La Basílica de San Pedro del Vaticano acogió este jueves 1 de julio la Oración Ecuménica por la Paz en el Líbano en la que 9 líderes cristianos del país de Oriente Medio participaron junto con el Papa Francisco
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| El Papa Francisco pronuncia su discurso. Foto: Youtube |
A continuación, el texto completo
del discurso del Papa Francisco:
Queridos hermanos y hermanas:
Nos hemos reunido hoy para rezar
y reflexionar, movidos por la preocupación por Líbano, gran preocupación al ver
este país ―que llevo en el corazón y que tengo el deseo de visitar― sumido en
una grave crisis. Agradezco a todos los participantes por haber aceptado de
buen grado la invitación y por el intercambio fraternal.
Este era el grito de una mujer
que, precisamente en las cercanías de Tiro y Sidón, se encontró con Jesús y,
angustiada, le imploró con insistencia: «¡Señor, ayúdame!» (v. 25). Hoy este
grito se ha convertido en el de todo un pueblo, el libanés, decepcionado y
agotado, necesitado de certidumbre, esperanza y paz. Con nuestra oración hemos
querido acompañar este grito.
No nos demos por vencidos, no nos
cansemos de implorar al Cielo esa paz que los hombres tienen dificultad de
construir en la tierra. Pidámosla con insistencia para Medio Oriente y para
Líbano. Este querido país, tesoro de civilización y espiritualidad, que a lo
largo de los siglos ha irradiado sabiduría y cultura, que es testigo de una
experiencia única de convivencia pacífica, no puede quedar a merced del destino
o de quienes persiguen sin escrúpulos sus propios intereses.
Porque Líbano es un pequeño gran
país, pero es más que eso: es un mensaje universal de paz y fraternidad que se
eleva desde Oriente Medio.
Una frase que el Señor pronuncia
en la Escritura resonó hoy entre nosotros, casi como respuesta al clamor de
nuestra oración. Son pocas palabras con las que Dios declara que tiene «planes
de paz y no de desgracia» (Jr 29,11). Planes de paz y no de desgracia.
En estos tiempos de desgracia
queremos afirmar con todas nuestras fuerzas que Líbano es, y debe seguir
siendo, un plan de paz. Su vocación es ser una tierra de tolerancia y
pluralismo, un oasis de fraternidad donde diferentes religiones y confesiones
se encuentran, donde conviven diversas comunidades anteponiendo el bien común a
las ventajas particulares.
Por ello es esencial ―quisiera
reiterarlo― «que quien tiene el poder se ponga decidida y sin más dilaciones al
servicio verdadero de la paz y no al de los propios intereses. ¡Basta del
beneficio de unos pocos a costa de la piel de muchos! ¡Basta con el prevalecer
de las verdades parciales a costa de las esperanzas de la gente!» (Palabras al
término de la Jornada, Bari, 7 de julio de 2018).
¡Basta de utilizar al Líbano y
Oriente Medio para intereses y beneficios ajenos! Es necesario dar a los
libaneses la oportunidad de ser protagonistas de un futuro mejor, en su tierra
y sin injerencias indebidas.
Planes de paz y no de desgracia.
Vosotros, queridos libaneses, os habéis distinguido a lo largo de los siglos,
incluso en los momentos más difíciles, por vuestro espíritu emprendedor y
vuestra laboriosidad.
Vuestros altos cedros, símbolo
del país, evocan la floreciente riqueza de una historia única. Y también
recuerdan que las grandes ramas sólo nacen de raíces profundas. Que os inspiren
los ejemplos de quienes han sabido construir cimientos compartidos, viendo en
la diversidad no obstáculos sino posibilidades.
Arraigaos en los sueños de paz de
vuestros mayores. Nunca antes, como en estos meses, hemos comprendido que no
podemos salvarnos solos y que los problemas de unos no pueden ser ajenos a los
demás. Por tanto, hacemos un llamado a todos vosotros.
A vosotros, ciudadanos: no os
desmoralicéis, no perdáis el ánimo, encontrad en las raíces de vuestra historia
la esperanza de florecer nuevamente.
A vosotros, dirigentes políticos:
para que, de acuerdo con vuestras responsabilidades, encontréis soluciones
urgentes y estables a la actual crisis económica, social y política, recordando
que no hay paz sin justicia.
A vosotros, queridos libaneses de
la diáspora: para que pongáis al servicio de vuestra patria las mejores
energías y recursos de que disponéis.
A vosotros, miembros de la
comunidad internacional: con vuestro esfuerzo común, que se den las condiciones
para que el país no se hunda, sino que emprenda un camino de recuperación. Esto
será un bien para todos.
Planes de paz y no de desgracia.
Como cristianos, hoy queremos renovar nuestro compromiso de construir juntos un
futuro, porque el porvenir será pacífico sólo si será común. Las relaciones
entre los hombres no pueden basarse en la búsqueda de intereses, privilegios y
ganancias particulares.
No, la visión cristiana de la
sociedad viene de las Bienaventuranzas, brota de la mansedumbre y la
misericordia, lleva a imitar en el mundo el actuar de Dios, que es Padre y
quiere la concordia entre sus hijos.
Los cristianos estamos llamados a
ser sembradores de paz y artesanos de fraternidad, a no vivir de rencores y
remordimientos pasados, a no huir de las responsabilidades del presente, a
cultivar una mirada de esperanza hacia el futuro. Creemos que Dios nos muestra
una sola dirección para nuestro camino: la de la paz.
Por lo tanto, aseguramos a
nuestros hermanos y hermanas musulmanes y a los de otras religiones nuestra
apertura y disposición para colaborar en la construcción de la fraternidad y la
promoción de la paz. Ésta «no exige vencedores ni vencidos, sino hermanos y
hermanas que, a pesar de las incomprensiones y las heridas del pasado, se
encaminan del conflicto a la unidad» (Discurso, Encuentro Interreligioso,
Llanura de Ur, 6 de marzo de 2021).
En este sentido, espero que a
esta jornada le sigan iniciativas concretas en nombre del diálogo, el
compromiso educativo y la solidaridad.
Planes de paz y no de desgracia.
Hoy hemos hecho nuestras las esperanzadoras palabras del poeta Gibran: Más allá
de la negra cortina de la noche hay un amanecer esperándonos.
Algunos jóvenes acaban de
entregarnos lámparas encendidas. Son precisamente ellos, los jóvenes, las
lámparas que arden en esta hora oscura. En sus rostros brilla la esperanza del
futuro. Hay que escucharlos y atenderlos, porque de ellos depende el renacimiento
del país. Y todos nosotros, antes de tomar decisiones importantes, miremos las
esperanzas y los sueños de los jóvenes.
Y miremos a los niños: que sus
ojos radiantes, aunque cubiertos de demasiadas lágrimas, sacudan las
conciencias y guíen las decisiones. Otras luces brillan en el horizonte de
Líbano: son las mujeres.
Me viene a la mente la Madre de
todos que, desde la colina de Harissa, abraza con su mirada a los que llegan al
país desde el Mediterráneo. Sus manos abiertas están dirigidas hacia el mar y hacia
la capital, Beirut, para acoger las esperanzas de todos. Las mujeres son
generadoras de vida y esperanza para todos; que sean respetadas, valoradas e
involucradas en los procesos de toma de decisiones de Líbano.
Y también los ancianos, que son
las raíces. Nuestros ancianos. Mirémoslos, escuchémoslos. Que nos den la
mística de la historia, que nos den el fundamento del país para avanzar. Ellos
quieren volver a soñar. Escuchémoslos para que en nosotros esos sueños se
transformen en profecía.
Parafraseando de nuevo al poeta,
reconocemos que para llegar al amanecer no hay otro camino que la noche. Y en
la noche de la crisis tenemos que permanecer unidos. Juntos, a través de un
diálogo honesto y de intenciones sinceras, podemos llevar luz a las zonas oscuras.
Encomendemos todo esfuerzo y
compromiso a Cristo, Príncipe de la Paz, para que, como hemos rezado, “cuando
se levantan los rayos no eclipsados de su misericordia, huyen las tinieblas, el
crepúsculo desaparece, huyen las tinieblas, termina el crepúsculo, desaparecen
las tinieblas y se va la noche” (cf. S. GREGORIO DE NAREK, Libro de las
Lamentaciones, 41).
Hermanos y hermanas: Que la noche
de los conflictos se desvanezca y surja un amanecer de esperanza. Que cese el
rencor, desaparezcan las discordias y Líbano vuelva a irradiar la luz de la
paz.
Fuente: ACI Prensa






