7 – Agosto. Sábado de la XVIII semana del Tiempo Ordinario
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Evangelio según san Mateo 17, 14-20
Cuando volvieron adonde estaba la
gente, se acercó a Jesús un hombre que, de rodillas, le dijo: «Señor, ten
compasión de mi hijo que es lunático y sufre mucho: muchas veces se cae en el
fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos y no han sido capaces de
curarlo». Jesús tomó la palabra y dijo: «¡Generación incrédula y perversa!
¿Hasta cuándo estaré con vosotros, hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo».
Jesús increpó al demonio y salió; en aquel momento se curó el niño. Los
discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: «¿Y por qué no pudimos
echarlo nosotros?». Les contestó: «Por vuestra poca fe. En verdad os digo que,
si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquel monte: “Trasládate
desde ahí hasta aquí”, y se trasladaría. Nada os sería imposible
Comentario
La escena del Evangelio de hoy tiene tonos dramáticos.
Un padre se pone de rodillas ante Jesús para suplicarle que cure a su hijo
poseído por el demonio. Ha intentado primero que lo curen sus seguidores, pero
la tentativa acabó en un fracaso. Ahora prueba con el Maestro, y se realiza la
liberación.
Jesús dice a sus discípulos que para expulsar a ese
demonio necesitaban más fe. Para sanar al mundo, para curar los corazones, los
cristianos tenemos que ser hombres y mujeres de fe. Hay cadenas que no las
pueden romper las fuerzas humanas: odios profundos, vicios arraigados, falta de
esperanza…
En ocasiones, personas cercanas a nosotros atraviesan
por situaciones críticas. Intentamos ayudarles con gestiones, favores
prácticos, etc. Pero con frecuencia llega un momento en que notamos que no
podemos llegar más lejos, porque lo que se necesita es la acción de la gracia:
una luz especial o una conversión profunda. De nuestra parte, queda transmitir
una profunda confianza en Dios, y quizá rezar juntos para que sea el Señor el
que cure sus heridas.
La oración llena de fe es la que sostiene al mundo.
Por eso, hemos de recurrir al Señor con constancia, abandonándonos en sus
manos. Nos puede servir de ayuda esta oración que recomienda san Josemaría:
“Señor, Tú eres el de siempre. Dame la fe de aquellos varones que supieron
corresponder a tu gracia y que obraron —en tu Nombre— grandes milagros,
verdaderos prodigios (…) sé que los harás; pero, también me consta que quieres
que se te pidan, que quieres que te busquemos, que llamemos fuertemente a las
puertas de tu Corazón”.
Rodolfo Valdés
Fuente: Opus Dei






