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| Firma de la encíclica 'Fratelli Tutti' (C) Vatican Media |
Aquí están estas citas resaltadas
a lo largo del texto, especialmente sobre la comunicación, la guerra, el
trabajo, el perdón, el milagro de una persona amable, los héroes…
Aquí están estas citas resaltadas
a lo largo del texto, especialmente sobre la comunicación, la guerra, el
trabajo, el perdón, el milagro de una persona amable, los héroes…
“Pasada la crisis sanitaria, la
peor reacción sería la de caer aún más en una fiebre consumista y en nuevas
formas de autopreservación egoísta (…). Ojalá que tanto dolor no sea inútil,
que demos un salto hacia una forma nueva de vida y descubramos definitivamente
que nos necesitamos y nos debemos los unos a los otros (35).
Hacen falta gestos físicos,
expresiones del rostro, silencios, lenguaje corporal, y hasta el perfume, el
temblor de las manos, el rubor, la transpiración, porque todo eso habla y forma
parte de la comunicación humana. Las relaciones digitales, que eximen del
laborioso cultivo de una amistad, de una reciprocidad estable, e incluso de un
consenso que madura con el tiempo, tienen apariencia de sociabilidad (43).
El engaño del ‘todo está mal’ es
respondido con un ‘nadie puede arreglarlo’, ‘¿qué puedo hacer yo?’. De esta
manera, se nutre el desencanto y la desesperanza, y eso no alienta un espíritu
de solidaridad y de generosidad (75).
“Hay un reconocimiento básico,
esencial para caminar hacia la amistad social y la fraternidad universal:
percibir cuánto vale un ser humano, cuánto vale una persona, siempre y en
cualquier circunstancia” (106).
“Si alguien tiene agua de sobra,
y sin embargo la cuida pensando en la humanidad, es porque ha logrado una
altura moral que le permite trascenderse a sí mismo y a su grupo de
pertenencia. ¡Eso es maravillosamente humano!” (117).
“Necesitamos desarrollar esta
consciencia de que hoy o nos salvamos todos o no se salva nadie” (137).
“Quien no vive la gratuidad
fraterna, convierte su existencia en un comercio ansioso, está siempre midiendo
lo que da y lo que recibe a cambio” (140).
“Así como no hay diálogo con el
otro sin identidad personal, del mismo modo no hay apertura entre pueblos sino
desde el amor a la tierra, al pueblo, a los propios rasgos culturales” (143).
“El gran tema es el trabajo. Lo
verdaderamente popular —porque promueve el bien del pueblo— es asegurar a todos
la posibilidad de hacer brotar las semillas que Dios ha puesto en cada uno, sus
capacidades, su iniciativa, sus fuerzas. Esa es la mejor ayuda para un pobre,
el mejor camino hacia una existencia digna” (136).
“El mayor peligro no reside en las
cosas, en las realidades materiales, en las organizaciones, sino en el modo
como las personas las utilizan. El asunto es la fragilidad humana, la tendencia
constante al egoísmo humano que forma parte de aquello que la tradición
cristiana llama “concupiscencia”: la inclinación del ser humano a encerrarse en
la inmanencia de su propio yo, de su grupo, de sus intereses mezquinos” (166).
“No nos resignemos a vivir
encerrados en un fragmento de realidad” (191).
“Los héroes del futuro serán los
que sepan romper esa lógica enfermiza y decidan sostener con respeto una
palabra cargada de verdad, más allá de las conveniencias personales” (202).
“Lo que nos ocurre hoy, y nos
arrastra en una lógica perversa y vacía, es que hay una asimilación de la ética
y de la política a la física. No existen el bien y el mal en sí, sino solamente
un cálculo de ventajas y desventajas” (210).
“Hoy no suele haber ni tiempo ni
energías disponibles para detenerse a tratar bien a los demás, a decir
‘permiso’, ‘perdón’, ‘gracias’. Pero de vez en cuando aparece el milagro de una
persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar
atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para
posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia” (224).
“La amabilidad es una liberación
de la crueldad que a veces penetra las relaciones humanas, de la ansiedad que
no nos deja pensar en los demás, de la urgencia distraída que ignora que los
otros también tienen derecho a ser felices” (224).
“Estamos llamados a amar a todos,
sin excepción, pero amar a un opresor no es consentir que siga siendo así;
tampoco es hacerle pensar que lo que él hace es aceptable. Al contrario, amarlo
bien es buscar de distintas maneras que deje de oprimir, es quitarle ese poder
que no sabe utilizar y que lo desfigura como ser humano” (241).
“Los que perdonan de verdad no
olvidan, pero renuncian a ser poseídos por esa misma fuerza destructiva que los
ha perjudicado” (251).
“Toda guerra deja al mundo peor
que como lo había encontrado. La guerra es un fracaso de la política y de la
humanidad, una claudicación vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del
mal” (261).
“No puede admitirse que en el
debate público sólo tengan voz los poderosos y los científicos. Debe haber un lugar
para la reflexión que procede de un trasfondo religioso que recoge siglos de
experiencia y de sabiduría” (275).
Anita Bourdin
Fuente: Zenit






