Me acostumbro a amar a alguien y me olvido de hacer fiesta en días especiales o en días normales...
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| ©My_Inspiration/Shutterstock |
Es cierto que me conviene tener
fechas especiales para decirles que amo a quienes amo, para mostrarlo con hechos,
con gestos, con abrazos, con una delicadeza especial, con creatividad.
Con frecuencia digo amar mucho,
pero luego no cuido a los que están a mi lado. No sé qué les ocurre, qué
sueñan, qué esperan, por qué sufren.
¿Qué hago yo para calmar sus
miedos y ansiedades? ¿Cómo les recuerdo cada día que no tienen por qué temer
porque yo los amo y Dios a través de mi amor les manda un abrazo?
Decir «te quiero»
Tal vez es que me cuesta decir
que amo a quien amo y demostrárselo. Decírselo una y mil veces, sin cansarme.
Me gustaría lograr que se sienta siempre amado por mí. Quiero que palpe y
acaricie cuánto lo necesito en mi vida.
Me acostumbro a amar a alguien y
me olvido de hacer fiesta en días especiales o en días normales, de diario. Se me olvida su cumpleaños, o su
onomástico, o el aniversario de boda.
No celebro la historia sagrada que
juntos vivimos, no agradezco a Dios o le alabo por cada día nuevo que abre ante mis ojos en el que
me invita a amar y a dejarme amar.
Dejo pasar fechas importantes en
mi historia familiar. Y digo que no soy detallista y por eso
me olvido. Pero eso no basta como excusa en el amor.
El amor que no se cuida se muere,
el que no se acaricia con suavidad cada día, se vuelve áspero y duro. La planta que no se riega se acaba secando.
El jardín que no se cultiva se convierte en erial. El árbol que no se poda no
crece con orden.
Así es el amor que siento y el
que recibo. Es un amor que se despierta cada mañana con sed. Y si no se sacia
la sed acaba muriendo seco.
El día de…
Quizás venga bien una vez al año
decretar que un día cualquiera es el día de los que aman y de los que son
amados. Todos lo pueden celebrar,
porque todos aman de alguna forma, mal o bien, de forma libre o enfermiza.
Y todos pueden sentir algún amor
en sus vidas, aunque con frecuencia no parezca ser suficiente. Me siento amado
en cierta medida y quiero más. Amo de alguna manera y busco más. Este día me
confronta con mis límites. Me cuestiona y me inquieta. Decía el padre José
Kentenich:
«La mayoría de la gente ya no sabe lo que es amor, porque lo han
experimentado muy poco».
Puede ser que me cueste mucho
dejarme amar y que me lo digan o demuestren. Y huyo del amor, de mí mismo, de
los gestos de cariño, de la ternura excesiva. Un amor que no se cuida
languidece. Un amor que es rechazado también acaba muriendo. Decía el Padre
Kentenich:
«Hay que despertar en nosotros la capacidad de amar. Por eso en nuestra
Familia hay un gran ideal y proyecto: ser capaces de amarse humanamente los
unos a otros. Porque pretender mantenerse unidos sólo por un absoluto amor a
Dios es algo que no se sostiene en la vida concreta. Porque el corazón ha de
encenderse también por el amor humano. Así entonces tendremos un órgano
preparado para percibir y abrazar al Amor Eterno».
De amar a alguien al Amor eterno
Tengo claro que sin ese amor
humano no sé cómo amar a Dios. El amor humano se celebra en gestos, en
días, en fechas importantes. Se cuida con ternura, en la intimidad, en ese
compartir fraterno y profundo.
Puede que mi familia no me haya
enseñado a amar cuando era niño. Puede que en mi hogar no haya palpado esa
importancia de los gestos y los detalles y no haya sido nunca cariñoso.
No importa, siempre puedo empezar
de nuevo y aprender. Puedo crecer en el amor como decía el papa Francisco en la
Exhortación Amoris Laetitia:
«La fuerza de la familia reside esencialmente en su capacidad de amar y
enseñar a amar. Por muy herida que pueda estar una familia, esta puede crecer
gracias al amor».
Necesito aprender a amar en lo
concreto, en lo humano. Un día especial para ello me cuestiona y me invita a
crecer. ¿A quién amo de verdad? ¿A quién podría amar mejor? ¿Cómo demuestro a
quien amo cuánto lo amo?
Pasan las oportunidades de
demostrar el amor y me acostumbro a no ser detallista, ni creativo. Y la vida
se me escapa entre los dedos porque todo pasa muy rápido.
Y huyen esos días concretos que
me da Dios para amar, para entregarme con ternura y cariño a los que amo.
Puedo aprender a ser creativo, crecer
en mi forma de demostrar cuánto amo, ser más cuidadoso y detallista. Puedo
preguntarle siempre a quien amo cómo se siente, qué le falta, qué
necesita. Siempre puedo amar más, lo sé.
Carlos Padilla
Esteban
Fuente:
Aleteia






