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| Shutterstock | Nicoleta Ionescu |
Si algo puede hacer fácilmente que pierdas el
espíritu navideño es ir de compras estos días, ya que te sueles encontrar un
escenario lleno de intrépidos dependientes saturados, gente con prisas cargada
de bolsas, y colas que parece imposible que no sean para recoger algo gratis…
Hacia allí nos dirigimos, llenos de entusiasmo, el
pasado sábado en mi casa. Mi marido y yo salimos a hacer compras en uno de los
centros comerciales de la ciudad, acompañados de seis de nuestras princesas.
Cuando nos llegó el turno de pagar (confieso que
yo estaba mirando el móvil), la señora nos preguntó con cierta desesperación si
pasábamos o pasaba ella. Como os podéis imaginar, pasamos rápidamente.
Una
torpeza ¿imperdonable?
Y yo, que soy el alma gemela de Goofy, choqué con
la mampara de plástico protectora, generando un ruido tremendo. Ya os podéis
imaginar los gestos de la señora, con los ojos en blanco, suspirando descarada
y ostentosamente.
Mis hijas estaban avergonzadas (lo sé, aunque no
me lo dijeron) pero, sobre todo, indignadas con las caras, suspiros y
comentarios de la señora.
Salieron de la tienda preguntando cómo no le decía
algo a una señora tan maleducada e impertinente: ¿Cómo me dejaba pisotear así?
¿Por qué ni siquiera la había mirado mal?
Cuando te
tratan mal, ¿cómo responder?
El Espíritu Santo no me
abandonó.
Ya sabe que lo he reconocido hace mucho tiempo, aunque en estas fechas se ponga
el disfraz de Espíritu Navideño.
Y, actuando con su estilo imperceptible, me
inspiró el argumento que les di a las princesas de mi cuento: “Contestar
mal, lanzar miradas gélidas, retadoras, gestos airados… ¿Para qué? Son acciones
tan tentadoras como inútiles.
¿Realmente te gustaría ser la más chula del
barrio? ¿La más impertinente del reino?
Cuando en la vida te encuentres con ese tipo de
situaciones, piensa que te están nominando a uno de los dos premios siguientes:
el Premio a la más impertinente o el Premio María de Nazareth. ¿Cuál de los dos
quieres ganar?”.
Con mayor o menor éxito, todos somos capaces de
ser impertinente. Es muy fácil dejarse llevar, es muy fácil poner mala cara,
poner los ojos en blanco, suspirar descarada y ostentosamente, lanzar
comentarios capciosos al aire…
Más difícil,
pero la mejor de las opciones
Sin embargo, no hacer lo que te pide el cuerpo, resistir
el envite, no querer escuchar los agravios, no poner mala cara, no mirar de
arriba abajo, callar, intentar comportarte como lo haría Ella…, para eso hacen
falta horas de entrenamiento en el gimnasio de la voluntad y
en la academia de la humildad, asignaturas en
peligro de extinción.
Pero, son las personas que optan al Premio María
de Nazareth las que cambian la historia, las
que convierten impertinentes, y las que consiguen que haya más gente que quiera
optar a ese premio.
Así transformó la Virgen María a tantas personas
durante la Pasión de su Hijo: su actitud resignada, silenciosa y amorosa
derribó muros enteros en sus almas, algo extraordinario frente
a lo inútil que hubiera resultado que se hubiese puesto a insultar o a mirar
con odio a los asesinos de su hijo.
Ofrecer ese autocontrol de la ira,
el enfado o la indignación, de la lengua, es una arma poderosa que no podemos
desaprovechar. ¿Qué premio te quieres llevar la próxima vez que te veas
nominado?
¿Te preguntas si mis hijas lo entendieron? Bueno,
la verdad es que no puedo asegurar que mis adolescentes mimetizasen todo esto…,
pero rezaré para que lo vean con el tiempo y con la ayuda del Espíritu
Navideño.
Mar Dorrio
Fuente: Aleteia






