17 – Abril. Sábado II semana de Pascua
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Al atardecer del día de la
multiplicación de los panes, los discípulos de Jesús bajaron al lago, se
embarcaron y empezaron a atravesar hacia Cafarnaúm. Ya había caído la noche y
Jesús todavía no los había alcanzado. Soplaba un viento fuerte y las aguas del
lago se iban encrespando.
Cuando habían avanzado unos cinco
o seis kilómetros, vieron a Jesús caminando sobre las aguas, acercándose a la
barca, y se asustaron. Pero él les dijo: “Soy yo, no tengan miedo”. Ellos
quisieron recogerlo a bordo y rápidamente la barca tocó tierra en el lugar a
donde se dirigían.
PALABRAS DEL SANTO PADRE
El Evangelio de hoy nos recuerda
que la fe en el Señor y en su palabra no nos abre un camino en el que todo es
fácil y tranquilo; no nos aparta de las tormentas de la vida. La fe nos da la
seguridad de una Presencia, la presencia de Jesús que nos impulsa a superar las
tormentas existenciales, la certeza de una mano que nos sostiene para ayudarnos
a afrontar las dificultades, mostrándonos el camino incluso cuando está oscuro.
La fe, en definitiva, no es una vía de escape a los problemas de la vida, sino
que nos apoya en nuestro camino y le da sentido. Este episodio es una
estupenda imagen de la realidad de la Iglesia de todos los tiempos: una barca
que, a lo largo de la travesía, debe enfrentarse también a vientos contrarios y
a tormentas que amenazan con hundirla. Lo que la salva no es el valor ni las
cualidades de sus hombres: la garantía contra el naufragio es la fe en Cristo y
en su palabra. ANGELUS - Domingo, 13 de agosto de 2017
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