21 – Marzo. Domingo V de Cuaresma
![]() |
| Misioneros digitales católicos MDC |
COMENTARIO
Poco antes de
la pasión de Jesús, unos griegos desean ver al Maestro con una diferente
petición realizada a través de Felipe. Este gesto por parte de quienes
representaban en cierto modo a los gentiles suscitó un discurso del Señor
cargado de profundas revelaciones.
Parece como si
aquellos gentiles reavivaran en Jesús la conciencia de la inminente hora de su
sacrificio supremo por toda la humanidad. El Señor se turba y menciona la
posibilidad de pedir al Padre ser librado de esa hora. Pero con la imagen
del grano de trigo que muere en la tierra, anuncia por contraste la gran
fecundidad que producirá el sacrificio del Calvario, que se actualiza en cada
santa Misa y que llega a todas partes.
A propósito del
“mucho fruto” que produce, decía el Santo Cura de Ars con audacia que cada
santa Misa “alegra a toda la corte celestial, alivia a las pobres ánimas del
purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, y da más gloria a
Dios que todos los sufrimientos de los mártires juntos, que todas las penitencias
de todos los ascetas, que todas las lágrimas por ellos derramadas desde el
principio del mundo y que todo lo que hagan hasta el fin de los siglos”.
Jesús pronuncia
también un vaticinio acerca de este sacrificio que iba a realizar: “cuando sea
levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (v. 32). En la cruz, Jesús
arrebata al demonio el pliego de cargos que nos era adverso (cfr. Col 2,14) y
obtiene para el mundo el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios. El
Señor podrá vivir su infinita misericordia con los hombres, en plena armonía
con su infinita justicia. Por eso todas las almas y todas las cosas están
afectadas por esta atracción del amor de Dios.
Sobre este
misterio de la exaltación de la cruz, san Josemaría recibió luces particulares
que implicaban a todos los cristianos corrientes en medio del mundo. Como él
decía, “Jesús quiere ser levantado en alto, ahí: en el ruido de las fábricas y
de los talleres, en el silencio de las bibliotecas, en el fragor de las calles,
en la quietud de los campos, en la intimidad de las familias, en las asambleas,
en los estadios... Allí donde un cristiano gaste su vida honradamente, debe
poner con su amor la Cruz de Cristo, que atrae a Sí todas las cosas”.
En esta escena
podemos contemplar también el infinito afán de almas que arde en el corazón
sacerdotal de Jesús. Es tanta el ansia que bulle en su interior por salvar y
santificar a la humanidad, que ahoga la inquietud ante la muerte con la
petición dirigida al Padre celestial: “¡glorifica tu nombre!”, que anticipa la
larga oración de Jesús en Getsemaní y que provoca una respuesta amorosa del
Padre que todos oyeron.
Los cristianos
hemos de parecernos a Cristo, tener los mismos sentimientos que anidaban en su
corazón misericordioso (cfr. Flp 2,5) y desear lo mismo que Él, con entrega
generosa. Y “con esa alma sacerdotal, que pido al Señor para todos vosotros,
—escribió en una ocasión san Josemaría— debéis procurar que, en medio de las
ocupaciones ordinarias, vuestra vida entera se convierta en una continua
alabanza a Dios: oración y reparación constantes, petición y sacrificio por
todos los hombres. Y todo esto, en íntima y asidua unión con Cristo Jesús, en
el Santo Sacrificio del Altar”. Porque en la santa Misa, actualización del
sacrificio del Calvario, transformamos nuestra vida en una ofrenda como la de
Cristo, llena de eficacia sobrenatural y de servicio a los demás.
Pablo M. Edo
Fuente: Opus Dei






