Sólo es posible aceptarse si se experimenta el amor incondicional de Dios en el espacio interior, en la oración, o a través de personas concretas que aman de verdad
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| Marcos Paulo Prado/Unsplash | CC0 |
Quizás el camino más difícil es el que inicio hacia mi
corazón. Ese camino que pasa por la autoaceptación.
Sé que sólo podré aceptarme cuando me sienta y experimente muy amado y querido
por Dios en lo más profundo de mi corazón.
Tal vez por eso tengo que preparar este camino del
que me habla el profeta. Preparo el camino que dejará que Dios venga a mí,
calme mis ansias y apacigüe mis miedos:
Quiero que venga hasta mí porque Él me quiere
como soy, no como debería ser. Me acepta de forma incondicional, me mira como
nadie antes me ha mirado.
Equivocarse
de amor
¿Por qué me cuesta tanto
creerme su amor? Porque
en mi vida he encontrado a personas que no me han amado así, me han despreciado y
humillado.
Pero no es así. Dios no es así, no es como yo, no
es como ese juez que reúne pruebas contra mí y pone en duda mi sanidad mental,
mi capacidad, mi integridad moral. No es así Dios, aunque me lo parezca a
veces.
No es ese el Dios en el que quiero creer. Me cuesta
sacarme del corazón esa imagen tan equivocada de Dios. Él me
ama como soy, quiere mi crecimiento y sueña con mi plenitud. Sabe cuál es mi
potencial.
Ha sembrado en mi alma una semilla que un día dará
su fruto. Sabe cómo soy por dentro.
Tu
miseria atrae a Dios
Y es curioso, resulta que es mi debilidad, mi pecado, mi
pobreza e imperfección lo que despierta su misericordia.
No me ama gracias a todos mis méritos y buenas
obras. No me quiere con locura porque haya realizado grandes milagros. No son
mis actos inmaculados los que más despiertan su amor.
Es una sorpresa, pero es mi pecado
el que me acerca a Él. Entonces ya no me alejo de su
rostro, no me escondo. Llego hasta su lado con todo mi pecado, humillado y
siento que mi dolor, mi fragilidad me acercan a Él en lugar de alejarme.
En su presencia recibo un
perdón misericordioso e incondicional.
Por esto
se hizo niño
Y Dios me mira como ese niño en el pesebre, pobre
e indefenso y despierta mi ternura. Y creo que yo soy el poderoso y Él el
indefenso. Que yo lo protejo y Él suplica mi protección. Hasta que sufro mi
pecado, mi humillación, mi debilidad.
Y entonces siento que su poder saca
lo mejor de mí y me eleva por encima de todo mi barro. Es
entonces mi camino un camino llano por el que puedo transitar con Él a mi lado.
Tomado de la mano de ese niño que
parece no salvarme, pero lo hace cuando no me doy ni cuenta.
Preparar
el encuentro con Dios
Quiero preparar ese camino donde tiene lugar el
encuentro. Quiero salir de mí mismo, tirando los muros, destruyendo las
barreras que no me dejan darme.
Quiero tocar su amor que me salva cuando yo ya no
soy capaz de salvarme a mí mismo, cuando me he decepcionado una y otra vez de
mi poco poder. Cuando ya no puedo hacer nada por llegar a la meta, Él sale a mi
encuentro y me ama.
¿He experimentado alguna vez ese amor inmenso que
Dios me tiene? Ese amor sana todas mis heridas. Y sólo
entonces, en ese abrazo en medio de mi camino, surge la propia aceptación de mi
debilidad.
Dios me elige una y otra vez y toma mi mano. No lo
elijo yo a Él, es Él quien me busca. Yo debo ser capaz de
afirmar esta verdad, incluso aunque el mundo no me elija y me olvide.
¿Quién
decide lo que vales?
Mientras sean el mundo, mis amigos, parientes,
jefes, conocidos, quienes decidan si he sido elegido o no, si valgo o no, si
soy digno de ser amado o no lo soy, estaré condenado a la infelicidad y viviré
cada día intentando demostrarles a todos cuánto valgo.
La presión del mundo es
muy fuerte y tiende a empujarme a las tinieblas de la duda sobre mi valor. Caigo en el
menosprecio o el rechazo.
Me pongo inseguro, dudo de mí, tengo miedo de ser
rechazado, y soy entonces fácilmente manipulable por
quienes me rodean.
Veo con claridad mi pecado, mi debilidad y creo
que nadie podrá quererme como soy. Me equivoco. Quiero recorrer el camino
eterno que me separa de ese abrazo con Dios. Sueño con el cielo, con estar
siempre con Él. Dice el apóstol:
«Pero esperamos, según nos lo tiene prometido,
nuevos cielos y nueva tierra, en lo que habite la justicia. Por lo tanto,
queridos, en espera de estos acontecimientos, esforzaos por ser hallados en paz
ante Él, sin mancilla y sin tacha».
Quiero cuidarme en este Adviento, intentar vivir
sin mancha a su lado. Sé que fracasaré muchas veces, pero no temo ningún mal
porque Dios me ama con locura.
Él me quiere más allá de mis pecados y caídas. Él
ama mi alma como es, débil y con heridas. No me quiere perfecto, sabe como soy, y
desea estar conmigo cada día.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






