«Lo importante pasa más por el testimonio de una propuesta que se vive y se ofrece»
—Hacía usted referencia antes a
remar juntos. El Papa utilizó la expresión «hacer patria» hace unos meses ante
el presidente Sánchez en su visita al Vaticano. ¿Con qué nos quedamos de ese
encuentro?
—La verdad es que lo que le dijo el Papa tiene mucho interés. Él hizo ahí una
escala: habló de país, habló de nación y habló de patria. Eso tiene mucho que
ver con una de las claves de Francisco: su comprensión de pueblo. Luego,
en Fratelli tutti, habla del riesgo de los populismos. Ya vemos lo que ha
pasado en Estados Unidos, donde el populismo sale con toda fuerza. Pero el Papa
reivindica la noción de pueblo. Esto es algo muy importante, porque en la jerga
política, al igual que desapareció la noción de «bien común» y se sustituyó por
«interés general», se ha sustituido la noción de «pueblo» por «gente».
Hoy,
«gente» no deja de ser un agregado de individuos, un agregado de diversidades,
mientras que «pueblo» supone una conciencia de formar parte de un grupo social;
no digamos nada de «nación», que supone que ese pueblo descubre su penetración
histórica, descubre un pasado y una perspectiva de futuro; y no digamos
«patria», que da a esa noción de pueblo ese otro componente mítico y místico
del que habla Francisco en Fratelli tutti. No sé si somos capaces de ir al
calado que esto tiene en un momento en que tanto la propuesta de la economía
mundial como la propuesta de la cultura dominante ponen más el acento en lo que
disgrega, en las diversidades, en propuestas multiculturales que hace falta ver
cómo organizar la convivencia en una cultura al lado de otra, y de otra…
—Claro, es una novedad del
cristianismo que pudimos experimentar, por ejemplo, el Día de la Epifanía.
—Así es. Acudieron a adorar al Niño tres personas que nos dice la tradición que
eran de tres razas y tres culturas diferentes. Y sin embargo descubren en el
Niño una propuesta de fundamento y de horizonte que integra las diversidades
culturales, y una propuesta de cultura, en el sentido de cultivar naturalmente
la naturaleza. Este es uno de los desafíos más grandes del actual momento
social y político.
—El problema aparece cuando la
propuesta eclesial es ignorada o silenciada… o cuando también nosotros entramos
en combates que solo nos separan cada vez más.
—Hoy se habla mucho de combates culturales, de cómo tenemos que situarnos ante
estas determinadas propuestas… Yo tengo la impresión de que, sin duda, hemos de
decir la verdad, y hemos por tanto de situarnos ante lo que nos parezca que
puedan ser injusticias o mentiras, pero si estamos todo el día más preocupados
por el combate, se nos puede ir la vida sin hacer la propuesta. Porque lo
gordo, incluso del «combate» (lo digo entre muchas comillas), pasa más por el
testimonio de una propuesta —de vida, de relaciones, de sociedad, de pueblo, de
patria— que se vive y se ofrece.
Esto, evidentemente, tiene dimensiones institucionales y dimensiones políticas,
para las cuales seguramente la dimensión de militancia y, por lo tanto, de
combate, son ineludibles. Pero yo creo que hay algo un poco más básico, que es
la propuesta.
Vivimos en un tiempo en el que el protagonismo ha de ser de la gracia. La
gracia tiene también que ver con lo gratuito. Y lo que domina hoy en la cultura
es el protagonismo del poder, el poder hecho empoderamiento; empoderamiento a
todos los niveles: de los sujetos, de los grupos, de las pequeñas identidades…
Y el empoderamiento, como su propio nombre indica, al final pide pelea. Y yo
creo que nosotros tenemos que ir con una novedad de gracia. Luego, esto, en
medio de los líos en que estamos, y de los diversos intereses que la Iglesia
también tiene en la propia vida social, en su presencia en el mundo de la
educación, en la sanidad, en los medios de comunicación y demás, esto no es
fácil, porque nosotros también demandamos poder. Pero el desafío gordo está en
cómo podamos ser testimonio de la gracia. Esa gracia que ni el mercado ni desde
luego las estrategias de poder del mundo tienen la capacidad de domesticar. Ese
es el desafío más grande que veo… Precisamos ámbitos comunitarios donde sea
posible cultivar esta vida de gracia, viviéndola en diálogo con la sociedad en
la que estamos, no atrincherándonos.
El Papa le dijo a Sánchez: los políticos tenéis que ver cómo organizáis el
país. País es una palabra fácilmente intercambiable hoy. No vale solo organizar
el país, hace falta también ayudar a construir un pueblo y una experiencia de
patria. Y eso no lo consigue la tecnocracia. Pero es que hay algo peor y es que
la propia lógica dominante de la organización del país pide que haya poco
pueblo y menos patria. Hay ahí una fuerte contradicción.
—Nosotros tenemos una propuesta
de familia y a veces no la acabamos de comunicar bien. ¿Cómo se puede
robustecer el proyecto familiar como Iglesia doméstica en la sociedad actual?
—Esta es una de las claves dentro del desafío evangelizador. Hay que ser
testigos. La palabra testigo procede del griego mártir. Muchas veces los
propios católicos —como no podría ser de otra manera— hacen elogio del martirio
que se produce en otros lugares del mundo y sin embargo se nos escapa esta otra
condición martirial del testimonio de ir a contracorriente en una sociedad como
la nuestra. La Conferencia Episcopal, a través de la Subcomisión de Familia y
Vida, está llevando a cabo una revitalización de la preparación al matrimonio y
de acompañamiento en los primeros años de la pareja. Del mismo modo, se está
trabajando sobre los pasos de la iniciación de la vida cristiana y el papel
fundamental que juegan los padres respecto a sus hijos en la preparación para
el Bautismo, la Primera Comunión, la Confirmación… Porque una cosa está clara:
no se puede vivir contracorriente estando solos. Hacen falta propuestas
comunitarias, de familia de familias, donde esto pueda ser posible. Sabiendo
que, más allá de lo heroico de vivir a contracorriente, tiene también un
aspecto martirial.
Desde el próximo 19 de marzo hasta la Jornada de las Familias de 2022, se
llevará a cabo la celebración del año «Familia Amoris Laetitia». Creo que es
una buena ocasión para ahondar en la vocación al matrimonio.
—Ya en el Congreso Nacional de
Laicos se recalcaba…
—Sí, porque la promoción laical, en el punto de cruce en el que nos encontramos
con la sociedad, tiene para la Iglesia un orden prioritario. Este Pueblo santo
de Dios, que está en medio del mundo, precisa de un acompañamiento de lo que en
el ministerio ordenado se llama el buen pastor. Y aquí también la Pastoral
Juvenil tiene un desafío muy grande. No solamente puede ser, como muchas veces
decimos desde la propia Iglesia, una pastoral de entretenimiento de
adolescentes y jóvenes. La Pastoral Juvenil tiene mucho que decir en todo lo
relativo a la promoción vocacional.
(Continuará mañana)
Por Sara de la Torre, José Ignacio Rivarés,
Ricardo Morales y Silvia Rozas FI
Revista: Ecclesia






