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| Loren Kerns | (CC BY 2.0) |
El Señor constantemente en su Evangelio nos invita
a entregarle el deseo que habita en nuestro corazón, aunque sea uno incipiente,
simple, un deseo que puede parecer banal.
Son muchos los deseos que llevan a un encuentro, y
la Palabra de Dios no es la excepción.
Despertar
«No dejó que una sola palabra quedara vacía» (1 Sam 3,19).
A veces, nosotros preferimos quedarnos dormidos.
Somos perezosos (incluso en la vida del Espíritu elegimos no ser molestados). Por no
renunciar a nuestra comodidad perdemos la posibilidad de un encuentro.
El comienzo
del deseo
Es Jesús quien recoge su
deseo, no lo trivializa y no lo pasa por alto, sino que se asegura de que ese
deseo pueda surgir, crecer y madurar. Jesús se detiene, se vuelve hacia
ellos y les pregunta: «¿qué buscan?», como para decirles ¿qué quieren?
Si buscamos algo es porque lo extrañamos, incluso
si aún no sabemos lo que es o qué puede responder plenamente a esa carencia.
Sin embargo, debemos comenzar a caminar.
Deseo de
saber
La respuesta de los discípulos resalta la simplicidad
inicial de su deseo. Responden preguntando solo por el lugar
donde vive Jesús.
El lugar donde vivimos, obviamente, habla de
nosotros. Entrar en la casa de alguien significa tener cierta confianza,
compartir un espacio personal. Los dos discípulos, por tanto, piden conocer a
la persona de Jesús y para hacerlo es necesario compartir una intimidad.
De hecho, Jesús responde no a través de una
definición, sino invitándolos a vivir una experiencia: es
necesario ir a ver…
Un auténtico encuentro
No podemos contener la alegría, necesitamos contar
para que otros también puedan vivir la misma experiencia.
Otro hermoso detalle es que el texto no nos dice
dónde vive Jesús: no se describe el lugar a donde fueron invitados a vivir una
experiencia con el Señor, quizás para evitar pensar que existe un lugar, un
camino, donde uno puede encontrarse con Él.
Ese lugar es siempre nuevo
y específico para cada uno de nosotros y nunca podrá absolutizarse. Cada uno
de nosotros está llamado a tener su propia experiencia de Dios.
Y un cambio
El encuentro con el Señor cambia la realidad.
Andrés va corriendo a contarle lo vivido a su hermano Simón.
Es interesante notar que si bien el libro del
Génesis, desde el principio y repetidamente, habla de conflictos y violencia
entre hermanos, el Evangelio de Juan, comienza con el seguimiento de Jesús
vivido por parejas de hermanos, como para decir que la buena noticia reconcilia y renueva
esas relaciones difíciles.
Luego hay una indicación final de cambio: el
nombre de Simón se convierte en el de Pedro, como para marcar, de una manera
aún más radical, que algo se ha transformado.
Si el nombre indica la identidad de la persona, el cambio de
nombre indica una novedad profunda, esa novedad que Cristo trae
a nuestra vida, una novedad que muchas veces buscamos sin saber dónde
encontrarla.
Luisa Restrepo
Fuente:
Aleteia






