PALABRAS DEL SANTO PADRE
Eran ciertamente ancianos, el
«viejo» Simeón y la «profetisa» Ana que tenía 84 años […] El Evangelio dice que
esperaban la consolación de Israel cada día, con gran fidelidad, desde hacía
largos años, pues el Espíritu Santo les había revelado que no habrían muerto
antes de ver al Mesías (cf. Lc 2, 26) Por eso, anhelaban que ese día
llegara, captar los signos, intuir el inicio. Tal vez ya estaban un poco
resignados a morir antes: pero esa larga espera continuaba ocupando toda su
vida, no tenían compromisos más importantes que este: esperar al Señor y rezar.
Y, cuando María y José llegaron al templo para cumplir las disposiciones de la
Ley, tambièn Simeón y Ana corrieron al Templo impulsados y animados por el
Espíritu Santo (cf. Lc 2, 27). El peso de la edad y de la espera desapareció en
un momento. Ellos reconocieron al Niño, y descubrieron una nueva fuerza, para una
nueva tarea: dar gracias y dar testimonio por este Signo de Dios. Simeón
improvisó un bellísimo himno de júbilo (cf. Lc 2, 29-32) —fue un poeta en ese
momento— y Ana se convirtió en la primera predicadora de Jesús: «hablaba del
niño a todos lo que aguardaban la liberación de Jerusalén» (Lc 2,
38). AUDIENCIA GENERAL 11 de março de 2015
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