![]() |
| Audiencia General, 9 Septiembre 2020 (C) Vatican Media |
En el artículo, el director
editorial vaticano repasa lo que ha sido este año 2020 para el Santo Padre.
***
En el año 2020, sin viajes
apostólicos y pocas audiencias generales con presencia de los fieles, Francisco
acompañó a muchos creyentes y no creyentes de todo el mundo con la Misa de
Santa Marta.
El año del Papa Francisco estuvo
marcado por las palabras de la exhortación Querida
Amazonia, que recogió el discernimiento del Sínodo de octubre de 2019 y se
publicó en la víspera del brote de la pandemia: un fuerte llamado a mirar lo
que está sucediendo en esa región olvidada. La indicación de caminos concretos
para una ecología humana que tenga en cuenta a los pobres, para el aprecio de
las culturas y para una Iglesia misionera con rostro amazónico. Entonces, tan
pronto como el covid-19 pareció dar un respiro, al menos en Italia, Francisco
reanudó las audiencias generales con los fieles proponiéndoles un ciclo de
catequesis sobre qué futuro queremos construir después de la pandemia. Finalmente,
en octubre pasado, el regalo de una nueva encíclica, Fratelli
tutti, que señaló la fraternidad y la amistad social como la respuesta a
las sombras del odio, la violencia y el egoísmo que a veces parecen prevalecer
en nuestro mundo plagado no sólo por el coronavirus, sino por las guerras, la
injusticia, la pobreza y el cambio climático.
El acontecimiento simbólico del año
pasado, en la memoria de todos, fue el del 27
de marzo, con la Statio Orbis, la súplica a Dios para que interviniera
y ayudara a la humanidad golpeada por la pandemia: Francisco solo, bajo la
lluvia, en la Plaza de San Pedro desoladamente vacía como nunca antes y al
mismo tiempo nunca tan llena, gracias a millones y millones de personas
conectadas en la televisión mundial para rezar en silencio. El Papa subiendo
lentamente los anchos escalones para llegar al atrio y recordarnos que todos
estamos en la misma barca, incapaces de salvarnos solos; el Papa besando los
pies del Crucifijo de San Marcelo, llevado en procesión por los romanos contra
la peste; el Papa bendiciendo la ciudad y el mundo con el Santísimo Sacramento
mientras en el fondo se oyen sirenas en una Roma paralizada por el encierro.
Pero hubo otro acontecimiento diario, menos llamativo y aún más importante, que permitió a Francisco acompañar a millones de personas en todo el mundo durante la primera parte de este 2020, en la época del miedo y el desconcierto. Era la Misa diaria que se celebraba en la capilla de la Casa Santa Marta a las 7 de la mañana: durante tres meses el Sucesor de Pedro llamaba suavemente a las puertas de nuestras casas, nos invitaba a no escuchar grandes discursos ni largas catequesis, sino a escuchar primero las palabras de la Escritura, comentadas con breves homilías y seguidas, después de la celebración eucarística, por unos minutos de adoración silenciosa ante el Santísimo Sacramento.
Cada mañana, cada mediodía o cada noche, dependiendo de la zona horaria, mucha, mucha gente, incluso no practicantes y no creyentes, sintonizan la radio, la TV, el streaming, para escuchar el mensaje del Evangelio y la voz del Obispo de Roma que se ha convertido en el párroco del mundo.
La sobriedad esencial de esas
celebraciones, precedidas de breves oraciones por los grupos más afectados por
el COVID-19, nos hacía compañía, nos ofrecía destellos de esperanza, nos
ayudaba a rezar, nos hacía sentir menos solos, menos aislados, menos
abandonados. La proximidad al pueblo de Dios, el acompañamiento logrado con
esas misas compartidas en las pantallas de todo el mundo, dejó claro lo que
significa para el Papa ser pastor de la Iglesia universal, intercesor de la
humanidad herida, testigo del Evangelio que actúa en toda la familia humana de
tantas maneras a menudo impredecibles y ocultas.
Editorial publicado en ‘Vatican News’
Fuente: Redacción zenit






