5 – Julio. Lunes de la XIV semana
del Tiempo Ordinario
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Mientras les decía esto, se
acercó un jefe de los judíos que se arrodilló ante él y le dijo: «Mi hija acaba
de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá». Jesús se levantó y
lo siguió con sus discípulos. Entre tanto, una mujer que sufría flujos de
sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orla del
manto, pensando que con solo tocarle el manto se curaría. Jesús se volvió y al
verla le dijo: «¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado». Y en aquel momento quedó
curada la mujer. Jesús llegó a casa de aquel jefe y, al ver a los flautistas y
el alboroto de la gente, dijo: «¡Retiraos! La niña no está muerta, está
dormida». Se reían de él. Cuando echaron a la gente, entró él, cogió a la niña
de la mano y ella se levantó. La noticia se divulgó por toda aquella comarca.
Comentario
Cuando escribo este comentario
hace apenas unos días que ha fallecido mi madre, por un cáncer que en pocos
meses se diagnosticó y se la llevó. Leo y releo estos relatos de
curaciones y, siendo honesta, os tengo que compartir que muchas veces, durante
estos meses que he tenido la suerte y bendición de poder acompañarla y
cuidarla, he luchado entre esa petición de que la curase y la de que se
cumpliera su voluntad con la fuerza y serenidad suficientes para vivirla,
sobretodo sin sufrimiento ni angustia de mi madre. Os comparto también
que vivió este tiempo con una valentía, amor y fe admirables, y que murió
serena y en paz, envuelta en esa ternura que siempre la caracterizó. ¡Una
bendición de Dios!
Por eso me uno al dolor del jefe
de los judíos por la muerte de su hija, y la angustia y desamparo de la mujer
condenada al aislamiento durante tantos años por ser considerada impura.
¡Con cuanta fe y esperanza se acercaron a Jesús! Ellos, sin esperanza alguna,
dieron el paso arriesgado y confiado de la fe. Todo el ser de Jesús se
conmovió, hasta la orla de su manto. “¡Animo, hija...””La niña no está
muerta, está dormida…”. Sus palabras son de vida y de esperanza.
¿Dónde está la clave, dónde está
la confianza suficiente para acercarte a Jesús y depositar en Él tu esperanza?
Pocos días antes de morir, le pregunté a mi madre si sabía cuánto la queríamos.
Y ella asintió, con una sonrisa enorme, y dijo ya con la voz muy débil:
“¡Infinito!”. Entonces comprendí que ese era el gran milagro que Dios nos hacía
en medio de tanto dolor y tanto amor. El jefe judío que sufría por su
hija muerta, la mujer marginada que sufre en soledad, se encuentran con el amor
infinito de Jesús.
El poder de Jesús puede
manifestarse visiblemente con las curaciones, pero esa fuerza de vida viene del
inmenso amor que nos tiene. Y a eso es a lo que nos convoca y envía como
cristianos. La enfermedad, la muerte, serán parte de la realidad de la vida
siempre. Responder con alborotos y parafernalias, o con el ostracismo y la
marginación, es más común de lo que quisiéramos admitir.
El dolor de quien sufre requiere
un absoluto respeto y delicadeza, y requiere propiciarle lo necesario para
curarse y cubrir sus necesidades. Por eso responder desde el amor, sin cálculos
ni medida, en el cuidado y el cariño de cada día, dando lo mejor de cada uno,
procurando aliviar y dar lo que necesita, en la familia, en la sociedad, en
cada pequeña o grande comunidad de vida, es el milagro más necesario y grande
de todos.






