6 Enero. Epifanía del Señor
COMENTARIO
En la solemnidad de la Epifanía
del Señor, la Iglesia celebra con gozo la manifestación de Jesús como Hijo de
Dios, que ha nacido para traer al mundo la Salvación. En el marco del tiempo de
la Navidad en el que nos encontramos, la Adoración de los Magos al Niño nos
ofrece otra posibilidad más para seguir penetrando en el misterio de quién es
ese niño que nació en una aldea recóndita de Israel hace veinte siglos y que,
sin embargo, continúa brillando con una luz que no se puede apagar en los corazones
de tantas personas.
En el evangelio de hoy hay un
elemento que llama poderosamente la atención: la estrella que guía a los Magos
desde Oriente hasta Belén. Los intentos de identificar esta estrella como un
cometa o como una conjunción de astros no han dado resultados satisfactorios.
Según ideas difundidas en la época, el nacimiento de los personajes importantes
estaba relacionado con ciertos movimientos de los astros. Dios pudo valerse de
esas nociones para conducirles hasta Jesucristo. En esa perspectiva, el sentido
del pasaje es claro: los magos comienzan su itinerario desde la revelación de
Dios en la naturaleza, la estrella, pero tienen que pasar por la revelación en
las Escrituras de Israel (En Belén de Judá — le dijeron —, pues así está escrito
por medio del Profeta) para encontrar al verdadero Dios[1].
En cualquier caso, la luz propia
y el movimiento de esta estrella condujo a los Magos hasta Jesús, como solemos
representarla en los nacimientos. Más adelante, después de sortear las argucias
de Herodes, los Magos por fin encontraron al Niño con su Madre, y la estrella
pasó a un segundo plano pues su misión ya había sido completada. Lo que ahora
tenían delante los Magos ya no era un elemento cósmico espectacular, sino un
sencillo niño –en apariencia normal y corriente– ante el que se postraron y le
ofrecieron oro, incienso y mirra.
Si escucháramos este relato por
primera vez, seguro que nos sorprendería la diferencia tan grande que hay entre
el medio empleado por los Magos (la estrella que les acompaña y les guía) y el
fin que logran (encontrar a un niño). Precisamente, esta diferencia sustancial
nos puede ayudar a introducirnos más en el misterio de quién sería ese Niño que
viene precedido, no solo de un astro brillante, sino también de numerosas
profecías que hablaban ya de Él.
Los Magos, como escribía san León
Magno, representan a toda la humanidad, que desde aquel momento recibió la
llamada a la Salvación precisamente a través de ese pequeño Niño: «Que todos
los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas, y que los
hijos de la promesa reciban la bendición de la descendencia de Abrahán (…). Que
todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del
universo, y que Dios sea conocido, no ya sólo en Judea, sino también en el
mundo entero, para que por doquier sea grande su nombre en Israel»[2].
La estrella, con su luz y su
movimiento, precedió al Niño, que es la Luz y el Movimiento en sí mismo, porque
«todo se hizo por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho» (Jn
1,3).
La experiencia de acudir a un
lugar tranquilo, de noche, en un día despejado, acomodarse para mirar hacia
arriba con paz y contemplar el firmamento durante un momento nos llena de paz.
Aunque no se tengan demasiadas nociones de astrología, es fácil quedarse
embelesado con la cantidad de luces que brillan en el cielo. Mirar las
estrellas nos puede ayudar a salir de nuestros asuntos cotidianos, a los que
con frecuencia concedemos demasiada importancia.
Sin
embargo, aunque mirar al cielo puede ayudarnos a despertar, la verdadera
estrella del mundo y de la Historia, la que es origen y da sentido a las demás,
está mucho más cercana a nosotros de lo que lo están los demás astros del
firmamento. Jesús, en el pesebre o en brazos de su Madre, desea llenarnos con
su luz, que nunca se apaga, para que también nosotros podamos ser estrellas que
le ayuden a llenar el mundo y la Historia con su claridad. Y esto es lo que
celebramos en la fiesta de hoy y en todo el tiempo de Navidad, que Dios se ha
hecho hombre para salvarnos, por pura gratuidad de su amor.
[1] Cfr. Nota a Mt 2,1-12, Santos Evangelios,
EUNSA, Pamplona.
[2] San León Magno, Sermo 3 in Epiphania Domini 2.
Pablo Erdozáin
Fuente: Opus Dei






