la sociedad civil” y ha recalado que “todos deben contribuir, todos”.
Aplauso
para los “descartados”
Recordando
el aplauso a médicos, enfermeros y enfermeras que surgió espontáneamente
durante el confinamiento en Italia y en otros países, el Papa ha pedido hoy que
extendamos el aplauso “a cada miembro del cuerpo social, a todos, a cada uno,
por su valiosa contribución, por pequeña que sea”.
“¿Pero
qué podrá hacer ese de allí? —Escúchale, dale espacio para trabajar,
consúltale”, ha explicado. Así, ha pedido aplausos para los “descartados”, los
que esta cultura califica de “descartados”, es decir, “aplaudimos a los
ancianos, a los niños, las personas con discapacidad, aplaudimos a los
trabajadores, todos aquellos que se ponen al servicio. Todos colaboran
para salir de la crisis”.
Soñar
en grande
“Hermanos
y hermanas, ¡aprendamos a soñar en grande!”, ha exclamado Francisco, “buscando
los ideales de justicia y de amor social que nacen de la esperanza”. En esta
línea, ha recomendado no intentar “reconstruir el pasado” porque “nos esperan
cosas nuevas”, según el Señor ha prometido: “Yo haré nuevas todas las cosas”.
El
Pontífice ha animado a todos con esperanza a “construir un futuro donde la
dimensión local y la global se enriquecen mutuamente”, en el que cada uno puede
y debe dar su parte, su cultura, su filosofía, su forma de pensar…
A
continuación, sigue la catequesis completa del Papa Francisco.
***
Catequesis
del Santo Padre
Queridos
hermanos y hermanas, ¡parece que el tiempo no es muy bueno, pero os digo buenos
días igualmente!
Para
salir mejores de una crisis como la actual, que es una crisis sanitaria y al
mismo tiempo una crisis social, política y económica, cada uno de nosotros está
llamado a asumir su parte de responsabilidad, es decir compartir la
responsabilidad. Tenemos que responder no solo como individuos, sino también a
partir de nuestro grupo de pertenencia, del rol que tenemos en la sociedad, de
nuestros principios y, si somos creyentes, de la fe en Dios. Pero a menudo
muchas personas no pueden participar en la reconstrucción del bien común porque
son marginadas, son excluidas o ignoradas; ciertos grupos sociales no logran
contribuir porque están ahogados económica o políticamente. En algunas
sociedades, muchas personas no son libres de expresar la propia fe y los
propios valores, las propias ideas: si las expresan van a la cárcel. En otros
lugares, especialmente en el mundo occidental, muchos auto-reprimen las propias
convicciones éticas o religiosas. Pero así no se puede salir de la crisis, o en
cualquier caso no se puede salir mejores. Saldremos peores.
Para
que todos podamos participar en el cuidado y la regeneración de nuestros
pueblos, es justo que cada uno tenga los recursos adecuados para hacerlo
(cfr. Compendio de la doctrina social de la Iglesia [CDSC],
186). Después de la gran depresión económica de 1929, el Papa Pío XI
explicó lo importante que era para una verdadera reconstrucción el principio
de subsidiariedad (cfr. Enc. Quadragesimo anno, 79-80). Tal principio
tiene un doble dinamismo: de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Quizá
no entendamos qué significa esto, pero es un principio social que nos hace más
unidos. Trataré de explicarlo.
Por
un lado, y sobre todo en tiempos de cambio, cuando los individuos, las
familias, las pequeñas asociaciones o las comunidades locales no son capaces de
alcanzar los objetivos primarios, entonces es justo que intervengan los niveles
más altos del cuerpo social, como el Estado, para proveer los recursos
necesarios e ir adelante. Por ejemplo, debido al confinamiento por el
coronavirus, muchas personas, familias y actividades económicas se han
encontrado y todavía se encuentran en grave dificultad, por eso las
instituciones públicas tratan de ayudar con apropiadas intervenciones sociales,
económicas, sanitarias: esta es su función, lo que deben hacer.
Pero
por otro lado, los vértices de la sociedad deben respetar y promover los
niveles intermedios o menores. De hecho, la contribución de los individuos, de
las familias, de las asociaciones, de las empresas, de todos los cuerpos
intermedios y también de las Iglesias es decisiva. Estos, con los propios
recursos culturales, religiosos, económicos o de participación cívica,
revitalizan y refuerzan el cuerpo social (cfr. CDSC, 185). Es decir, hay una colaboración
de arriba hacia abajo, del Estado central al pueblo y de abajo hacia arriba: de
las formaciones del pueblo hacia arriba. Y esto es precisamente el ejercicio
del principio de subsidiariedad.
Cada uno debe tener la posibilidad de asumir la propia responsabilidad en los procesos de sanación de la sociedad de la que forma parte. Cuando se activa algún proyecto que se refiere directa o indirectamente a determinados grupos sociales, estos no pueden ser dejados fuera de la participación. Por ejemplo: “¿Qué haces tú? —Yo voy a trabajar por los pobres. —Qué bonito, y ¿qué haces? —Yo enseño a los pobres, yo digo a los pobres lo que deben hacer”. —No, esto no funciona, el primer paso es dejar que los pobres te digan cómo viven, qué necesitan: ¡Hay que dejar hablar a todos! Es así que funciona el principio de subsidiariedad. No podemos dejar fuera de la participación a esta gente; su sabiduría, la sabiduría de los grupos más humildes no puede dejarse de lado (cfr. Exhort. ap. postsin. Querida Amazonia [QA], 32; Enc. Laudato si’, 63).
Lamentablemente, esta injusticia se verifica a menudo allí donde se concentran grandes intereses económicos o geopolíticos, como por ejemplo ciertas actividades extractivas en algunas zonas del planeta (cfr. QA, 9.14). Las voces de los pueblos indígenas, sus culturas y visiones del mundo no se toman en consideración. Hoy, esta falta de respeto del principio de subsidiariedad se ha difundido como un virus. Pensemos en las grandes medidas de ayudas financieras realizadas por los Estados. Se escucha más a las grandes compañías financieras que a la gente o aquellos que mueven la economía real. Se escucha más a las compañías multinacionales que a los movimientos sociales. Queriendo decir esto con el lenguaje de la gente común: se escucha más a los poderosos que a los débiles y este no es el camino, no es el camino humano, no es el camino que nos ha enseñado Jesús, no es realizar el principio de subsidiariedad. Así no permitimos a las personas que sean “protagonistas del propio rescate”[1].
En el
subconsciente colectivo de algunos políticos o de algunos sindicalistas está
este lema: todo por el pueblo, nada con el pueblo. De arriba hacia abajo pero
sin escuchar la sabiduría del pueblo, sin implementar esta sabiduría en el
resolver los problemas, en este caso para salir de la crisis. O pensemos
también en la forma de curar el virus: se escucha más a las grandes compañías
farmacéuticas que a los trabajadores sanitarios, comprometidos en primera línea
en los hospitales o en los campos de refugiados. Este no es un buen camino.
Todos tienen que ser escuchados, los que están arriba y los que están abajo,
todos.
Para
salir mejores de una crisis, el principio de subsidiariedad debe ser
implementado, respetando la autonomía y la capacidad de iniciativa de todos,
especialmente de los últimos. Todas las partes de un cuerpo son necesarias y,
como dice San Pablo, esas partes que podrían parecer más débiles y menos
importantes, en realidad son las más necesarias (cfr. 1 Cor 12, 22).
A la luz de esta imagen, podemos decir que el principio de subsidiariedad
permite a cada uno asumir el propio rol para el cuidado y el destino de la
sociedad. Aplicarlo, aplicar el principio de subsidiariedad da esperanza, da
esperanza en un futuro más sano y justo; y este futuro lo construimos juntos,
aspirando a las cosas más grandes, ampliando nuestros horizontes[2]. O juntos o
no funciona. O trabajamos juntos para salir de la crisis, a todos los niveles
de la sociedad, o no saldremos nunca. Salir de la crisis no significa dar una
pincelada de barniz a las situaciones actuales para que parezcan un poco más
justas. Salir de la crisis significa cambiar, y el verdadero cambio lo hacen
todos, todas las personas que forman el pueblo. Todos los profesionales, todos.
Y todos juntos, todos en comunidad. Si no lo hacen todos el resultado será
negativo.
En
una catequesis precedente hemos visto cómo la solidaridad es el camino para
salir de la crisis: nos une y nos permite encontrar propuestas sólidas para un
mundo más sano. Pero este camino de solidaridad necesita la subsidiariedad. Alguno
podrá decirme: “¡Pero padre hoy está hablando con palabras difíciles!”, pero
por esto trato de explicar qué significa. Solidarios, porque vamos en el camino
de la subsidiariedad. De hecho, no hay verdadera solidaridad sin participación
social, sin la contribución de los cuerpos intermedios: de las familias, de las
asociaciones, de las cooperativas, de las pequeñas empresas, de las expresiones
de la sociedad civil. Todos deben contribuir, todos. Tal participación
ayuda a prevenir y corregir ciertos aspectos negativos de la globalización y de
la acción de los Estados, como sucede también en el cuidado de la gente
afectada por la pandemia. Estas contribuciones “desde abajo” deben ser
incentivadas. Pero qué bonito es ver el trabajo de los voluntarios en la
crisis. Los voluntarios que vienen de todas las partes sociales, voluntarios
que vienen de las familias acomodadas y que vienen de las familias más pobres.
Pero todos, todos juntos para salir. Esta es solidaridad y esto es el principio
de subsidiariedad.
Durante el confinamiento nació de forma espontánea el gesto del aplauso para los médicos y los enfermeros y las enfermeras como signo de aliento y de esperanza. Muchos han arriesgado la vida y muchos han dado la vida. Extendemos este aplauso a cada miembro del cuerpo social, a todos, a cada uno, por su valiosa contribución, por pequeña que sea. “¿Pero qué podrá hacer ese de allí? —Escúchale, dale espacio para trabajar, consúltale”. Aplaudimos a los “descartados”, los que esta cultura califica de “descartados”, esta cultura del descarte, es decir aplaudimos a los ancianos, a los niños, las personas con discapacidad, aplaudimos a los trabajadores, todos aquellos que se ponen al servicio. Todos colaboran para salir de la crisis. ¡Pero no nos detengamos solo en el aplauso! La esperanza es audaz, así que animémonos a soñar en grande. Hermanos y hermanas, ¡aprendamos a soñar en grande! No tengamos miedo de soñar en grande, buscando los ideales de justicia y de amor social que nacen de la esperanza.
No intentemos reconstruir el pasado, el pasado es pasado, nos
esperan cosas nuevas. El Señor ha prometido: “Yo haré nuevas todas las cosas”.
Animémonos a soñar en grande buscando estos ideales, no tratemos de reconstruir
el pasado, especialmente el que era injusto y ya estaba enfermo.
Construyamos un futuro donde la dimensión local y la global se enriquecen
mutuamente —cada uno puede dar su parte, cada uno debe dar su parte, su
cultura, su filosofía, su forma de pensar—, donde la belleza y la riqueza de
los grupos menores, también de los grupos descartados, pueda florecer porque
también allí hay belleza, y donde quien tiene más se comprometa a servir y dar
más a quien tiene menos.
[1] Mensaje para la 106 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2020 (13 de mayo de 2020).
[2] Cfr. Discurso a los jóvenes del Centro Cultural Padre Félix Varela, La Habana – Cuba, 20 de septiembre de 2015.
Rosa
Die Alcolea
©
Librería Editorial Vaticano
Fuente:
Zenit






