He aprendido a vivir acomodado, relajado, escondido en mi cueva, y soy indulgente conmigo mismo mientras sigo exigiendo a los demás
![]() |
| Andrey Zhorov | Shutterstock |
No
quiero poner la pandemia como excusa cuando no he logrado lo que deseaba. Es
una buena excusa, sin duda.
El
confinamiento, el bloqueo de la economía, el miedo justificado a la enfermedad.
Lentamente me siento más libre que antes, o más cómodo.
Puedo
hacer más cosas sin dejar de hacer lo que quiero. Pero a veces pienso que
la pandemia me
sirve de excusa para no
moverme.
Si no
rezo tanto como antes es por la pandemia. Si no cuido a mis amigos y familiares
que están lejos es por la pandemia.
Si mi
trabajo no mejora y siento que no avanzo ni crezco, la pandemia tiene la culpa.
Si en el estudio no noto avances y no aprendo, la pandemia es responsable.
La
pandemia es una buena excusa. Evita
que me esfuerce. Y así aprendo a vivir acomodado, relajado, escondido en mi
cueva, y feliz porque así todo parece más fácil.
No
participo en las reuniones por la pandemia. No salgo de casa por lo mismo. Y la
vida se me escapa entre los dedos sin que me dé cuenta.
Excusas para justificarme me alejan de los demás
Tal
vez es que no logro entender que de nada valen las excusas cuando las cosas no
salen como yo quiero.
Y desde pequeño me inventaba muchas excusas
para no hacer lo que no quería, para justificar mi pereza, para darle un
sentido a mis desvaríos y fracasos.
Justifico
lo injustificable y miro con benevolencia mis actitudes egoístas y rígidas. La
excusa me vale para seguir siendo como soy sin buscar cambios.
Algo
siempre justifica mis actitudes, mi forma de actuar en el mundo.
Y no
acepto a los que no son como yo. A los que pecan públicamente. A los que no
entran por la misma puerta de la justicia que a mí me alegra el alma.
Yo
cumplo, muchos incumplen. Y entonces discrimino y juzgo.
Acogida y misericordia
Así
no era Jesús. No se justificaba y no excluía. Decía Juan Antonio Pagola:
«Jesús rompe el círculo de
discriminación. Todos son acogidos. Pone a todos, justos y pecadores, ante el
misterio de la misericordia de Dios. Solo quedan excluidos los que no lo acogen.
Es una Iglesia acogedora que elimina prejuicios y rompe fronteras».
Quisiera
tener un corazón más grande y acogedor.
Mirar con misericordia.
Me
justifico a mí fácilmente. Y a otros con más dificultad. Los condeno en su
pecado y me alejo de ellos, porque no están en gracia, no son buenos, no viven
cerca de Dios.
Me da
miedo ese pecado que me puede hacer daño. No justifico a los demás, pero conmigo sí soy indulgente.
Con
ellos inmisericorde. Han pecado, lo digo abiertamente. Y pienso que si los miro
con misericordia estoy justificando su pecado o dando valor a su forma de vida
que yo no apruebo.
Jesús perdonó al pecador y nunca dejó de condenar el pecado. Pero
fue misericordioso y comió con todos. También con aquellos que
aún no cambiaban de vida y su pecado aún no era pasado.
Escala de grises
Es
difícil. ¿Dónde me encuentro al enfrentar los grandes desafíos que me plantea
este mundo?
Si condeno al pecador, parece que soy un rígido sin misericordia.
Si lo perdono y lo trato con misericordia, ven en mí a un blando indulgente que todo
lo tolera y acepta el pecado como forma de vida.
Las
cosas no son blancas o negras. No todo es sí o es no. De repente me veo
entre matices que me
intranquilizan la conciencia.
Si me
pongo de un lado condeno. Si me voy al otro perdono. Si me quedo en medio me
angustio.
¿Quién soy yo para juzgar el corazón de las personas? Veo
caras, no corazones. Veo actitudes, pero desconozco su historia. Y juzgo con
rapidez pretendiendo ser Dios.
Yo no soy juez
No quiero vivir condenando o salvando. Mirando a ver
dónde se esconde el pecado de los demás.
No
quiero ser un juez que vive diciendo lo que está perfecto, lo que está mal y lo
que está más o menos bien. No siento que sea mi vocación, ni mi camino de vida.
Dios sabe más que yo. Mira mi corazón cada noche, cuando llego
cansado a su presencia y me dice que me ama.
No
analiza cada uno de mis errores. No pide que explique por qué he actuado de una
determinada manera.
Me mira, me abraza y me invita a llevar su misericordia al mundo.
Porque es esa mirada suya la que salva el corazón de los
hombres.
Luz en la oscuridad
Quizás
esta actitud mía crea inseguridad cuando
lo que uno busca son certezas absolutas y respuestas claras.
Nada
de claroscuros y matices. Mejor decir lo que está claramente mal. Y lo que está
totalmente bien. Así no hay dudas.
Pero
miro a Jesús y siento que Él me pide que le busque en medio de la noche. Que descubra su bondad en medio de los
actos malos de hombres que un día quisieron ser buenos.
Que
lo intente encontrar en medio de acciones que parecen ir contra la verdad y
crean inquietud en los corazones nobles.
Y me
dice que me detenga ante cada persona. La mire a los ojos y escuche su vida. No
me pide que la condene. Tampoco que la salve. Porque es Él el que hace todo
eso.
Yo
sólo quiero ser su reflejo imperfecto en medio de los hombres. Sólo eso, una
verdad lanzada al viento en medio de la noche.
Y un canto de esperanza cuando aparentemente se ha ocultado la luz
ante mis ojos.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






