Muchas parejas se aman pero viven con cierto sufrimiento vivir en la encrucijada entre la fe y la incredulidad
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| fizkes | Shutterstock |
Hay muchos esposos divididos por un foso
espiritual porque uno de los cónyuges no es creyente, ni siquiera bautizado, en
el momento de la boda o porque (re)descubre la fe a lo largo de la vida
conyugal o incluso porque un cónyuge, al contrario, abandona la práctica pasada
la boda. Hay casos de todo tipo.
Desde un punto de vista canónico, la Iglesia no
ve objeciones a uniones así, siempre que el cónyuge no creyente acepta el
funcionamiento del matrimonio cristiano (indisolubilidad,
fidelidad, fecundidad), no se opone a la práctica del cónyuge creyente y hace
lo necesario para favorecer la educación cristiana de los hijos.
Sin embargo, a pesar de las buenas intenciones de
partida y los valores humanos compartidos, la diferencia es, a menudo, una
fuente de sufrimiento.
No
olvidar que la fe es, ante todo, un don de Dios
Para el cónyuge creyente, se trata de renunciar a
compartir la fe en pareja, a rezar juntos, a apoyarse en el otro para la
educación religiosa de los hijos, a hacer un retiro los dos…
«Casada por la iglesia, redescubrí a Cristo
dieciséis años después de la boda», atestigua Caroline, de 55 años. «Mi marido
me deja ir a misa todos los domingos, pero no quiere saber nada de la fe. Mis
dos hijas se han descolgado y tengo la pena de dirigirme sola a misa, sobre
todo en Navidad. Y es imposible hablar de mis convicciones en casa».
Consecuencia de este foso: a menudo hay en casa
del cónyuge creyente una expectativa de que el otro siga el mismo camino. Un
deseo legítimo, pero que puede convertirse en problemático cuando se intenta
convertir al otro, cambiar sus convicciones, olvidando que la fe es, ante todo,
un don de Dios.
«Cuando conocí a Michel», recuerda Charlotte, de
42 años, «me entristeció que él no fuera creyente. Al principio, le empujaba a
venir a misa conmigo, hasta que me di cuenta de que eso estaba teniendo el
efecto contrario». Una reacción que puede interpretarse como una forma de
protegerse contra quien cree, contra su diferencia.
Sin embargo, una condición para que el matrimonio
funcione es que cada uno desee que el otro sea tal y como es plenamente. Si
Dios respeta infinitamente la libertad, ¿cómo podría el cristiano sentirse
obligado a orientar al otro a ser como él?
Desánimo
Por otro lado, la reacción del cónyuge creyente
puede ser la de la resignación: la soledad y la ausencia de apoyo en la
educación cristiana de los hijos le hacen entonces resbalar por la pendiente
del retraimiento y la indiferencia.
«Hoy en día me resulta difícil mantener el ritmo»,
confiesa Laurence. «Cada vez voy menos a misa, me alejo de la oración. Todo
cambió cuando mi hijo mayor me dijo que no quería hacer su profesión de fe:
comprendí entonces que no encontraría respaldo en mi marido. Sin embargo, al
comienzo de nuestro matrimonio estaba convencida, ¡incluso hice algún despertar
en la fe!».
Para Marie, de 58 años, este desapego vino seguido
de un profundo cuestionamiento. Cuando se casó con François, ella era
practicante y él era de cultura católica. Pero poco después de la boda, él se
separó de una práctica que no era más que un hábito.
Al criar a sus cinco hijos en la fe cristiana,
Marie se sentía cada vez más sola a la hora de impulsar esta dimensión.
«Respetaba su decisión y, al mismo tiempo, en el fondo, me exasperaba», añade
Marie. «Hace diez años, me cansé de cargar con todo. Lo dejé caer todo. Ya casi
no rezaba».
¿Cómo se
puede vivir mejor la vocación del matrimonio?
Creyente y no creyente, la aventura puede resultar
una misión imposible. Para muchos cónyuges practicantes, la maduración de la
relación con Dios se convierte en la clave de una renovación de la pareja para
salir del conflicto.
La misa, una actividad parroquial, los grupos
bíblicos, una pausa espiritual de las que proponen las abadías e incluso un
vínculo privilegiado con una comunidad pueden permitir al cónyuge creyente
encontrar un apoyo fuera de la pareja para ayudarle a vivir su vocación
matrimonial.
Claire, de 28 años y casada desde hace tres, lo ha
experimentado de primera mano tras seguir durante dos años una formación
teológica en clases nocturnas. «Al profundizar en mi fe he comprendido cuán
estaba llamada a ir plenamente hacia el otro. Si esto es el centro de lo que
creo, entonces no hay contradicción en vivir con un no creyente», asegura.
Marie, por su parte, ha llegado incluso a
reexaminar sus ideas en profundidad. «Gracias a un trabajo psicológico, me han
guiado a una nueva comprensión de la vida y de Dios», confiesa.
A Dios a través de él
«Me he dado cuenta de que estaba demasiado
centrada en la vida espiritual, hasta descuidar mi humanidad. He podido volver
a conversar sobre la fe con mi marido y nos hemos devuelto la confianza. Desde
entonces, ya no le reprocho que no haga crecer su vida interior. Lo acepto
plenamente».
La resolución de una crisis así la ha llevado a
revisar su visión del sacramento del matrimonio: «Durante mucho tiempo me
pregunté a quién debía amar primero: ¿a Dios o a mi marido? Antes, la
espiritualidad me alejaba de él; hoy, me ayuda a amarle mejor».
«Desde mi conversión, sé que puedo encontrar a
Jesús no solamente en la eucaristía, sino también en mi prójimo más cercano: mi
marido», confiesa Caroline. De ahí un equilibrio escogido entre sus actividades
espirituales externas (taller de Sagrada Escritura, retiros con una amiga en la
misma situación) y la renovación de su complicidad con Jean, porque ella
reconoce que él ha podido sufrir por su conversión.
«Es importante cultivar otros puntos de encuentro
en la pareja. Nosotros tenemos la fotografía, el cine, el teatro… Ante todo,
¡no es necesario que me entregue solamente a la Iglesia!». Uno cree, el
otro no, pero funciona a pesar de todo porque han decidido amarse.
Entre la
fe y la incredulidad
Entre testimonio lleno de esperanza –¡porque las
conversiones existen!– y respeto al ritmo del otro, el cónyuge creyente es
invitado también así a un camino sutil. Algunos constatan un enriquecimiento
mutuo, a pesar del dolor de no compartir el seguir a Cristo.
Nathalie reconoce a su marido ateo «un papel de
regulador», de contrapunto racional en la pareja, como si la diferencia se
convirtiera en una fuente de equilibrio beneficioso para la familia. «Me
recuerda que no vivimos en una burbuja», precisa.
Una fecundidad que puede repercutir más allá del
hogar: ¿no tienen estas parejas una misión específica en la Iglesia en la
encrucijada de la fe y la incredulidad?
«Vivo entre personas ateas», explica Caroline. «Quizás
no sea a través de mí que descubran algo de la fe, porque nadie es profeta en
su tierra, pero ahí estoy entre ellos, como un servidor inútil. Con el respaldo
del sacramento que ambos recibimos, ¡estoy convencida de que el Señor actúa en
mi marido aunque él no lo sepa!».
«Estar casada con un no creyente es una forma de
pobreza», añade Claire-Marie. «Al mismo tiempo, me permite entrar en relación
con los no creyentes de forma simple».
Estas parejas simbolizan un poco, por último, el
encuentro entre Israel y la sabiduría griega, entre la Iglesia y el mundo. Los
cónyuges creyentes son misteriosamente signos de Cristo enviado a las naciones.
Una imagen que nos incita a sumergirnos en los inicios de la Iglesia, en lo que
Pablo decía ya a los corintios:
«Porque el marido que no tiene fe es santificado
por su mujer, y la mujer que no tiene fe es santificada por el marido creyente»
(1 Co 7, 14). Bonita perspectiva, ¿no?
Cyril Douillet
Fuente: Aleteia






