Alguien puede hacer o decir algo sin buscar nada más, sin pretender más de lo que parece perseguir... Me gustaría ser siempre bien intencionado
![]() |
| Shutterstock |
Una
palabra positiva desde el corazón, un gesto cariñoso sin más, una buena acción
que solo habla de entrega. ¡Qué bonito es amar desinteresadamente! Escuché el
otro día:
«No toda acción tiene segundas
intenciones».
Y me quedé pensando. ¿Persiguen
mis acciones y comentarios segundas intenciones? Cuando pregunto a alguien por
algo, ¿estoy buscando otra cosa? ¿Escondo una segunda intención detrás de mi
aparente inocencia?
Me gustaría ser siempre transparente y
conservar la inocencia. No quiero buscar más de lo que dicen mis palabras.
No deseo albergar intenciones
ocultas en mi alma. Sólo busco preguntar y contar las cosas con sencillez. Que
lo que hago no persiga fines escondidos.
No buscar lo que no es
No quiero vivir tejiendo
historias complejas, enrevesadas. Si digo no, quiero que mi no sea no. Y si
digo sí, que sea sí.
No digo que no para que me
pregunten de nuevo o porque estoy esperando algo distinto del que me pregunta.
Si te doy un abrazo o tengo un
gesto de cariño contigo, es sólo eso, una expresión de mi cariño, nada más.
Cuando te pido algo, es sólo eso
lo que quiero, no pretendo nada más que no te haya dicho. Y si digo que me
gusta algo, no pretendo que me lo regales. Si te alabo por algo que haces bien,
no te estoy diciendo que pongas tu don a disposición.
Quiero ser más simple. No toda
acción tiene segundas intenciones. No toda pregunta busca algo distinto a lo
preguntado. Es verdad.
Qué bella es la simplicidad…
Quiero mirar la vida con
sencillez, sin complicarme en exceso. No deseo buscar segundas
intenciones en todo lo que sucede a mi alrededor, en todo lo que me dicen.
Sencillez y simplicidad.
Una mirada inocente sobre las personas, sobre sus actos y palabras.
Vivir así la vida es un don
de María. Ella era así y guardaba todo lo que sucedía en su corazón sin
hacerse muchas preguntas. Era niña y Madre sencilla.
Tiene María un corazón simple que
no escudriña el corazón de los hombres buscando segundas intenciones.
La simplicidad de no buscar nada
más
Si digo que quiero seguir los
pasos de Jesús, no es porque espero la admiración y el éxito en el camino
emprendido.
Si decido servir al que me
necesita, no lo hago para que a su vez él me sirva y me ayude. No hago un
favor para ganar un amigo.
No presto mis bienes para buscar
que luego me devuelvan con creces lo que recibieron.
Quiero ser más simple y
sencillo. Sé que las cosas no son blancas o negras, hay matices y tonos grises.
¿Intenciones puras?
Un deseo de dar la vida por amor
encierra el deseo de recibir el amor en la misma medida.
Un corazón que quiere amar hasta
el extremo sirviendo tiene en su interior el deseo de recibir amor a cambio.
Eso no lo puedo negar. No hay intenciones totalmente puras.
Pero no siempre es así. Alguien
puede hacer o decir algo sin buscar nada más, sin pretender más de lo que
parece perseguir. Me gustaría ser siempre bien intencionado.
Me gustaría mirar el corazón de
las personas sin entrar en el juicio y la condena de sus intenciones.
¿Quién soy yo para juzgar los
sentimientos que hay en el corazón de mi hermano? No puedo juzgar ni condenar,
no tengo derecho a hacerlo.
Cada uno sabe por qué hace lo que
hace y lo que persigue al hacerlo.
Lo bueno y lo malo se mezclan
Debo ser consciente y conocer mi
alma para saber por qué actúo de una determinada manera. Ser honesto conmigo
mismo y no engañarme.
Miro en mi corazón y sé que muchas
veces mis actos tienen una doble motivación. Y a lo mejor la intención
oculta no la revelo, me la guardo, pienso que es pecaminosa.
Dios conoce mi alma y sabe cómo
es mi amor. Sabe que soy mezquino y egoísta y me quiere como a su hijo
predilecto.
No le engaño a Él incluso cuando
a mí mismo me engañe. Las intenciones puras no son tan frecuentes. Un corazón
sin pecado no existe.
Tengo debilidades que hacen que
se confundan en mi interior el bien y el mal. El ángel y el demonio. No soy
sólo ángel, no soy solo demonio.
En todo pecador se esconde el
germen de un santo. Y todo santo se confronta con su debilidad y se abisma ante
la posibilidad de alejarse del bien que persigue.
No condeno a nadie, tampoco
a mí mismo, sólo Dios conoce mi alma y juzga mis motivaciones. Sólo Dios sabe
cómo soy en lo hondo de mi ser.
No subo a nadie al pedestal, como
si ya fuera santo. Y tampoco condeno a nadie al infierno como si no tuviera una
salida. ¿Quién soy yo para juzgar?
La respuesta: el amor
Mi corazón está dividido y con él
divido el mundo en el que vivo. Comenta el papa Francisco:
«En esta pugna de intereses que
nos enfrenta a todos contra todos, donde vencer pasa a ser sinónimo de
destruir, ¿cómo es posible levantar la cabeza para reconocer al vecino o para
ponerse al lado del que está caído en el camino?».
Papa Francisco, Encíclica Todos hermanos
Me gusta pensar que en este mundo
de intereses que se oponen y luchan entre sí hay hombres, santos y pecadores,
que eligen el amor como respuesta, el interés del otro antes que el propio
y renuncian a sus planes legítimos por un amor más grande.
Creo en el poder de Dios en esos
corazones hasta el punto de purificar su mirada, sus deseos y todos
sus actos. Hay personas así.
No las canonizo en vida, pero veo
en ellas una luz que les viene de lo alto. La belleza y humildad que
irradian bastan para mostrarme dónde camina Dios.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






