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| Regina Foster | Shutterstock |
Custodio ese don que se me confía. No quiero que
se pierda esa vida que Dios me ha dado. No necesito contarlo todo, no tengo que
hablar de todas las cosas que suceden al interior de mi familia. Mi familia es
sagrada. No quiero violar esa intimidad que resguardo. Por eso la puerta se
cierra por dentro para que no entren.
Pero al mismo tiempo la puerta de mi hogar, de
mi casa, se abre para dar acogida a los que quiero que estén conmigo. No
permito que se alejen al ver mi puerta cerrada. Pero sé mantener el equilibrio.
Más en tiempo de pandemia. No quiero eso sí dejar que Jesús se quede fuera en
aquellos a los que rechazo. Una casa de puertas abiertas para que muchos se
encuentren en casa. Una familia que es hogar para los que no tienen raíces.
Rehacer
planes
Miro este mundo convulso, de puertas cerradas.
Tengo miedo. Me piden que cierre mis puertas, para separarme de los que amo.
Todo es tan diferente a mis planes de hace un año. La vida se presenta nueva
delante de mis ojos. Como si hubiera que rehacerla de nuevo y empezar otra vez,
de cero. Jesús viene a tocar la puerta de mi hogar en este tiempo convulso.
Quiero aprender a mirar con ojos nuevos, con sus
ojos, mi propia vida. Quiero abrirle la puerta a Él, aunque sea de noche.
Quiero que amanezca de nuevo en este mundo frío. Es tan grande la incertidumbre
que no quiero abrir la puerta a nadie. No sé qué va a pasar. Me siento más solo
que antes. Y a la vez misteriosamente más unido a muchos. Vivo lo mismo que ellos.
Necesito
al Niño
No tengo el control del timón de la barca que me
lleva por mares revueltos. Dejo la puerta abierta para que este Niño en Navidad
calme mis miedos. Que entre hasta el fondo de mi vida y tome el timón. No
quiero que se quede fuera. Es un milagro que siempre se detenga ante mi puerta y
no pase de largo.
En este momento de mi vida lo necesito aún más y
Él viene a mi posada, para compartir lo mío, tal como soy, tal como me ve.
Viene a mi corazón, toca mi puerta. Y quiere enseñarme cómo es ese amor
imposible que sucede en Belén. Es un Dios que se hace Niño como yo. Escucho
cómo son sus pasos y su rostro: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies
del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva!».
Abro la puerta para que ese Dios bello se haga
carne de mi carne, entre en mis planes y los cambie. Las puertas de entrada y
salida. Las puertas de mi familia, de los que amo, de aquellos con los que
comparto este tiempo extraño de pandemia.
Ser
pequeño
La puerta es pequeña, tengo que agacharme para
entrar de rodilla a otras casas, a otros hogares. Más estrecha que nunca.
Apenas puedo entrar cuando voy revestido de orgullo y pretensiones. Mi hogar
quiere ser humilde y necesita la pequeñez de los niños que entran sin hacer
ruido, en la calma y la oscuridad de esta noche.
En esta Navidad mi casa se vuelve nacimiento
donde Dios nace, se encarna, acampa. Me gustan las puertas que se abren y se
cierran. No siempre abiertas, no siempre cerradas. No demasiado grandes,
tampoco excesivamente pequeñas. Puertas por las que pueda pasar la vida y entrar
el amor.
Un hogar que se llene de alegría, y abrazos en
el encuentro. Este año será distinto e igual al mismo tiempo. Y las palabras de San
Pablo me dan vida:
«Como elegidos de Dios,
santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad,
mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos. El Señor os ha
perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es
el vínculo de la unidad perfecta. Que la paz de Cristo reine en vuestro
corazón. Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en
toda su riqueza. Cantad a Dios, dando gracias de corazón».
Mi
hogar
Que mi casa sea un hogar donde reine la bondad,
la humildad, la mansedumbre, la paciencia, la gratitud. Un hogar en el que todo
se llene de luz en esta Navidad de puertas cerradas y abiertas. Quiero abrir la
puerta hacia el interior, esa puerta que separa hermanos. Esa puerta que me
lleva a Dios. Esa puerta pequeña en la que me arrodillo para poder pasar. El
amor de Dios entra por esa puerta y toma posesión de mi familia. Me gustan las
puertas que se abren y se cierran para proteger el misterio.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






