Por primera vez, un Pontífice celebró la Divina Liturgia Bizantina de San Juan Crisóstomo en Eslovaquia
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| El Papa Francisco presidió la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo. Foto: Captura de Youtube |
El Papa Francisco, junto con el Arzobispo Metropolita de Presov,
Mons. Ján Babjak, presidió la Liturgia ante unos 40 mil fieles en un altar
provisional construido junto al centro deportivo municipal de Presov.
A lo largo de su Pontificado, el Papa celebró en tres ocasiones la
Santa Misa por un rito oriental. La primera fue durante su viaje apostólico a
Rumanía en junio de 2019, la segunda durante su visita a Irak el pasado mes de
marzo, en que celebró según el rito caldeo, y la tercera en la Misa celebrada
hoy en Eslovaquia.
En Kosice, el Pontífice continuará su agenda programada para este
martes 14, tercer día de su visita apostólica a Eslovaquia, y que incluye un
encuentro con la comunidad gitana y otro con los jóvenes.
Presov es la sede de la Iglesia Metropolitana Greco-Católica Sui
Iuris de Eslovaquia, por lo que la presencia del Pontífice aquí para celebrar
la liturgia de San Juan Crisóstomo está revestida de un gran simbolismo para el
pueblo eslovaco.
La liturgia de San Juan Crisóstomo es la más empleada en la Misas
de Eslovaquia. De hecho, es la liturgia habitual en las celebraciones diarias.
Se trata de una liturgia perteneciente al rito bizantino, propio
de las Iglesias católicas orientales, así como de las ortodoxas. Tiene su
origen en la antigua Antioquía. En el siglo IV San Juan Crisóstomo revisó la
liturgia, aunque fue en Constantinopla donde adquirió su forma definitiva.
Una de las particularidades de la Misa celebrada según el rito
bizantino es que la comunión se recibe tanto con el pan como con el vino. La
forma de distribuir la comunión es, por ello, muy distinta al rito latino. El
sacerdote traslada la comunión en un cáliz y, con una cucharilla, introduce el
pan en la boca de cada fiel.
Dada la actual situación de pandemia causada por el COVID 19, esa forma de
comulgar planteaba un problema, pues podría facilitar el contagio del
coronavirus.
Para evitarlo, los organizadores de la visita papal han dispuesto
25 mil cucharillas para que cada fiel reciba la comunión con una cucharilla
distinta y evitar así riesgos de contagios.
En su homilía el Papa reflexionó sobre la fiesta de la Exaltación
de la Santa Cruz, que la Iglesia celebra hoy y pidió no reducir la cruz “a un
objeto de devoción, mucho menos a un símbolo político, a un signo de
importancia religiosa y social” y aseguró que “la cruz es como un libro que
para conocerlo es necesario abrir y leer”.
El Pontífice comentó, en concreto, el episodio evangélico en el
que San Juan se sitúa al pie de la Cruz. “Contempla a Jesús, ya muerto, colgado
del madero, y escribe: ‘El que lo vio da testimonio’”. Es decir, “san Juan ve y
da testimonio”.
“Ante todo está el ver. Pero, ¿qué ha visto Juan al pie de la
cruz?”, se preguntó el Papa. “Ciertamente lo que han visto los demás: Jesús,
inocente y bueno, muere brutalmente entre dos malhechores”.
“Una de las tantas injusticias, uno de los tantos sacrificios
cruentos que no cambian la historia, la enésima demostración de que el curso de
los acontecimientos en el mundo no se modifica: a los buenos se los quita del
medio y los malvados vencen y prosperan. A los ojos del mundo la cruz es un
fracaso”.
El Papa advirtió que “también nosotros corremos el riesgo de
detenernos ante esta primera mirada, superficial, de no aceptar la lógica de la
cruz; de no aceptar que Dios nos salve dejando que se desate sobre sí el mal
del mundo”.
“No aceptar, sino sólo con palabras, al Dios débil y crucificado,
es soñar con un Dios fuerte y triunfante. Es una gran tentación”.
En ese sentido, “cuántas veces aspiramos a un cristianismo de
vencedores, a un cristianismo triunfador que tenga relevancia e importancia,
que reciba gloria y honor. Pero un cristianismo sin cruz es mundano y se vuelve
estéril”.
San Juan, en cambio, “vio en la cruz la obra de Dios. Reconoció en
Cristo crucificado la gloria de Dios. Vio que Él, a pesar de las apariencias,
no era un fracasado, sino que era Dios que voluntariamente se ofrecía por todos
los hombres”.
Cristo “hubiera podido conservar la vida, hubiera podido
mantenerse a distancia de nuestra historia más miserable y cruda. En cambio,
quiso entrar dentro, ahondar en ella. Por eso eligió el camino más difícil: la
cruz”.
El Papa recordó que “algunos
santos han enseñado que la cruz es como un libro que, para conocerlo, es
necesario abrir y leer. No basta adquirir un libro, darle un
vistazo y colocarlo en un lugar visible de la casa. Lo mismo vale para la cruz:
está pintada o esculpida en cada rincón de nuestras iglesias”.
Señaló que “son incontables los crucifijos: en el cuello, en casa,
en el auto, en el bolsillo. Pero no sirve de nada si no nos detenemos a mirar
al Crucificado y no le abrimos el corazón, si no nos dejamos sorprender por sus
llagas abiertas por nosotros, si el corazón no se llena de conmoción y no
lloramos delante del Dios herido de amor por nosotros”.
“No reduzcamos la cruz a un objeto de devoción, mucho menos a un
símbolo político, a un signo de importancia religiosa y social”,
insistió el Santo Padre.
Tras contemplar al Crucificado, surge la necesidad de dar
testimonio. “Pienso en los mártires, que testimoniaron el amor de Cristo en
tiempos muy difíciles de esta nación, cuando todo aconsejaba callar,
resguardarse, no profesar la fe”.
El Papa aseguró que “también en nuestro tiempo, en el que no
faltan ocasiones para dar testimonio. Aquí, gracias a Dios, no hay quien
persiga a los cristianos como en tantas otras partes del mundo. Pero el
testimonio puede ser socavado por la mundanidad o la mediocridad”.
En cambio, “el testigo que tiene la cruz en el corazón y no
solamente en el cuello no ve a nadie como enemigo, sino que ve a todos como
hermanos y hermanas por los que Jesús ha dado la vida”.
“El testigo de la cruz no recuerda los agravios del pasado y no se
lamenta del presente. El testigo de la cruz no usa los caminos del engaño y del
poder mundano, no quiere imponerse a sí mismo y a los suyos, sino dar la propia
vida por los demás. No busca los propios beneficios para después mostrarse
devoto, esta sería una religión del doblez, no el testimonio del Dios
crucificado”.
Más bien, “el testigo de la cruz persigue una sola estrategia, la
del Maestro, que es el amor humilde. No espera triunfos aquí abajo, porque sabe
que el amor de Cristo es fecundo en lo cotidiano y hace nuevas todas las cosas
desde dentro, como semilla caída en tierra, que muere y da fruto”.
“Con Juan, en el Calvario, estaba la Santa Madre de Dios. Nadie
como ella vio abierto el libro de la cruz y lo testimonió por medio del amor
humilde. Por su intercesión, pidamos la gracia de convertir la mirada del
corazón al Crucificado. Entonces nuestra fe podrá florecer en plenitud,
entonces los frutos de nuestro testimonio madurarán”, concluyó su homilía el
Papa Francisco.
Por Miguel Pérez Pichel
Fuente: ACI Prensa






