19 – Octubre. Martes de la XXIX semana del Tiempo Ordinario
| Misioneros digitales católicos MDC |
Evangelio
según san Lucas 12, 35-38
Tened ceñida
vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres
que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y
llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los
encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa
y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la
tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos.
Comentario
El evangelio
de hoy recoge la primera de las parábolas en las que el Señor exhorta a la
vigilancia. Está tomada del cuidado de los criados que esperan a su amo que
viene de las bodas. El estar ceñidos indica tener levantados y ajustados los
vestidos para servir; las lámparas encendidas aluden al cortejo nupcial que
llega de noche.
Esto es lo
propio del alma sacerdotal de todo cristiano: alimentar espiritualmente al
pueblo de Dios, mantener el mundo abierto a Dios. Todo cristiano es un
guardián, que vela por sus hermanos, vigilando, rezando, custodiando.
Del mismo modo
que Jesucristo estuvo en el huerto de los olivos velando; Él pide a cada
cristiano que se haga cargo de las necesidades de los hombres, que no se deje
llevar por la somnolencia y el descuido.
Y cuando el
cristiano vive así, entonces sucede lo que Jesús sigue contando en la parábola:
el esposo se ciñe como un siervo, le sienta a su mesa y se pone a servirle. Y
entonces se produce la gran transformación: el criado se convierte en el amigo
íntimo.
Este es el
gran deseo de Jesucristo, llegar a una comunión de vida con cada cristiano.
La relación
que Dios quiere tener con nosotros no es una relación de súbdito devoto con el
rey o de siervos fieles del amo. Él quiere tener una relación de intimidad,
amorosa, con nosotros: es Él quien nos desea, nos busca, nos invita a su fiesta
y nos sirve.
Pobres,
sencillos, sin méritos, sin talentos, somos los amados, los predilectos de
Dios.
Y para entrar
en esa fiesta, el cristiano debe hacerse cargo de lo que Cristo lleva en su
corazón: todas y cada una de las personas de este mundo.
Luis Cruz
Fuente: Opus
Dei





