5 – Noviembre. Viernes de la XXXI semana del Tiempo Ordinario
| Misioneros digitales católicos MDC |
Evangelio
según san Lucas 16, 1-8
Decía también
a sus discípulos: «Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante
él de derrochar sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: “¿Qué es eso que
estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no
podrás seguir administrando”. El administrador se puso a decir para sí:
“¿Qué voy a hacer, pues mi señor me quita la administración? Para cavar no
tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para
que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su
casa”. Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al
primero: “¿Cuánto debes a mi amo?”. Este respondió: “Cien barriles de
aceite”. Él le dijo: “Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe
cincuenta”. Luego dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”. Él dijo: “Cien
fanegas de trigo”. Le dice: “Toma tu recibo y escribe ochenta”. Y el amo
alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia. Ciertamente,
los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la
luz.
Comentario
En ocasiones
hacemos depender nuestra visión de las personas y las circunstancias de lo que
diga una sola persona, ante la que manifestamos una fe ciega, o una confianza
absoluta. Algo que me puede conducir a la verdad o al error. Al error porque me
he empeñado en escuchar una sola voz.
La vida está
llena de únicas voces, que determinan el caminar de nuestros prójimos. Suelen
ser voces opresoras, que tiranizan a las personas, donde se adolece de un
sentido justo de la realidad. En esas situaciones se suele acudir a una “jauría
de perros” para que canalice al rebaño y lo conduzca al redil.
La pregunta
del administrador no es afirmar quién eres en verdad, ni quién estás dispuesto
a ser en realidad. La pregunta busca confirmar un prejuicio. La visión de otro
o de algunos.
La decisión
aparece clara como respuesta y comprensión: actuar con habilidad, y actuar
desde un situarse como hijo de la luz. Para esclarecer la fe, la misericordia,
y el amor. La reconciliación, el perdonar las deudas, el reducir el peso de las
mismas, es lo que condujo al administrador a ser reconocido por el dueño del
campo.
¿Y qué es ser
hijo de la luz? el que cuida con misericordia del prójimo, el que habla y
escucha con compasión a su hermano, el que construye una realidad donde Cristo
esté presente como salvador, y no renunciar por comodidad o miedo a la práctica
evangélica de la fe.
Fuente:
Dominicos





