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En un reciente artículo publicado en el periódico El Observador,
el obispo emérito de Querétaro (México), Mario De Gasperín (Córdoba, Veracruz,
1935), ha hecho un interesante análisis sobre la relación entre el relato
bíblico del santo Job y el contexto actual en el que se desenvuelve la pandemia
en el mundo y en la región más golpeada por el coronavirus que es el continente
americano.
Job no era
paciente
Hoy se nos dice en muchos lados que
–ante la pandemia—tenemos que tener la paciencia de Job. ¿Coincide esto con el
relato bíblico?
Hablar del “paciente Job” denota conocer el libro bíblico sólo por
los forros, pero desconocer el interior tanto del libro como del personaje: el
Job impaciente, objetor de conciencia, en crisis permanente.
De próspero ganadero y terrateniente con casas, hijos y
servidumbre, pasó sorpresivamente a piltrafa humana y mendigo de estercolero,
zaherido por su mujer, reprendido por sus amigos, rebelde ante la injusticia,
de virtud sospechosa y calumniado ante Dios por un intrigante segundón de
palacio llamado Satán.
Desde luego,
Job no es el único personaje que en la Biblia entra en conflicto con Dios. ¿Qué otros grandes
conflictos hay en la Biblia?
En su felicitación
navideña a la Curia en diciembre pasado, el papa Francisco
revisó algunos personajes bíblicos que entraron en conflicto con Dios: Abraham,
sin ser reportero, le lanza una pregunta molesta: “¿De modo que vas a destruir
al inocente con el culpable?”.
Semejantes diálogos tuvieron Moisés, Jacob, Elías, el Bautista y el mismo
Jesús, cuando el Tentador intentó, sin éxito, distanciarlo de su Padre: “¿Por
qué me has abandonado?”.
Quien no ha experimentado el dolor, mal comprende a quien lo
padece
¿Hay un “modelo Job” para enfrentar la
actual crisis que vive el mundo?
Conocer, aunque de pasadita, la crisis que enfrenta Job, nos puede
ayudar a superar la nuestra, porque Job logró levantarse del
estercolero a pesar de las falsas soluciones que le ofrecían sus amigos.
Se precipitaron en dar soluciones
contra su conciencia, sin haberlo escuchado. Lo hicieron
bienintencionados sin duda, pero insensibles e
incapaces de comprender la realidad y el corazón del que sufre.
Quien no ha experimentado el dolor,
mal comprende a quien lo padece. Sobre todo cuando apela a Dios, a quien
desconoce.
De este calibre son las soluciones que ahora se proponen a la
crisis de la Covid. “Quien no mira la crisis a la luz del Evangelio, se limita
a hacer la autopsia de un cadáver: miran la crisis pero sin la esperanza del
Evangelio”, dice el Papa. Y eso, explica, “porque nunca han dialogado con Dios
ni se han enfrentado con el Evangelio”.
Sólo se miran en el espejo deformante
su ego, y terminan creyéndose demiurgos con derecho a generar conflictos,
señalar culpables y crear división.
¿Por qué permite Dios la pandemia?
Hoy muchos nos preguntamos por qué
Dios ha permitido la pandemia. ¿Pasó lo mismo con Job?
Dos son las cuestiones que Job plantea a Dios: Que en la creación
reina el desorden y
la insensatez, ¿por qué Dios la permite? Y que los malvados son
los triunfadores y los justos los perdedores, ¿por qué Dios permite que sufra
el inocente?
Satán le cambió la mirada interior a Job y comenzó a ver desastres
e injusticias por doquier: “¿Dónde está tu Dios? No hay Dios que me pida
cuentas”, se pregunta el impío y su eco resuena entre nosotros.
Dios acepta el litigio y responde con doble discurso:
En elevado tono poético le muestra la
belleza y el orden de la creación, y lo inagotable de su sabiduría allí
escondida. El hombre jamás la agotará.
En el segundo discurso le muestra, según la ciencia de su tiempo, la
debilidad humana ante el poder de Dios, capaz de someter las
bestias indomables y al Leviatán y al Behemot, símbolos del mal.
Nada escapa a la soberanía de Dios. Job reconoce el poder de Dios
y con la mano en la boca confiesa su ignorancia.
Este poder divino se nos revelará en
la debilidad de Jesucristo, crucificado y resucitado. En él todo
tiene su consistencia: El hombre, el mundo y Dios están interconectados por el amor, única
fuerza que vence el mal.
Job, sepultado en su entorno convertido en basurero y rascándose
con su tepalcate, es imagen profética y siniestra de lo que
seremos si no comprendemos y respetamos la sabiduría divina presente en la obra
de Dios, el hombre junto con la creación. La ecología es
también teología.
Jaime
Septién
Fuente: Aleteia






