El papa Francisco se recupera tranquilamente de una operación de colon. Pero ¿a quién corresponde el gobierno cuando el Papa se encuentra incapacitado para ejercerlo?
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| Antoine Mekary | ALETEIA | I.MEDIA |
Francisco se operó por una
inflamación del colon el pasado 4 de julio. Se recupera tranquilamente de su
operación y debería poder volver de nuevo al ataque próximamente. Pero ¿qué
pasa mientras el Papa no puede ejercer su autoridad?
Cuando un Papa muere, las
cosas son muy claras desde un punto de vista canónico: el poder se confía,
durante el periodo de sede vacante, a un camarlengo.
El camarlengo, escogido
previamente por el Pontífice, se encarga entonces de las cuestiones corrientes
hasta la elección del nuevo Papa.
Hoy en día, si el papa Francisco
muriera, el actual camarlengo, el cardenal estadounidense Kevin Farrell, sería
quien tomaría las riendas durante algunos días del Estado más pequeño del
mundo.
“El Papa sigue siendo Papa incluso en el hospital”.
Sin embargo, el derecho canónico
no lo tiene previsto todo. Existe una zona gris a partir del momento en
que el Papa ingresa en el hospital.
En el caso reciente de principios
de este mes, el Soberano Pontífice es plenamente consciente y no está en
cuestión el tema de la gobernanza: nada cambia.
“El Papa sigue siendo Papa
incluso en el hospital”, declara un canonista que ha trabajado en este asunto
al más alto nivel y que prefiere permanecer en el anonimato.
El imposible “impedimento” de un
Papa
Pero ¿qué sucedería en el caso de
que un Pontífice se encontrara, por ejemplo, en coma o sufriera alguna incapacidad
crónica que le impidiera gobernar?
¿Qué se hace si el Papa se
volviera física o mentalmente incapaz de gobernar y también de renunciar?
El Papa “es el único que puede
renunciar libremente a su poder”, precisa el canonista.
Como recuerda la revista digital
jesuita America, el derecho canónico prevé un motivo para que los obispos
queden “impedidos” y que permite retirarles la responsabilidad de su diócesis
en caso de “cautiverio, relegación, destierro o incapacidad”.
Entonces, el obispo auxiliar
o el vicario general asume la dirección de la diócesis mientras espera a que se
nombre un sucesor.
Si se aplicara este canon al caso
del Papa, considerando que es el obispo de Roma, implicaría que debería tomar
el relevo su vicario para la diócesis, el cardenal Angelo De Donatis.
“Teóricamente, no se dispone de
criterios para impedir a un Papa en incapacidad de gobernar”.
Sin embargo, el obispo de Roma no
es un obispo como los demás, según indica el canon 335.
Este artículo prevé el caso en
que la Santa Sede se encuentre “vacante o totalmente impedida”.
¿Laguna jurídica?
No obstante, en dicha situación, “nada
se ha de innovar en el régimen de la Iglesia universal” durante este periodo.
La cuestión de la incapacidad de
gobernar de un Papa es, de hecho, una auténtica “laguna” en el derecho
canónico, según reconoce el canonista.
“Teóricamente, no se dispone de
criterios para impedir a un Papa en incapacidad de gobernar”.
Resultado: si la situación se
presentara, el jurista debería “interpretar” los raros elementos existentes
para encontrar una solución.
Esta aporía ha estorbado a varios
predecesores del papa Francisco, en particular a los Papas llegados después de
la Segunda Guerra Mundial.
La razón principal está en el
significativo aumento de su esperanza de vida, dado el progreso de la medicina
durante esos años.
Sin embargo, la incapacidad
médica no era la única eventualidad considerada por un pontífice.
Pío XII: “Se llevarán al cardenal
Pacelli, no al Papa”
Recordando sin duda los secuestros dramáticos
de los papas Pío VI y Pío VII durante la Revolución francesa, Pío XII contempló
la cuestión de la incapacidad de gobernar.
Encerrado en el Vaticano durante
la Segunda Guerra Mundial, el Pontífice se planteó muy seriamente el riesgo que
corría frente a la amenaza nazi.
Según su secretario de Estado, el
cardenal Domenico Tardini, el Papa puso en práctica contramedidas precisas en
el caso de que el Tercer Reich llegara a tenerlo en su punto de mira.
En concreto habría preparado una
carta en la que declaraba su dimisión y daba instrucciones para que los
cardenales eligieran a su sucesor. “Si me raptaran, se llevarán al cardenal
Pacelli, pero no al Papa”, habría afirmado Pío XII.
Las precauciones de Pío XII
estaban lejos de ser superfluas. En efecto, cuando Mussolini, bajo la presión
de los Aliados, fue derrocado por el pueblo italiano en 1943, los alemanes
barajaron durante un tiempo un plan de represalias para secuestrar y asesinar
al líder de la Iglesia católica.
La carta de Pablo VI
El historiador Roberto Rusconi
informa de que la cuestión de la incapacidad también la contempló su sucesor,
Juan XXIII.
El Papa Bueno se habría
preguntado durante su pontificado sobre la posibilidad de renunciar a causa de
su estado de salud precario, dañado por la pesada tarea del Concilio
Vaticano II.
Por su parte, el Papa siguiente, Pablo
VI, descartó públicamente la posibilidad de una renuncia.
No obstante, en 1965, escribió
varias cartas al decano del Colegio cardenalicio en las que evocaba la
posibilidad, en el caso de que se encontrara en coma o sufriera demencia, de
poder ser impedido y reemplazado después de un nuevo cónclave por otro Papa.
Sin embargo, estas cartas no
tienen valor legal, aunque forman parte del “magisterio informal” del
antiguo Pontífice, según explica el canonista.
Esta correspondencia, exhumada
mucho después de su muerte, no da ninguna razón para creer que hubiera permitido
desencadenar una fase de vacancia si el Papa italiano hubiera estado en una
situación de incapacidad.
El proyecto de canon de Benedicto
XVI
El Papa que más ha trabajado en
esta posibilidad fue Benedicto XVI. En 2005, el Pontífice alemán quedó muy
marcado por la larga agonía de Juan Pablo II durante los últimos años
de su pontificado.
Al estar muy cerca del poder, fue
testigo de este periodo de inestabilidad, sobre todo desde el punto de vista
del gobierno de la Iglesia, cosa que le motivó a imaginar posibles respuestas.
Le habría solicitado al cardenal
Julian Herranz, entonces presidente del Consejo Pontificio para los Textos
Legislativos, redactar un canon para cubrir el vacío jurídico.
La tarea quedó finalizada y preveía
que la tarea de impedir pudiera ser decidida por el Colegio cardenalicio, bajo
la convocatoria de su decano.
Según este proyecto, al
término de una investigación y una consulta de expertos médicos, sobre todo,
los cardenales tendrían derecho a poner solemnemente fin al pontificado y
abrir el periodo tradicional de vacancia de poder con miras a un cónclave.
Sin embargo, este canon, aunque
fue presentado al líder de la Iglesia católica por entonces, jamás fue
promulgado.
Benedicto XVI no tuvo necesidad
de él porque, de hecho, encontró otra respuesta a la cuestión que se planteaba.
Como temía estar incapacitado
para gobernar debido a su frágil salud, el 265º Papa decidió finalmente, ante
el estupor general, renunciar preventivamente al ministerio petrino en 2013.
Benedicto XVI, que sigue con vida
ocho años después, confesó hace poco que no pensaba que fuera a vivir
tanto tiempo.
En una entrevista reciente con su
biógrafo Peter Seewald, confirmó que fue el tema de su salud –en
particular su incapacidad para efectuar largos viajes, concretamente la JMJ
prevista en Brasil durante el verano de 2013– lo que lo motivó a
poner fin a su pontificado.
La “renuncia preventiva” de
Benedicto XVI es una forma indirecta de responder a la aporía jurídica que representa
una situación de incapacidad para un Pontífice.
El “vacío jurídico” sigue
irresoluto, confirma el profesor de derecho canónico. “Si se produjera una
situación así, estaríamos en terreno desconocido”, concluye.
Camille
Dalmas
Fuente: Aleteia






