4 – Julio. XIV Domingo del Tiempo Ordinario
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Saliendo de allí se dirigió a su
ciudad y lo seguían sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en
la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca
todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que
realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de
Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?».
Y se escandalizaban a cuenta de él. Les decía: «No desprecian a un profeta más
que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». No pudo hacer allí ningún
milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de
su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.
Comentario
Había pasado ya cierto tiempo
desde que Jesús comenzó su predicación y decidió que era oportuno visitar
Nazaret. Jesús acude con sus discípulos y se presenta a la gente de su pueblo
como el nuevo Maestro. No es difícil imaginar la expectación que la llegada del
hijo de María habría provocado entre los habitantes del lugar.
San Marcos describe con cierta
brevedad esta escena. Nos dice que la gente estaba admirada ante las palabras
de Jesús: pero no con esa admiración que lleva a abrazar la verdad, sino con la
actitud de quien se extraña ante algo que contradice su opinión. Los oyentes no
conciben que ese muchacho que habían visto crecer en su mismo pueblo, con un
trabajo tan sencillo y en una familia tan normal, sea capaz de enseñar cosas
tan elevadas. Tristemente, se cierran a la alegría del Evangelio.
¿De dónde surge esa reacción de
los paisanos de Jesús? Quizás es que estaban tan acostumbrados a su pueblo, a
su vida diaria, a sus rutinas, que son incapaces de pensar que algo grande pueda
haber sucedido ahí. Parece que esas personas piensan que Dios no puede entrar
en una familia de su pueblo, cuya vida está marcada por actividades tan
cotidianas como cocinar, limpiar el taller, ir por el agua al pozo, etc.
Nazaret les parece demasiada poca cosa para Dios.
En respuesta a la actitud de los
paisanos de Jesús, nosotros creemos que el Señor puede entrar en nuestro
propio Nazaret. Jesús puede crecer en esos espacios que conocemos perfectamente
bien, en los rincones de nuestras casas, en las calles que recorremos todos los
días. Cuando trabajamos por amor, queriendo servir a Dios y a los demás, vamos
dejando que Cristo crezca en nosotros.
No todos los que vieron crecer a Jesús fueron tan incrédulos como los personajes del Evangelio de hoy. De la mano de santa María, san José habría mantenido una actitud noble de asombro durante aquellos años que convivió con Jesús. Así lo explicaba san Josemaría: “José se sorprende, José se admira. Dios le va revelando sus designios y él se esfuerza por entenderlos. Como toda alma que quiera seguir de cerca a Jesús, descubre en seguida que no es posible andar con paso cansino, que no cabe la rutina. (…) San José, como ningún hombre antes o después de él, ha aprendido de Jesús a estar atento para reconocer las maravillas de Dios, a tener el alma y el corazón abiertos”[1].
[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa,
n. 54.
Rodolfo Valdés
Fuente: Opus Dei






