¿A qué se reduce el significado de la vida, si no es a este?
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| © Shutterstock - vetre |
Con los años, he llegado a comprender que cada
símbolo cristiano tiene un significado que se sale de lo que podríamos
considerar puramente espiritual y tiene aplicaciones prácticas. Estos símbolos
no solo se utilizan en el ámbito de la Iglesia, sino también en la vida
cotidiana. Entre ellos se encuentran las velas.
El portal
de Belén bajo el árbol de Navidad
Como muchas familias, además de montar una corona
de Adviento, también decoramos nuestra casa para Navidad. Los niños colocan un
portal de Belén debajo del árbol de Navidad. El niño Jesús no ha llegado
todavía y no aparece hasta Navidad.
Los Reyes Magos tampoco han
llegado. Aún están siguiendo la estrella y no está programado que lleguen antes
de la Epifanía. A los niños les gusta turnarse para mover a los Reyes Magos por
la casa, fingiendo que están viajando a través de las repisas de las chimeneas
y los aparadores en su enrevesado camino hacia Belén.
Sin embargo, los pastores están allí en el portal
de Belén. Están esperando pacientemente con los animales. Los ángeles también
están listos, revoloteando sobre el pesebre vacío donde María y José ya están
arrodillados. Todos parecen tener fe en que Cristo llegará tal como siempre
dijo que llegaría. Cada año se comprueba que esto ocurre. Cada año, sin falta.
Todavía me parece un milagro.
La escena de la Natividad
antes de Navidad es extraña porque las figurillas se juntan alrededor de un
pesebre vacío. Centran
su mirada en el pesebre, esperando pacientemente el día en que se llene su
espacio vacío. No solo es extraño que todos estén mirando ese espacio, sino que
estén esperando que lo llene un bebé humano.
Los pesebres, por supuesto, no están destinados a
contener bebés humanos. No son cunas. Están destinados a llenarse de grano o
heno porque un pesebre es un comedero para animales. Esperar que otra cosa que
no sea alimento para animales llene ese espacio vacío me parece un acto de fe extraordinaria.
Incluso cuando el niño Jesús aparece la mañana de
Navidad, como siempre lo hace, y descansa en su lugar en el pesebre y el portal
de belén no es menos extraño. Jesús ha tomado el lugar de la comida.
Jesús,
nuestro alimento
Desde el momento de su
nacimiento, por la grandeza de su amor, está listo y dispuesto a ser consumido, a ser tomado como pan,
partido y convertido en alimento. Hay tremendas implicaciones espirituales en
este hecho, pero consideremos las implicaciones prácticas, las preguntas que tú
y yo podríamos hacernos sobre la naturaleza de nuestro amor por nuestra familia
y nuestros amigos. ¿Es este el precio del amor? ¿Ser consumido?
Sí, este es el precio. Cuando nos comprometemos el
uno con el otro, ya sea en el matrimonio, el vínculo de amistad o la relación
entre padres e hijos, ese compromiso nos coloca allí mismo en ese pesebre. Ahí
estamos consumidos. Nos convertimos en sacrificio. Nos convertimos en un
regalo.
Es casi increíble que la gente viva de esta
manera, que aceptemos el matrimonio, la familia y la crianza de los hijos
sabiendo que a través de estos enredos estamos consintiendo en dar nuestra
vida, para vivir ya no para nosotros mismos sino para el bien de los demás.
Incluso un encuentro
superficial con la virtud del amor, incluso el acto más tímido de entrega de
uno mismo revela rápidamente que abrir nuestra alma a otra persona es la
definición misma del florecimiento humano. Y, sin embargo, no deja de
ser un milagro.
El amor
nos consume
Ciertamente, hay momentos en los que el amor por
la familia, los amigos o incluso la humanidad en general nos consume hasta el
punto de que no nos queda nada para dar. El amor no es fácil. Tenemos
que ser honestos en que tiene un coste. El niño en el pesebre es prueba de
ello. Las velas de Adviento que se queman hasta convertirse en tocones son
prueba de ello.
Escribir sobre el simbolismo de las velas me
recuerda una carta que Chiara
Petrillo le escribió a su hijo en su primer cumpleaños. Chiara
Petrillo, si no conoce su historia, fue diagnosticada con cáncer mientras
estaba embarazada de su hijo. Rechazó el tratamiento de la enfermedad porque
podría haber perjudicado a su hijo. Poco después de dar a luz, murió.
Antes de hacerlo, le escribió a su hijo una carta
en la que declaraba que no lamentaba nada. Ella le dijo que el amor es el
corazón de la existencia, escribiendo: “El amor
te consume, pero es hermoso morir consumido, exactamente como una vela que se
apaga solo cuando ha alcanzado su meta.”
Esto es lo que veo en las
velas agotadas de nuestra corona de Adviento y en el niño Jesús en su pesebre.
Veo una belleza terrible: el precio del amor y el objetivo de nuestra
existencia.
Estando reunidos alrededor del árbol de Navidad
con mi esposa y mis seis hijos, me doy cuenta de que, aunque a veces me agotan,
aunque me han traído muchas noches de insomnio, ansiedades y temores por su
futuro, aunque me discuten y me retan, sería menos que nada sin ellos. Si el
precio de tenerlos en mi vida es acostarme en el pesebre junto a Cristo o
hacerme una vela, bueno, eso solo puede hacer que la llama brille más.
Michael Rennier
Fuente:
Aleteia






