Hélène Flore actuaba a capricho y no era feliz
| Foto: captura KTO |
Hélène Flore nació en una familia católica, pero
“practicante solo a medias”. A partir de un cierto momento tomó “otros caminos”
y se alejó de Dios:
“Quería vivir como a mí me diese la gana, como me apeteciera. Quería ser libre. Pero al
mismo tiempo me daba cuenta de que la vida que llevaba no tenía nada que ver
con lo que me habían enseñado”.
El error
Al constatar eso, sin embargo, le falló la virtud de la esperanza
y su error fue creer que se puede luchar contra el pecado solo con las propias
fuerzas. En vez de acudir a Dios para arrancar de ella el mal, hacía lo
contrario: “Quería esperar a
ser perfecta para volver a la Iglesia y a vivir en todo para el
Señor”.
Salía con frecuencia, “coleccionaba aventuras”: “Llenaba mi vida a mi antojo, pero
era consciente de que lo que hacía no estaba bien. Pero lo hacía”. Un eco de la
confesión de San Pablo:
“No hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo” (Rom 7, 19).
“Aquella vida no me aportaba nada, salvo un gran vacío, cada vez
más inmenso. Volvía a casa insatisfecha y en el fondo de mi ser me sentía
sucia. Al final, no era
feliz”, recuerda.
El perdón del amor
Hasta que tomó la decisión correcta: “Fui a confesarme por primera vez en diez
años. ¡Allí descargué toda mi vida!”
Las palabras del sacerdote, “en el nombre de Cristo, yo te
absuelvo, yo te perdono” la rompieron por dentro, porque pensaba: “Si mis
padres y mi familia supieran todo lo que he hecho, no creo que pudiesen perdonarme. Yo misma no me lo perdonaba.
Por eso el hecho de recibir ese perdón quebró todas mis resistencias, derribó
todos los muros que yo había levantado a mi alrededor”.
¿Por qué? Lo explica: “Ese perdón me decía: «Tú eres como eres.
Sí, has pecado, pero no es tu pecado el que te define, ni es tu pecado el que va a
impedir que tú seas mi hija y que Yo te ame»”.
El amor del perdón
Y, en efecto, en los días siguientes y desde entonces, Hélène
Flore ha recibido muchos “actos
concretos de amor” a los que no estaba acostumbrada: “¡Vengo de una familia
donde no se suele mostrar el amor, donde no se expresa lo que se siente!”
“Él sí me mostró ese amor y me lo manifestó. No he conseguido
encontrar mi lugar en mi familia, pero sí lo he encontrado con el Señor.
Durante años lloré mi tristeza, mi pena, mi soledad. Pero cuando Él entró en mi
vida, ese vacío se llenó por completo. Desde ese día, ¡han cambiado tantas
cosas! ¡Yo he cambiado! Me
he convertido en alguien feliz, expansiva, alegre, libre", exclama.
Sabe que puede caer, pero tiene una certeza que antes no tenía:
"Yendo junto a Él, aunque caiga, tengo la gracia, la gracia de que Él me
ama. Al final, me he
aceptado como alguien que no es perfecto. Y no estoy sola en el lucha. Sé
que que tengo Alguien en quien puedo apoyarme con seguridad y que jamás, jamás
me abandonará”.
C.L.
Fuente: ReL





