24 – Julio. Sábado de la XVI semana del Tiempo Ordinario
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Les propuso otra parábola: «El reino de los cielos se parece
a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres
dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando
empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces
fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu
campo? ¿De dónde sale la cizaña?”. Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”. Los
criados le preguntan: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. Pero él les
respondió: “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos
crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores:
Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo
almacenadlo en mi granero”»
Comentario
Seguramente, a todos nos interpela con fuerza la existencia
del mal. De hecho, es el motivo que muchos aducen para poner en duda la
existencia de Dios, porque no ven compatibilidad posible entre su Bondad y las
cosas malas que suceden. Del mismo modo, muchos creyentes asisten a complejos
escenarios y flagrantes injusticias, mientras parece que el Señor está cruzado
de brazos.
Jesús, con la parábola del buen trigo y la cizaña, que Él
mismo explicó (aunque esa parte no aparece en el evangelio de hoy), revela la
razón y el significado de esta trágica realidad. Así, nos hace ver que Dios no
es ajeno ni ingenuo: el Señor tiene delante de los ojos toda la maldad de la
historia, no la niega ni la desconoce. Y un día la va a juzgar: “No se engañen:
de Dios nadie se burla. Cada uno cosecha lo que siembra” (Gálatas 6, 7).
De hecho, esta parábola de Jesús afirma rotundamente que
existe el mal, que está presente en la vida de los hombres. Al mismo tiempo,
declara que no puede provenir de Dios. Es otro el que ha sembrado esa semilla:
“La cizaña son los hijos del maligno y el enemigo que la sembró es el diablo”
(Mateo 13, 38).
¿Por qué Dios no arranca la cizaña? Jesús nos lo deja claro:
arrancarla implicaría llevarse consigo el buen fruto sembrado por Él: la
libertad. El Señor no interviene como nos parece a nosotros, en
parte porque quiere intervenir a través de nosotros: “la buena
semilla son los hijos del Reino” (Mateo 13, 38). Quitar a la humanidad la
posibilidad de hacer el mal, implicaría también arrancar la libertad de hacer
el bien, la libertad de amar.
Con extrema simplicidad, pero con gran profundidad, el Señor
nos está mostrando que toda la historia humana, por compleja que sea, tendrá un
instante definitivo: el trigo será separado de la cizaña. Pero ese momento no
lo decidimos nosotros: lo decide Dios, que conoce los tiempos de la cosecha.
Lo que a nosotros
corresponde es, a pesar de los pesares, cultivar con paciencia todo lo hermoso,
bello y grande que nos entregó Dios y dejar los resultados en sus manos. Paga a
cada uno según sus obras: “Porque has guardado mi mandato de perseverar, yo
también te guardaré a la hora de la tentación que va a venir sobre todo el
mundo, para probar a los habitantes de la tierra. Voy enseguida. Conserva lo
que tienes, para que nadie arrebate tu corona” (Apocalipsis 3, 10-11).
Luis Miguel Bravo Álvarez
Fuente: Opus Dei






